Abordamos en este boletín de La Kukula el devenir de una familia de Burgui, los Labiano García, que aunque no es historia propiamente de interés público, sí lo es en la medida que es intrahistoria, es decir, es el día a día de una familia de Burgui que nos permite acercarnos a fenómenos como la emigración, las relaciones o la propiedad. Son muchos los aspectos que desconocemos, pero dejamos constancia de aquellos que, a través de diversos documentos, han permitido rescatar parte de su intrahistoria.
El apellido Labiano llega a Burgui el 19 de mayo del año 1816 al casarse Martín José Labiano Egea, natural de Arboniés, en el valle de Romanzado, con María Isabel Tolosana Armendáriz, de Burgui. De este matrimonio nacieron cinco hijos: Juana Bernarda, María Simona, José Fermín, Josefa Ramona y Agustín Labiano Tolosana.
Seguimos la pista a Agustín, quien el 25 de junio de 1855 se casa en Burgui con Eulalia Calvo Aisa, de cuyo matrimonio nacen siete hijos: María Felipa, Atanasio Cruz, Pablo, Paula Isabel, María Cruz, Gervasia y Nazario Labiano Calvo.
Vista antigua de Burgui. En el medio, dentro del recuadro, casa Molinas de los Labiano
Nazario, uno de nuestros protagonistas, nació en Burgui en el año 1874. Se casó con Bonifacia Mónica García Zabalza (nacida en Burgui el 5 de mayo de 1867 en casa Navarro, hija de Nicolás Pablo García Oset y de María Josefa Zabalza Urzainqui). Nazario y Bonifacia vivieron en casa Molinas y tuvieron cuatro hijos: Cresencio, Víctor, Asunción y Anastasia, tal y como figura en el Libro de Matrícula de la parroquia de Burgui.
Consta también viviendo con este matrimonio en 1908 Severiana García. Aunque no hemos podido confirmar este extremo, nuestra principal hipótesis es que Severiana era hija de Bonifacia, bien de un primer marido ya fallecido y también de apellido García (poco probable) o bien de padre desconocido, por lo que Bonifacia habría sido madre soltera y le habría dado su apellido García (opción más probable). Como veremos más adelante, en algunas cartas dirigidas a Severiana le reclaman la deuda “que dejó tu padre sin pagar” en alusión a la cuenta de Nazario y en otras ella misma expresa que “mis hermanos me dicen que yo haga lo que quiera (…) que ellos por el momento no piensan venir” pero hemos constatado que Severiana no era hija de Nazario, puesto que no lleva su apellido ni aparece como tal en los documentos de herederos para la venta de las propiedades del propio Nazario.
En el año 1911 Severiana ya no figura residiendo en Burgui. Sabemos que se trasladó a Francia, seguramente para trabajar como operaria en las fábricas de alpargatas de Mauleón, y que acabó casándose con alguien de apellido Bescós, cuya procedencia no hemos podido confirmar, y con quien al menos tuvo dos hijas, María y Mercedes. Severiana adopta desde entonces el apellido de su marido, firmando como Severiana Bescós en la diversa correspondencia que mantiene con sus primas de Burgui, de apellido García. Su hija María, sin embargo, consta viviendo en Burgui con sus abuelos Nazario y Bonifacia al menos en los años 1919 a 1921, con una edad de 7 años en 1919. Desconocemos el motivo de esta crianza en Burgui.
Sí que sabemos también que Severiana, junto con su marido, regentaron una tienda de frutas en Mauleón bajo el nombre de “Fruits et Primeurs, Comestibles, Bescos» (Mauléon-Soule, Basses-Pyrénées)” según reza en el membrete de varias cartas enviadas a Burgui, pasando a ser posteriormente “Veuve Bescos” al enviudar. Su hija Mercedes por lo visto es la que siguió el negocio de la tienda hasta su cierre final.
De los cuatro hijos del matrimonio entre Nazario y Bonifacia tenemos la siguiente información:
–Anastasia, la mayor de los hermanos, nace en Burgui hacia 1894 y en 1921 no consta ya en Burgui. Sabemos que emigró a Francia y por la época bien pudiera haberlo hecho para trabajar en las fábricas de alpargatas de Mauleón, si bien no tenemos constancia documental de su registro. Casada con M. Melgar, tuvo un único hijo, Mateo-Germain Melgar, nacido en Tarnos (Landes) el 17 de agosto de 1923.
–Cresencio (así consta en acta del Registro Civil, pero en otros documentos figura como Crescencio) nació en Burgui el 19 de abril de 1901 y en el año 1920, con 19 años de edad, emigra a Argentina junto con su hermano Víctor y un amigo, Cesáreo García, que bien pudiera ser familiar por parte de su madre Bonifacia. El primer destino de los tres fue en la Patagonia como pastores de ovejas. Se casó con Matilde Ida Marty y tuvo dos hijas: Belquis Mildred y Raquel Sara.
Cresencio Labiano García (Burgui, 19/04/1901 – Tres Lomas, Argentina, 18/04/1983)
–Víctor, nace en Burgui en 1903 y junto con su hermano Cresencio emigra a Argentina en 1920 con 17 años de edad. Allí se casó con Magdalena Cúneo y tuvieron cuatro hijos: Zulma (20/03/1934, casada con Horacio Osvaldo Recofsky), Nazario Jorge (03/11/1935, soltero, recibe el nombre de su abuelo), Mª Luisa (19/08/1938, casada con Ricardo Lucero) y Juan Víctor (01/08/1939, soltero).
Víctor Labiano García (Burgui, 1903 – Argentina)
–Asunción, nace en Burgui en 1904 y emigra también a Francia, seguramente bien joven junto con su hermana mayor Anastasia para trabajar en las fábricas de alpargatas de Mauleón, si bien en algún momento posterior se le sitúa viviendo en Bayona. Se casó con Xabier Lafitte (11/09/1907, Hendaye) y tuvieron una única hija, Jacqueline Noélle.
Nazario y Bonifacia, los padres, quedaron por lo tanto viviendo solos en Burgui, pues sus dos hijos emigran a Argentina en 1920 y sus dos hijas a Francia también en los años veinte. Pocos años más tarde, el 17 de julio de 1924, fallece Bonifacia a la edad de 57 años.
Nazario, viudo con 50 años, contrae segundo matrimonio con María Isabel Glaría López, nacida en Burgui el 2 de julio de 1877 y también viuda, de Ángel Bronte, de Burgui. De este matrimonio entre María Isabel y Ángel había nacido su única hija, Eusebia Bronte Glaría, en el año 1904. Tras quedar viuda María Isabel, figura viviendo con su hermano soltero Francisco durante unos años en casa Foroso.
María Isabel junto con su hija Eusebia, llamadas “las forosas”, se trasladan por lo tanto a vivir con Nazario Labiano a casa Molinas a partir de su matrimonio en 1926. A Eusebia, además, se le conocía como “la manca forosa” por haberse quedado curra de niña tras una caída desde el muro de la carretera al pedregal según nos ha llegado de testimonios orales recogidos en Burgui.
Nazario y María Isabel, junto con la hija de esta, convivieron por lo tanto en casa Molinas de Burgui durante una década aproximadamente, puesto que en el año 1936 fallecen ambos. Nazario muere el 14 de agosto de 1936 a la edad de 62 años y cuatro meses más tarde lo hace María Isabel, el 28 de diciembre de 1936 a los 59 años. Eusebia continúa por un tiempo viviendo sola en casa Molinas pero no siendo la heredera abandona el pueblo con 32 años de edad para trasladarse supuestamente a Pamplona donde fallece el 22 de septiembre de 1968.
Queda la vivienda de casa Molinas vacía y desocupada y no será hasta comienzos de los años 40 cuando se ocupe en régimen de alquiler por Donato Mendive Tolosana (viudo de Dominica Bertol Ayerdi) con sus cinco hijos Pepita, Iluminada, Florentina, Eladio y Fidelio. Será Pepita, la hija mayor, la que acabe residiendo en esta casa tras casarse con Inocencio Ayerra Garate y tras 50 años en régimen de alquiler, se adquiere en 1992 la propiedad de la casa, el pajar Molinas y varias fincas a los descendientes de los cuatro hijos herederos de Nazario Labiano (Anastasia, Cresencio, Víctor y Asunción).
Nazario Labiano:
Poco sabemos de la vida cotidiana de Nazario, más allá de que apenas recibió formación escolar (en algún documento se indica “por no saber firmar”) y que de profesión era “labrador” y, tal vez, almadiero. En el acta fundacional de la Hermandad de Nuestra Señora del Camino de fecha 8 de septiembre del año 1897 figura en el listado de los Hermanos de dicha cofradía en la unidad familiar número 44 junto con su padre Agustín Labiano y su esposa Bonifacia García. En el año 1902 continúa formando parte de la Hermandad con su mujer Bonifacia, entendemos que su padre ya habría fallecido. Sin embargo en el año 1903 consta pendiente de pago una multa “que hay que cobrar sin la cual no se puede continuar en la Cofradía”. La multa (de una vela de media libra en 1897 y actualizada a 4 pesetas en 1902) hace referencia a la “obligación de asistir por parte de los hombres a la ermita el día del aniversario de los cofrades difuntos, salvo enfermedad o ausencia del pueblo”.
Años más tarde, según acta de la sesión ordinaria de fecha 3 de noviembre de 1918 del Ayuntamiento de Burgui, se da cuenta de la “instancia presentada por don Nazario Labiano solicitando un trozo de terreno para la construcción de un pajar en el término de Izabarroba perteneciente a este municipio” acordándose que “poseyendo en dicho paraje este ayuntamiento un buen trozo de terreno, solicitar de la Exma. Diputación la autorización competente para que este ayuntamiento pueda enajenar cuantas parcelas se soliciten con destino exclusivamente para edificaciones por cuanto dicho terreno ni da ni puede dar otros productos al municipio. Figuran «ingresadas por D. Nazario Labiano por importe de una parcela comprada al ayuntamiento según recibo que le acompaña de 93 pesetas con 75 céntimos». Se trata del actual pajar conocido como el de Molinas en el término de Sitxea.
Sí que hemos localizado sin embargo diversos documentos, la mayor parte de ellos posteriores al fallecimiento de Nazario, relacionados con reclamaciones o reconocimientos de deudas. Los documentos fechados en vida de Nazario los firma en su nombre Eusebia Bronte (la hija de su segunda mujer) “por no saber firmar”. Tras su fallecimiento, algunas de las reclamaciones se dirigen a Severiana García en alusión a la deuda contraída por su padre (quien, como ya hemos indicado, no era su progenitor). Y en los últimos documentos las deudas las satisface inicialmente Úrsula García (sobrina de su mujer Bonifacia) y posteriormente el hijo de Úrsula, Juan Urzainqui. Serán Úrsula y Juan, como familiares más cercanos, quienes recauden la renta del alquiler de la casa y el pajar de Molinas, gestionen los aprovechamientos forestales, atiendan los pagos pendientes y mantengan el contacto con los herederos de Nazario Labiano.
Estos son algunos de los escritos relacionados con los reconocimientos y reclamaciones de pagos:
Yo, Juan Bernardo Mainz, he recibido de Nazario Labiano los intereses que improntan de la escritura que tiene contraída con fecha 29 de junio del año 1928. Son 19 pesetas.
Yo, Nazario Labiano, mayor de edad, casado, labrador y vecino de la villa de Burgui pagaré a Coronado Glaría, viudo y vecino de la misma villa, la cantidad de quinientas pesetas que le debo por una cuenta de trabajar para mi arrastrando madera del monte de Gabarre, en el término de Salvatierra provincia de Zaragoza, y por no poderle pagar en esta fecha, me conformo abonarle un rédito del seis y medio por ciento hasta hacer efectivo el pago. La cantidad de maderos arrastrados son 250 al precio de 2 pesetas. Y para que conste donde convenga lo firmamos en Burgui a 30 de octubre del año 1933. A ruego de Nazario Labiano por no saber firmar lo firma Eusebia Bronte de la villa de Burgui y de la misma familia.
Yo, Nazario Labiano, declaro que a Juan Bernardo Mainz, casado con Justa Pérez, vecinos de Burgui y ya difuntos, quedé adeudando al tiempo de su fallecimiento la cantidad de doscientas cincuenta pesetas y que no habiéndola pagado, sigo adeudando esa cantidad a quien resulte ser el dueño de ese crédito y tenga derecho a cobrarlo. Burgui, a 17 de junio de 1937. Firman Eusebia Bronte y, por orden, Pruden Alastuey. (Curiosamente, en esta fecha ya había fallecido también el propio Nazario).
Ha recibido la Sociedad La Burguiesa de Doña Úrsula García por una deuda que debía Don Nazario Labiano la cantidad de trescientas setenta y cinco pesetas. Para que conste, en Burgui a cuatro de enero de 1943. Por orden del Presidente, Juan Alastuey, cobra el Expendedor, Jorge Glaría.
Carta que dirige Félix Avizanda con fecha 9 de octubre de 1949 y membrete de “Ultramarinos, tejidos, paquetería, ferretería, muebles y vinos” a Doña Severiana, indicando que “hace 22 años que está la cuenta que dejó tu padre sin pagar y en el documento reconoció la cuenta y se comprometió a pagar el 6% de interés al año, causa por la cual hoy asciende la cuenta a la nota última que se remitió. Como no estoy dispuesto a tener esta cuenta pendiente de cobro más tiempo, si seguidamente no remites su importe la pongo en el juzgado y entonces pagarás con creces lo que sea. Estoy de cuentas viejas tan aborrecido que ya no transijo más con nadie. Espero seguidamente tu resultado para obrar en consecuencia”. Tres meses más tarde, el 17 de enero de 1950 redacta documento indicando que “he recibido de Don Juan Urzainqui la cantidad de 1.339 ptas., importe de la cuenta de Don Nazario Labiano, incluidos los intereses desde el año 1928 hasta el día 17 de enero de 1950”.
El 28 de julio de 1950, Coronado Glaría firma que recibió de Juan Urzainqui, vecino de Burgui, la cantidad de mil pesetas por rastrar maderos del finado Nazario Labiano del término de Pintano.
En el año 1957 habiendo llegado a un acuerdo los propietarios de la casa que habitan Dña. Celedonia Pérez e hijos y los herederos de D. Nazario Labiano para el arreglo de la cubierta de dicha casa y después de efectuado el trabajo hacemos la lista del importe total de material y personal invertidos que son los siguientes: Celedonia Pérez: de madera 500 pts., de clavos 7 pts., de tejas 45 pts. y 4 peonadas 260 pts., total 812 pts.; Pablo Lacasia, albañil:de clavos 64 pts., de tejas 31,25 pts. y 2 ½ peonadas 162,5 pts., total 257,75 pts.; Juan Urzainqui, 2 ½ peonadas 162,5 pts. Importe total: 1.232, 25 pts. Y para que conste expiden el presente documento el 16 de septiembre de 1957 firmando Juan Urzainqui, Pablo Lacasia y Braulio Garate. Haciéndose cargo Dña. Ursula García de efectuar los pagos que quedan por la parte de herederos de D. Nazario Labiano. Quedan conformes y liquidados de dicha cuenta presentada ante su vista firmando seguidamente Celedonia Pérez Yriarte.
Aclaración: una parte de todas las plantas de casa Molinas se localizaban bajo las plantas superiores de casa Lupercio (propiedad de Celedonia Pérez) por lo que los gastos del tejado en común eran para sufragar por ambas familias. Desconocemos el momento en el que el edificio se separó en dos.
Anotaciones de otros pagos realizados por Úrsula García:
-Por arreglar la canal del pajar, cemento para la misma, entrego a Eusebio Tolosana 29 pts.; por arreglar el tejau que entraba el agua al pajar de el tejau por aber puesto mal las tejas, 47 pts. a Pablo Lacasia y tejas 29 pts.; por arreglar la chiminea, cemento para la misma, 49,90 pts.
-cuenta de Nazario Labiano que tiene pagada Ursula de retrasos de la contribución, 590,75 pts.
-pagadas “por migo” en la Cooperativa 375 pts.
También al recaudar, anotaba “Estas 200 pts. son para pagar a los de Molinas, cobradas del alquiler de la casa”.
Hay que recordar que los dos hijos de Nazario emigraron a Argentina y las dos hijas a Francia hacia los años 20. Sin embargo, en la correspondencia que en los años 50 mantiene Severiana con sus primas Ursula y Lorenza en Burgui (familiares directos por parte de su madre Bonifacia) es la propia Severiana la que, aun siendo hijastra de Nazario, da indicaciones para actuar en relación a las deudas que existen en el momento.
Así, por ejemplo, en carta remitida por Severiana desde Mauléon a su prima Ursula García con fecha 4 de noviembre de año desconocido, indica que “aze algunos días os mandé una carta el permiso para vender los pinos, no sé nada, por favor después que los bendais pagarle pronto Almazán” (en relación al requerimiento de Félix Avizanda, pues la casa y tienda se llamaba anteriormente Almazán). Añade “me diréis también quien bibe en la casa, darme notizias de todo, mis ermanos me dizen que yo aga lo que quiera de todo eso que ellos por el momento no piensan venir i si bienen sería solo para bernos a nosotras pero no será seguro”. Acaba diciendo, después de enviar saludos a toda la familia, que “de buena gana os mandaría azúcar para este inbierno pero no sé con quien” (a recordar que regentaban tienda en Mauleón).
En otra carta enviada también desde Mauleón con fecha 18 de noviembre de año no indicado, Severiana Bescós se dirige en este caso a su prima Lorenza y demás familia e indica “de lo que nos dizes que quieren embargar todo diles al que tiene el pajar que te pague. Con eso pagas las contribuciones, que nadie toque nada hasta que nosotras bayamos”.
Cresencio Labiano:
Poco sabemos sobre la formación escolar recibida por Cresencio (hijo mayor de Nazario y Bonificia) en Burgui pero era un hombre sumamente culto y de una grafía impecable. De acuerdo a sus relatos, en Burgui desempeñó el trabajo de almadiero, oficio que le causó fuertes dolores reumáticos en los años posteriores. Apenas tenía 19 años cuando embarcó en el puerto de Burdeos (Francia) a bordo del Aurigny, buque de pasajeros y carga de la compañía francesa Cie des Chargerus Reunis y construido en 1918. Cresencio abandonó Burgui junto con su hermano Víctor y su amigo Cesáreo García, posiblemente familiar por parte materna. Llegaron al puerto de Buenos Aires el 9 de septiembre de 1920.
Desconocemos si en Argentina tenían ya algún familiar o conocido que les acogiera y recomendara, lo cual era bastante habitual en aquella época y un aliciente para emprender el viaje. En cualquier caso, se trasladaron a la Patagonia argentina, a la provincia de Río Negro, donde ejercieron de pastores ovejeros al sur del río Salado. Tal vez el escenario de la Cordillera de los Andes les permitía recrear y recordar el majestuoso paisaje del Valle del Roncal y su querido Burgui natal.
Matrimonio de Cresencio Labiano García con Matilde Ida Marty (Argentina, 17/11/1934)
Posteriormente, Cresencio trabajó en un tambo (establecimiento ganadero destinado al ordeñe y comercialización de leche de vaca) en la zona de Curumalán, provincia de Buenos Aires. Con sus ahorros logró ser propietario de una finca en el pequeño pueblo de Arroyo Corto, donde contrajo matrimonio el 17 de noviembre de 1934 a la edad de 33 años con Matilde Ida Marty de 25 años, argentina, hija de padres franceses. En ese mismo año compró 170 hectáreas en la zona de Garré, provincia de Buenos Aires, que dedicaría a la explotación agropecuaria. El 21 de septiembre de 1935 nació su hija mayor, Bélquis Mildred y dos años más tarde su segunda hija, Raquel Sara. De sus hijas tuvo seis nietos.
En el campo de su propiedad construyó una confortable vivienda que habitó hasta 1973, año en que alquiló su propiedad rural al esposo de su hija menor y, ya jubilado, se trasladó a otra propiedad adquirida en el pueblo de Tres Lomas. A pesar de que sus días transcurrían en el campo no fue impedimento para desarrollar una rica vida social, siendo un vecino querido y respetado. Así, en el año 1953 junto a un grupo de chacareros (granjeros de la pampa argentina) fue miembro fundador de la Cooperativa justicialista agropecuaria de Bahía Blanca, filial Garré.
Cresencio falleció en Tres Lomas el 18 de abril de 1983, cuando ya tenía dos bisnietos. Hasta su muerte mantuvo contacto por correo con su hermana Asunción que también había emigrado de Burgui, en este caso a Francia. Nunca pudo volver a su querido Burgui, aunque siempre alimentó esa esperanza, y su pueblo natal permaneció vivo y presente en sus innumerables relatos.
Su bisnieto Federico García Buhlman, junto con otros familiares, posee actualmente una planta embotelladora de agua mineral natural que comercializa bajo la marca «Burgui» desde el sur de Buenos Aires hacia la Patagonia. El nombre rememora el origen de su bisabuelo Cresencio por razones afectivas, así como por la pureza de las aguas del río Esca. Federico es también el dueño de una escudería de coches de carreras de 6 cilindradas patrocinada por la marca Burgui, llevando el nombre del pueblo de su antepasado visible en sus coches.
Agua mineral natural Burgui, comercializada en Argentina por descendientes de CresencioCoche de carreras de 6 cilindradas patrocinado por la marca de agua Burgui, Argentina.
Las investigaciones y contactos realizados por La Kukula para la elaboración de este reportaje han permitido, caprichosa y sorprendentemente, que algunos de los descendientes de Cresencio y Víctor Labiano que ya se conocían por motivos profesionales hayan descubierto ahora que en realidad son familia.
Agradecemos a todas aquellas personas que nos han transmitido documentos, fotografías y testimonios que nos han permitido elaborar este reportaje en memoria de la familia Labiano García. Confiamos que con el paso del tiempo surjan nuevas aportaciones que nos permitan seguir conociendo su intrahistoria.
Me llamo Donato Mendive Tolosana y nací en Burgui un 12 de diciembre de 1893. A los 48 años, el 4 de marzo de 1942, sufrí un mortal accidente de almadía en la foz de Arbayún. Al cumplirse ahora 80 años de dicho infortunio dejo aquí relatada mi historia para que no caiga en el olvido.
Donato Mendive Tolosana y estampa de varias almadías descendiendo por el río Eska
Decía que nací en Burgui, Valle de Roncal, un 12 de diciembre de 1893, hijo de Francisco Mendive Ariño, natural de Castillonuevo, y de Francisca Antonia Tolosana Domínguez, natural de Burgui.
Mi madre había quedado viuda tras su primer matrimonio con Pedro Garbisu, con quien ya tuvo una hija, Fermina Anacleta Garbisu Tolosana, quien sería por lo tanto la heredera de todo el patrimonio familiar. En segundas nupcias mi madre se casó con mi padre, Francisco, con quien tuvieron siete hijos: Petra Eulogia (1879), Rosalía (1881), Salustiano Mariano (1883), José (1885), Clara (1887), María (1889) y servidor, Donato (1893).
Siendo el menor, y a diferencia de mis hermanos, yo no abandoné el pueblo que me vio nacer. Mi hermano José decidió probar fortuna emigrando a Argentina, de donde ya nunca regresó, tan solo llegaron algunas cartas y fotos que contaban noticias de su nueva vida. Algunas hermanas emigraron a Francia, donde trabajaron inicialmente en fábricas de alpargatas pero tampoco volvieron. Del resto de hermanos mayores no guardo ya recuerdo.
Mi hermanastra, Fermina, heredera de los bienes de la familia, falleció sin dejar descendencia, por lo que fue su marido José Lorente quien heredó todas las propiedades de nuestra familia. Y así fue como todos los bienes de la familia Mendive Tolosana pasaron a otras manos, puesto que José falleció sin descendencia tras casarse con Lorenza Iriarte Calvo, de Vidángoz, viuda de Quintín Mina, de Ustés, de cuyo matrimonio había nacido su única hija Juliana Mina Iriarte.
Mi niñez y mi juventud fue dura, ayudando a padre en los trabajos del campo y del monte. Al fin y al cabo, yo fui el único hijo varón que quedó en casa y responsabilidad mía era la de acompañar a padre en todas aquellas faenas y tareas en el huerto, los sotos, los quiñones y los pinares. Trabajo no faltaba y así es como me inicié de aprendiz en los trabajos del bosque, cortando pinos, destajando las ramas, arrastrando con caballerías los troncos y preparándolos en los ataderos construyendo tramos que luego otros, los veteranos, descendían por el río formando almadías. Qué envidia daba verlos navegar río abajo, a la búsqueda de nuevas aventuras, lugares y gentes. Era un viaje hacia lo desconocido para el que, de momento, no estábamos todavía preparados. Mi sitio era el pinar, a la vez que ayudaba en otras tareas de casa como cortar las hierbas, trillar en la era o entrecavar la huerta. Todas las manos eran pocas según la época y toda la familia contribuía en los trabajos.
Cerca de casa, junto al puente medieval, vivía una moza que rondaba mi edad. Dominica Bertol Ayerdi se llamaba. La veía casi todos los días, puesto que vivíamos cerca y pasaba varias veces por delante de su casa en la calle Mayor. Sus padres parecían mayores, luego supe que en realidad eran unos tíos-abuelos que la habían acogido como heredera al no tener descendencia. Nicolás Domínguez y Francisca Jaúregui se llamaban y ella era hermana de su abuela materna Jerónima. Pero en realidad Dominica era hija de Braulio Bertol Jaúregui y de Eustaquia Ayerdi Laspidea, ambos de Burgui, que vivían con el resto de sus hijos en la zona próxima a la iglesia del pueblo. Dominica acudía regularmente a su casa nativa puesto que a pesar de haber sido acogida por sus tíos era difícil y duro desvincularse de su propia familia. Era una joven esbelta, muy morena y apenas dos años más joven que yo, del 20 de diciembre de 1895.
Antiguo retrato-dibujo de Dominica Bertol y Donato Mendive realizado a partir de fotografías
La cosa es que Dominica y yo contrajimos matrimonio canónico en la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol de Burgui el 2 de octubre de 1918 ante el presbítero D. Joaquín Zudaire Garjón. Fue entonces cuando abandoné mi casa nativa y me trasladé, unos pocos metros más abajo, a la que habitaban, en régimen de alquiler, mi esposa Dominica junto con sus tíos. Para entonces mi hermana Fermina ya había fallecido y mi cuñado José era el nuevo amo de todos los bienes.
Mi matrimonio con Dominica fue fugaz. Apenas veinte años juntos en los que formamos una familia de la que nacieron nuestros cinco hijos: Pepita (1919), Florentina (1922), Iluminada (1925), Fidelio (1927) y Eladio (1931). Para entonces, a mis 25 años, yo ya era un tripulante de agua dulce, almadiero viajero que tras el trabajo en el bosque y en el atadero se embarcaba río abajo conduciendo almadías desde el remo delantero, sorteando curvas, salvando recodos, saltando presas y venciendo en cada viaje a los obstáculos que la vida ponía en nuestro camino. Con la juventud va asociada la aventura, el riesgo y la emoción sobre la almadía. Con la paternidad, apareció ya la responsabilidad, el temor y la preocupación. Pero era nuestra forma de vida, nuestro medio de subsistencia, nuestro pan de cada día para nuestras familias.
Del río Eska pasábamos al Aragón y del Aragón al Ebro. De las estrechas foces, con su angosto cauce y sus aguas bravas se llegaba a la calma, a ríos anchos y tranquilos, tan solo salpicados por pequeños puertos o presas donde encarar la punta de la almadía para un buen salto. Formábamos cuadrillas de almadieros, buenos hombres y compañeros, que generalmente trabajábamos para el mismo amo, maderistas de nuestra zona que nos contrataban, unas veces solo como almadieros y otras, la mayor parte, para realizar también los trabajos en el bosque. Tenía su encanto. Pero también su soledad, acentuada por el distanciamiento de nuestros seres más queridos. Había veces en las que los trabajos eran en pinares próximos al pueblo, por lo que cada día acudíamos a dormir a casa, no sin antes una buena caminata. Si el lote estaba más alejado pasábamos varios días en el bosque, durmiendo en bordas en el mejor de los casos o en cabañas que nosotros mismos construíamos colocando ramas y en colchones a base de bojes. A mi me gustaba bajar a casa y, aunque cansado, agrupar a toda la chiquillería en torno a la lumbre del fogón y recitarles coplas, canciones y oraciones que mi padre me enseñó. También algunas cuentas, pues bueno era transmitir también algunos conocimientos que bien les vendrían el día de mañana. Ante todo, espabilados. Cuando regresaba de almadiar de tierras de la Ribera, no había viaje que no subiera regalices de palo para todos los hijos. Modesto regalo era, pero bien apreciado.
Almadía con dos punteros y dos coderos descendiendo por el río
Dominica la pobre tenía que encargarse en mis ausencias de todo el trabajo diario, que no era poco precisamente. Al cuidado de los cinco niños se sumaba el de la tía Francisca, pues el tío Nicolás ya había fallecido unos años antes. El huerto estaba cerca de casa, pero la huerta de los Sotos y los quiñones subiendo a Sasi requerían también un esfuerzo al que ya iban ayudando los hijos. A esto se le añadían los trabajos diarios de casa como cocinar y realizar la colada, así como atender los animales, apenas unas gallinas, conejos y el cerdo, que todo venía bien para tantos, así como una burra que nos ayudaba a acarrear leña o las patatas que sembrábamos en los alejados campos de Urdazpe. Pepita, la mayor, tuvo que aprender a trabajar pronto. «Lástima que no hubieras sido un chico», le comentaba en más de una ocasión. Con ella compartí muchos momentos, pues ella era quien desde bien pequeña me traía el morral con la comida cuando trabajaba en el monte, quien me acompañaba a la huerta o quien traía a casa en la burra la leña que hacíamos en el monte. Qué miedo le tenía a la burra, pues era una burra guita y más de una vez le tiró toda la leña al suelo. Yo solía poner lazos cerca de las sendas para cazar conejos a primera hora cuando iba al monte y Pepita recogía luego las piezas que caían cuando venía al mediodía a traerme la comida.
Así transcurría nuestra vida cuando la casa en la que vivíamos de inquilinos se puso a la venta, ofreciéndome su propietario la posibilidad de comprarla. Pero no eran buenos tiempos para comprar casa con un solo jornal y cinco bocas que alimentar. Las necesidades eran muchas y los recursos, escasos e inciertos. Pese a los ánimos del propietario para acordar unos cómodos pagos, por prudencia acabamos abandonando esa casa, que fue comprada para acoger la actual panadería del pueblo. Nos trasladamos entonces, también en alquiler, a otra casa en la parte alta del pueblo, llamada casa Pedro León.
Vista parcial del pueblo de Burgui
Allí nos tocó el estallido de la Guerra Civil y allí falleció Dominica, mi mujer, en el año 1939 a la injusta edad de 44 años, contando Eladio, el menor de los hijos, con solo 8 años de edad. Una enfermedad mal diagnosticada y peor tratada por el médico cirujano del pueblo fue el desenlace final para Dominica, cuyos restos reposan en el camposanto de Burgui. Pepita, con 20 años de edad entonces, fue a la fuerza hermana y madre para todos los demás hermanos.
Yo ya contaba con cierta edad, 46, y el trabajo en la almadía se hacía cada vez más duro de soportar. Largas caminatas hasta los ataderos, viajes arriesgados y difíciles, siempre mojados hasta la cintura, a veces con los pantalones cuarteados por el hielo, compañeros que sufrían golpes o caídas o graves enfermedades provocadas por las duras condiciones en el río. Noticias que llegaban de otras almadías del valle que habían sufrido percances, alguno incluso con accidentes mortales, pues muchos de los almadieros no sabían ni siquiera nadar. En esos años la mayor parte de los mozos del pueblo, y no tan mozos, éramos almadieros. Almadieros o pastores. Unos río abajo con las almadías y otros cañada arriba y abajo con los rebaños de ovejas. El de almadiero estaba algo mejor pagado y, al menos en la juventud, satisfacía el deseo de la aventura y la curiosidad. Llegar a una ciudad como Zaragoza era todo un descubrimiento de gentes, modas y tendencias que luego contábamos a nuestra vuelta.
Hacia el año 40, otra vez por la venta de la casa en la que vivíamos, tuvimos que mudarnos de nuevo. Esta vez a casa Molinas, próxima al río y a la casa en la que vivimos inicialmente y que ya era la panadería. Y también nuevamente de alquiler. Esta casa se había quedado deshabitada unos pocos años antes, tras el fallecimiento en el año 1936 tanto de su propietario, Nazario Labiano Calvo, como de su segunda mujer, María Isabel Glaría López, con la que se había casado tras quedar viudo de Bonifacia García Zabalza. El destino quiso que Nazario quedara viudo y solo, a pesar de tener cuatro hijos, pues sus dos hijas emigraron a Francia y sus dos hijos a Argentina. Ninguno de ellos volvió jamás. Su segunda esposa ya tenía una hija, Eusebia Bronte, a más razón curra, por algún accidente mal curado que debió de tener en la infancia. Su padre, Angel Bronte, era de casa Foroso, y por ello su hija Eusebia recibía el mote de “la curra forosa”.
Junto con el alquiler de la casa Molinas acordamos también el de su pajar, situado nada más pasar el puente medieval, en el término llamado Lizabarroa o Sitxea, y que Nazario Labiano había edificado en el año 1918 tras comprar el solar en la subasta de terreno realizada por el ayuntamiento para la edificación de diferentes pajares. La casa estaba muy descuidada desde la marcha de Eusebia, pues no siendo hija natural de Nazario no era ella la heredera, sino los cuatro hijos repartidos por Francia y Argentina que habían abandonado Burgui para siempre.
En marzo del año 1942 dos almadieros de Burgui fuimos contratados por un maderista de casa Bernat, del vecino pueblo de Iciz en el Valle de Salazar, para conducir una almadía por el río Salazar. Qué poco nos gustaba ese río para almadiar si venía crecido, pues el paso por la foz de Arbayún era especialmente complicado. Una determinada marca que existía en una roca en el cauce, dependiendo de si quedaba al descubierto o tapada por el agua del río, marcaba la dificultad o imposibilidad de navegar con almadías por esa foz. Adentrarse almadiando sin verse la marca era algo que muchos almadieros evitaban, salvo que quisieran poner a prueba su pericia y experiencia.
Imagen de una almadía de seis tramos tripulada únicamente por un puntero y un codero
Me despedí de mis hijos el 4 de marzo de 1942 prometiéndome a mi mismo y prometiéndoles a ellos que ese era el último día que acudía a almadiar a ese río. Salí al punto de la mañana junto con Fidel Aznárez, compañero almadiero de Burgui, unos diez años más joven que yo. Queríamos llegar cuanto antes al atadero donde ya nos esperaba la almadía que teníamos que tripular hasta donde nos dijera el amo, un tal Compains de importante casa maderera. El Salazar bajaba bravo y furioso, pero no estaba crecido de riada por lo que parecía sensato almadiar. No sería la primera vez en la que, tras ver el río, había que abandonar y aplazar el descenso de la almadía para poder hacerlo en condiciones más seguras para los almadieros.
Ese día iniciamos el descenso, yo de “puntero” con un solo remo delante de la almadía y Fidel de “codero” detrás, mano a mano, como tantas otras veces ya habíamos descendido.
Al aproximarnos a la foz de Arbayún vimos que algunas almadías permanecían amarradas a la orilla, tal vez desaconsejando continuar el trayecto pero el encargo de Compains era urgente y la entrega de la madera debía realizarse lo antes posible. Un giro de cabeza y una mirada fue suficiente para confirmar nuestro propósito de seguir adelante. Teníamos experiencia, muchos viajes tripulando almadías, sorteando obstáculos y jugando a vencer a la muerte. De reojo pudimos ver que el fuerte caudal del río no terminaba aun de rebasar la maldita marca de la roca. Encaramos la foz rápidos, apretando con todas mis fuerzas el remo que nos guiaba. La sensación del paso por la foz siempre resultaba angustiosa pues se trataba de un auténtico callejón formado por inmensas paredes verticales que se abrían paso en el desfiladero. Un poco más adelante estaba el llamado “puerto largo”, un paso especialmente estrecho con un prolongado puerto a modo de presa tras cuyo salto el tramo delantero se hundía en el cauce a la espera de ser reflotado de nuevo y de forma inmediata por la fuerza que ejercían el resto de tramos que componían la almadía. Tan estrecho era ese punto de paso que un pequeño golpe seco e incierto de la almadía contra algún saliente de la roca vertical podía provocar que el tramo delantero chocara y frenara en seco. Y eso es precisamente lo que nos ocurrió.
Presa en la foz de Arbayún por la que, con peligro, pasaban las almadías
El impacto fue tan brusco que caí rápidamente sobre los troncos, quedando la almadía atascada en su primer tramo. El resto de tramos, empujados por la fuerza del río, fueron amontonándose unos encima de otros formando una pila de maderos que crujían y se rompían, cayendo varios de ellos que aun permanecían unidos sobre mi cuerpo tendido. Fidel, en cuclillas y agarrado todavía al remo del tramo trasero pasó por encima de mí arrastrado por la fuerza del río. La corriente nos desplazó varios metros aguas abajo, donde pude agarrarme a una berguizera que sobresalía próxima a la orilla. Todo fue muy rápido pero lo suficientemente lento como para ser consciente de la gravedad del accidente, de las lesiones producidas, de la pérdida total de la madera y de que en Burgui aguardaban mi regreso mis cinco hijos a los que había prometido nunca más almadiar en ese río. No podía abandonarlos de esta manera pero la vida a veces es cruel y se ensaña con los más desgraciados.
En las inmediaciones de la zona se encontraban trabajando Jesús Nicuesa Irigoyen junto con su hijo José Nicuesa Pérez, carboneros de la cercana localidad de Lumbier, más concretamente de casa Paulo. Se encontraba con ellos también una hermana, Pilar, que ese día había acudido a ayudarles a recoger el carbón. Todos ellos acudieron raudos a mis gritos desesperados de “Ay, madre; ay, madre” pues el dolor que sentía tras ser aplastado por los troncos era extremadamente intenso. Padre e hijo bajaron a brincos desde una canaleta de agua existente hasta el lugar del río en el que yo me encontraba paralizado agarrado a una mata.
Mi compañero Fidel se encontraba unos metros aguas más abajo del puente de Usún, en medio del cauce del río sobre un tramo roto de la almadía. Fue socorrido por Enrique, cabrero de casa Valentín, también de Lumbier, que se hallaba en el lugar con el rebaño de cabras y que acudió también alertado por nuestros gritos. Valentín estaba convaleciente pues todavía le supuraban las heridas provocadas en las piernas por la metralla de la Guerra Civil pero se metió al río a socorrer a Fidel sin vacilar ni un solo momento.
Jesús Nicuesa consiguió cogerme en hombros para sacarme del río y subir a la senda, mientras que su hijo José, un mozo de 19 años de edad, apoyaba sus manos en mi cuerpo para ayudar a su padre con mi carga. Consiguieron subirme al burro que allí tenían con dos sacos cargados de carbón a cada lado, no sin antes enrollarme en dos mantas por debajo de los brazos bien prietas y atadas con una soga para que yo fuera lo más apretado posible. Desde allí, y en esas condiciones, emprendimos camino por una senda hacia el pueblo de Usún. Allí salieron a nuestro encuentro con un macho y una escalera a modo de camilla y a pesar de la insistencia de los carboneros por continuar la marcha, acabaron por pasarme a la camilla tirada por el macho, emprendiendo camino hacia Domeño y de allí hacia el hospital de Lumbier.
Hospital de Lumbier hacia 1925 y fotografía del médico José Gómez Itoiz
El trayecto se hizo largo y penoso, el dolor insoportable y el pensamiento en mis hijos desolador. Me llevaron directamente a la “erica”, pues ahí estaba el edificio del Hospital de Lumbier, donde fui atendido por el médico José Gómez Itoiz, quien a la vista de mi grave estado solicitó que me llevaran esa misma noche en automóvil al Hospital Provincial de Pamplona.
Mi hija mayor, Pepita, se encontraba esa tarde en Burgui lavando la ropa en el río junto con su inseparable amiga Esperanza Ayerdi, quien no dejaba de cantar y silbar mientras lavaban. Algo presentía Pepita, pues le reprochó que no cantara tanto, que alguna desgracia ocurriría. Horas más tarde recibían el aviso del fatal accidente y alertados de la gravedad varios familiares emprendían andando camino hacia Navascués subiendo por el monte de Larringorrea. La tormenta que se desencadenó esa noche fue tal que los relámpagos iluminaban el trazado de la senda que luego se convirtió en barranco por la gran cantidad de agua que bajaba. De Navascués siguieron hacia Lumbier, donde ya llegaron al día siguiente, esperando allí encontrarme. Tras ser informados de mi traslado a Pamplona, tuvieron que esperar al día siguiente para tomar el autobús regular que cubría el trayecto de Lumbier a Pamplona.
Pero no llegaron a tiempo. A las once horas del día 7 de marzo de 1942, yo, Donato Mendive Tolosana, fallecí en el Hospital Provincial de Pamplona a consecuencia de un shock traumático y hemorrágico que me provocaron los golpes de los troncos de la almadía tras el impacto en la foz de Arbayún. Ante la ausencia de familiares, mi cuerpo fue dado sepultura en el cuadro 6, línea 19, fosa 19 del Cementerio Moderno de Pamplona, lejos de mi Burgui que me vio nacer y del camposanto donde reposaba mi mujer Dominica.
A mis 48 años de edad perdí la vida sobre la almadía, dejando huérfanos a mis cinco hijos. No había otro pensamiento en mi cabeza desde el momento del accidente que no fuera poder abrazar a mis hijos, decirles lo mucho que les quería, que fueran buenas personas en la vida y que sentía haberme montado en esa almadía que me condujo a la muerte, que sentía haberles dejado solos, que sentía el porvenir realmente duro que les esperaba. Pero la vida a veces es cruel y se ensaña con los más desgraciados.
Rúbrica original de Donato Mendibe en partida de nacimiento de una de sus hijas.
Reportaje elaborado mediante testimonios orales y diversa documentación investigada por Iñaki Ayerra en homenaje, reconocimiento y admiración a la figura su bisabuelo Donato Mendive Tolosana.
Veíamos en el boletín anterior cómo el 23 de febrero del año 1961 se procedía a la venta por parte de Máxima Larequi Urzainqui del edificio que, junto con sus hermanos María Socorro y Antonio, habían regentado como tienda, bar, restaurante y fonda bajo el nombre de Larequi.
Una parte del edificio era comprado a partes iguales por José Ayerra, su mujer Gregoria Salvador y la hermana de esta, Petra, para continuar con el negocio. En este boletín profundizaremos en la historia de esta nueva etapa bajo el nombre ya de «Fonda Ayerra».
Vista exterior de la fonda y el patio. Archivo fonda Ayerra.
Corregiremos antes algunos detalles de la «Fonda Larequi» incluidos en el boletín anterior. Por un lado, Eugenio Larequi se casó con María Glaría, de casa Portalatín, y no Gárate, como por error se indicaba. Por otro, Guillermo Larequi Hualde habría nacido en la hoy conocida como casa Bidangoztar, nombre que posiblemente recibiría después por algún antepasado oriundo de Vidángoz. Podemos confirmar también que Guillermo Larequi regentó bajo su nombre en los años 20 del siglo pasado una fonda en la calle Espoz y Mina 11 de Pamplona. Sabemos que antes se denominó «Fonda de San Julián» y «Hotel Regional». Tras su cese del negocio para regresar a Burgui, fue regentado por la viuda de Cipriano Zalguizuri y se conocía como Casa de Viajeros «Los nuevos roncaleses». Hoy ocupa este edificio el actual «Restaurante Europa».
Una vez hechas estas puntualizaciones, nos centramos ya en la conocida como «Fonda Ayerra«.
Petra Salvador, José Ayerra y Gregoria Salvador en la puerta del patio. Archivo fonda Ayerra.
El nexo de unión entre la fonda Larequi y la fonda Ayerra es Petra Salvador Ustés. Nacida en Burgui en casa Garate en el año 1907, se casó con el izabar Pascual Ustárroz Petrox, de casa Gardacho, y se trasladó a vivir a Isaba. Pero enviudó pronto, un 25 de noviembre de 1942. Permaneció varios años en Isaba haciéndose cargo de la casa, atendiendo a sus suegros ya mayores y al cuidado de las vacas de la familia. Cuando ya se quedó sola en la casa comenzó a visitar con más frecuencia su pueblo natal, compaginando el alquiler de habitaciones a carabineros que trabajaban por la zona. En el año 1957 vendió la casa y se trasladó a vivir definitivamente a Burgui, trabajando primero en casa Ramón y después en la fonda Larequi, donde se quedaba alojada. Aprendió bien el negocio de la fonda durante varios años.
A finales de los años cincuenta, las hermanas Máxima y María Socorro Larequi Urzainqui, que regentaban dicha fonda, vendieron una parte del edificio, del patio y del huerto a los hermanos Sanz Zabalza, de casa Larrambe, para su conversión en viviendas.
La otra parte del edificio, con la que apuraron los últimos años del negocio, se la propusieron vender a Petra, quien ya trabajaba con ellas en la fonda. Petra, junto con su hermana Gregoria y su marido José Ayerra, fueron los que con fecha 23 de febrero de 1961 formalizaron la compra, a partes iguales, del resto del edificio y del patio haciendo uso de sus ahorros y del dinero prestado por los parientes.
José Ayerra Garate nació el 5 de agosto de 1920 en casa Ayerra, hijo de Martín Ayerra Lorente -de casa Ayerra- y de Pascuala Gárate Larrambe -de casa Larrambe-, quienes tuvieron seis hijos: Inocencio, Francisco, Félix, Hermenegilda, José y Felisa. La familia Ayerra (Martín y sus hijos Inocencio, José y Paco) eran unos auténticos profesionales de las prácticas de la pesca y de la caza, de cuya venta de pieles obtenían un importante ingreso para la economía familiar. José, aunque en menor medida que su hermano mayor Inocencio, también se dedicó al oficio de almadiero y al trabajo de la madera. Casado con Gregoria Salvador Ustés el 27 de mayo de 1950, falleció en Burgui en el 8 de septiembre de 2010.
Petra y Gregoria nacieron en octubre de 1907 y febrero de 1926 respectivamente en casa Garate, hijas de Lorenzo Salvador Glaría -de casa Garate- y de Bernarda Ustés Elizalde -de casa Mañuelico-, quienes tuvieron ocho hijos: Petra, Francisco, Hipólito, Dionisio, Teodoro, Alberto, Martín y Gregoria.
X, Petra y Gregoria bajo el rótulo de «Bar Ayerra». Archivo fonda Ayerra.
Tras la compra en 1961 de una parte del edificio de casa Larequi (antes conocida también como casa Lampérez) se llevaron a cabo varias obras y reformas. Una de las principales fue la remodelación del bar, que en la época de Larequi también acogía una tienda. Así, se abrió una puerta de acceso directo desde la plaza -sobre la que se pintó el nombre de «Bar La Alegría»- y se hizo un pequeño baño en la misma entrada. Se trataba de un bar alargado, con una estufa de leña al fondo junto a los ventanales del patio y una barra de gran altura atendida por José Ayerra. Con el paso de los años el bar tuvo diversas mejoras para adaptarlo a los nuevos tiempos: televisión, cafetera expreso, cámaras frigoríficas, reforma del sistema eléctrico, colocación de aparatos de música… Los colores de sus paredes también fueron cambiando con el tiempo desde un beige, pasando por sucesivos verdes y finalmente verdes y rojos.
José Ayerra en la barra del bar «La Alegría». Archivo fonda Ayerra.
En noviembre de 1962 se solicitó el cambio de titular y denominación, así como de categoría del establecimiento. Estando la anterior fonda Larequi clasificada como «posada» a efectos del Ministerio de Información y Turismo, José Ayerra solicitó la categoría superior de «casa de huéspedes». En la documentación generada a tal efecto existe una carta fechada el 2 de noviembre de 1962 del Gobierno Civil al delegado provincial de Información y Turismo en el que manifiesta que «interesados informes de D. José Ayerra Gárate a los efectos de legalización de una industria de hospedaje le participo que según la Guardia Civil en informe recibido dicha persona es de buena conducta moral, pública y privada, estando bien conceptuado socialmente».
Firma de José Ayerra Gárate fechada el 5 de octubre de 1962. Fuente: ACN.
Figura también en la documentación del expediente que se dispone de «dos comedores con total de 19 plazas, dos servicios por cliente, con servicios de piedra de buena calidad, servilletas de algodón, cubiertos de alpaca, cristal duralex, todo sin marcar». Añade también que «cada dormitorio tiene doble juego de sábanas, dos mantas, colchones de lana del país, alfombras corrientes y sillas».
En 1963, tras su autorización ya como «casa de huéspedes«, figuraban los precios siguientes: desayuno, 10 pesetas; almuerzo, 45 pesetas; cena, 45 pesetas; baño, 5 pesetas; habitación de 1 plaza, 25 pesetas; habitación de 2 plazas, 45 pesetas.
Plano primera planta de la fonda en el año 1962. Fuente: ACN.
En marzo del año 1969 se inicia un nuevo proceso de clasificación como «fonda«. En la documentación existente se indica que el edificio fue construido aproximadamente en 1870, que el aspecto general es antiguo y que dispone de tres plantas con 9 habitaciones (2 interiores y 7 exteriores) con un total de 15 camas. Existe «teléfono general, cuarto de aseo general, dos servicios auxiliares con lavabo e inodoro, uno con placa turca». La Dirección General de Empresas y Actividades Turísticas indica que «se debe sustituir la placa turca por taza normal», debiendo realizarse las obras en un plazo máximo de 8 meses. Es en esta época cuando se realiza una reforma importante que mejora las habitaciones y los dos baños, cambiando también los suelos de la cocina y del comedor. Se modifican las escaleras de acceso a la primera planta y se construyen de una sola tramada desde la entrada en lugar de los tres tramos existentes. Tras la realización de estas obras, en 1970 se concede una nueva clasificación como «fonda» por parte del Ministerio de Información y Turismo.
Años más tarde se arreglaron las fachadas y, juntamente con las viviendas de los hermanos Sanz Zabalza, se colocó piedra en los zócalos y en las ventanas, siendo la actual imagen exterior del edificio. La forja de los balcones se mantiene seguramente desde sus orígenes.
Gregoria Salvador, Mª Dolores Glaría y Petra Salvador en la cocina. Archivo fonda Ayerra.
A lo largo de los años, Petra, Gregoria y José regentaron los negocios de bar, fonda y comidas. José estaba al frente del bar; Petra, generalmente se encargaba de la cocina y Gregoria atendía a los clientes y el servicio de habitaciones.
Disponían de dos cocinas de leña de gran tamaño donde se cocinaban ricos guisos de carne, caza y pescados para el servicio de comidas de la fonda. Muchos todavía recuerdan los exquisitos fritos de calamar de los domingos y los estupendos guisos preparados por Petra. Además, cultivaban las verduras en varios huertos; criaban conejos, gallinas, pollos y cutos en un pajar; recolectaban manzanilla y tila; y elaboraban pacharán, todo para ofrecer un servicio selecto a la clientela.
A lo largo de los años contaron con la ayuda y colaboración de varias personas que trabajaron en el negocio. Destacamos a las hermanas María Jesús y Pascuala Iglesias Iglesias, nacidas en Sigüés, en casa Ricardo, en los años 1934 y 1936 respectivamente. La familia Iglesias tenía ovejas y en los años 40 subía su tío Saturnino Iglesias Sanz a la borda de Garate en el barranco de Cegarra. Así, año tras año, surgió la amistad con la familia Garate y la relación de Petra y Gregoria con las hermanas Iglesias se fue incrementando en las visitas a las fiestas. En los años 60 María Jesús y Pascuala, ya mozas, subían a ayudar cuando se les requería, como en las fiestas del pueblo por San Pedro, atendiendo el bar o en otras fechas de más trabajo.
Gregoria Salvador, María Salvador, José Ayerra, Mª Jesús y Pascuala Iglesias en el bar. Archivo fonda Ayerra
Trabajaron también en la fonda otras personas como Dolores Glaría de casa Onpedro y María Salvador, así como diversos familiares como Leonor Oseta, Petra Ansó, Martín Salvador, Ana Mari Lacasta, María Jesús Sanz o los sobrinos Teodoro, Jesús Mari, José Alberto y Luis Javier Salvador. Otras muchas mujeres echaban también una mano en acontecimientos especiales como bodas, bautizos, comuniones, cantamisas, fiestas, nocheviejas… así como en numerosas comidas y cenas de cuadrillas del pueblo.
A lo largo de los años de la fonda Ayerra fueron muchos y variados los huéspedes y personajes variopintos que, de forma puntual o más continuada en el tiempo, se alojaron en este establecimiento, creándose auténticos lazos de amistad en muchos casos.
Existían varias personas que tenían habitación reservada todo el año, independientemente de que acudieran o no, si bien eran prácticamente fijos durante los veranos, navidades y semana santa. En algunos casos eran amigos y en otros coincidían en fechas estando alojados.
José, Gregoria y Petra, Inocencio y Pepita, Gigi. Año 1979. Archivo Ayerra Mendive.
De especial mención son las estancias de Jesús De Bilbao, que visitaba las casas del valle para realizar su trabajo de protésico dental; José Zazpe, taxista; Santos Itarte, propietario de chorizos Itarte, en aquella época en la calle Estafeta de Pamplona; Fidel Leache; Paco Loiarte, de San Sebastián; o Angel Lapuerta Sánchez, coronel mutilado de guerra, al que llamaban «el tuerto» porque en la guerra perdió un ojo, y que acudía los domingos a misa con el traje militar de gala y numerosas medallas; José Zalguizuri, originario de Isaba que se encariñó de Burgui y sus gentes, llevaba siempre dos piedras en el bolsillo que hacía sonar a modo de castañuelas; Henry y Aida, matrimonio inglés que una vez jubilados recayeron en Burgui sin saber hablar castellano y que volvieron a la fonda durante muchos años todos los veranos.
Veraneaban también diversas familias como la de Emilio Arzoz; los Reza de San Sebastián, en donde regentaban un negocio de peletería; los Zalguizuri; la de Patxi Zabaleta Azpitarte, asesinado por ETA en Elgoibar en 1988, y aficionado a la caza de palomas; Larrañaga…
Petra, Gregoria, Ana Mari Lacasta y Pascuala Iglesias. Cesión: Lourdes Bronte
Se alojaban también diferentes viajantes y comerciantes ambulantes que acudían al valle, como José Condearena, vendedor ambulante de la tienda Condearena en la calle Mercaderes de Pamplona, que se desplazaba por los valles de Roncal, Salazar y Aezkoa portando dos grandes maletas con muestras de ropa con las que recogía pedidos casa por casa y que posteriormente se enviaban a través del autobús de línea embalados en papel marrón y cuerda de esparto; acudían otros vendedores de ropa como los Zamoranos, Casals, Manolo Erro y los hermanos Rosino; de alimentación, como Benjamín, el ajero de Sangüesa; y Riera, comprador de lanas.
Acudían también otras personas que por su trabajo se desplazaban y establecían su parada en la fonda de Burgui como los chóferes de la empresa Eiforsa de La Peña (Huesca), que transportaban en camiones maderos de pino para su conversión en postes para líneas de teléfono, recordando especialmente aLuis y Asterio; numerosos camioneros, como los hermanos Pena o los de gaseosas Landa de Sangüesa; los butaneros, que se desplazaban por el valle repartiendo bombonas cada semana y acudían a comer a la fonda. Y todo trabajador, turista, visitante, montañero o pescador que venía a Burgui acudía a la fonda para comer o alojarse.
José Ayerra cortando migas. Archivo fonda Ayerra.
Fue residencia habitual también de los notarios, que acudían regularmente una vez al mes y recibían a las personas interesadas en sus servicios en una sala en la fonda; de los médicos, como como Héctor Eduardo Pintado Sandoval (peruano y que de Burgui se fue a ejercer a Zaragoza en 1979), Fernando Paniagua o Jesús Arana, hasta que se construyó la denominada “casa del médico” en la plaza; la secretaria del Ayuntamiento, Raquel Pérez de Iriarte, hasta que el ayuntamiento construyó un piso en la propia casa consistorial; el párroco José Antonio Mateo, en sus últimos años de servicio tras dejar de residir en la casa parroquial del pueblo y antes de retirarse a Loyola.
El salón de la fonda, que todos los domingos servía para sesión de baile, se convertía durante los otoños en lugar improvisado para la recogida de hongos robellones. Desde Cataluña se desplazaban a Burgui diversos comerciantes hongueros, como Boigas, Serafín o Paco, que con furgonetas o camiones recogían las barquillas de hongos que previamente se habían seleccionado y pesado en la fonda, a donde acudían los vecinos de Burgui y de otros pueblos del valle a vender las cestas de hongos que previamente habían recolectado por los montes.
Grabación del programa «Un país en la mochila». Labordeta, José y Petra. 1992. Fuente: TVE
Ya en los años noventa y por su condición de almadiero veterano y artífice de la fundación de la Asociación de Almadieros Navarros, José Ayerra recibió también en su casa a numerosas personas relacionadas con las almadías, como la amistad forjada con el sangüesino Javier Beúnza o la visita del aragonés José Antonio Labordeta en 1992, conductor en aquella época de la serie «Un país en la mochila» con motivo del programa dedicado al Valle de Roncal.
Desde su apertura en el año 1961, José, Gregoria y Petra trabajaron sin descanso hasta mitades de los años ochenta. El bar La Alegría se cerró definitivamente en enero del año 1986, y la fonda poco antes, ofreciendo solo servicio de camas. Pocos años más tarde enfermó Gregoria y a partir de entonces solamente alojaron a compromisos con el pueblo (orquestas en fiestas, por ejemplo) y a familiares, amistades y clientela de toda la vida.
Gregoria Salvador y José Ayerra. Archivo fonda Ayerra.
Sirva este reportaje para honrar el trabajo, esfuerzo y dedicación de José, Gregoria y Petra durante más de 25 años, acogiendo en su casa siempre con la puerta abierta a todos los que allí acudían, forjándose auténticos lazos de amistad que perduraron con el paso de los años. Forma parte la fonda Ayerra de gran parte de los recuerdos de muchas generaciones de burguiarras que vivieron allí momentos muy especiales, recordando el cariño y la alegría con los que siempre éramos recibidos. En nombre del pueblo de Burgui, muchas gracias de corazón.
Agradecemos la documentación e información facilitada por Greoria, Luis Javier, Fernando y Lucía Salvador, por Ana Mari Lacasta, así como a todas aquellas personas que nos han compartido sus recuerdos para poder elaborar este reportaje. Nuestro agradecimiento también al Archivo Contemporáneo de Navarra por facilitarnos el acceso a los diferentes documentos que conforman el expediente de este alojamiento.
Figura documentado que ya a finales del siglo XIX existía en Burgui un hospedaje conocido como «Fonda Lampérez» en la casa del mismo nombre y que estuvo regentado por Antonio Lampérez. Con el paso del tiempo este establecimiento tuvo diferentes propietarios que cambiaron su nombre, siendo denominado después fonda Larequi y finalmente fonda Ayerra.
En este boletín vamos a centrarnos principalmente en los orígenes de la fonda, más inciertos y menos documentados, y en su etapa como fonda Larequi, dados los numerosos documentos, fotografías y testimonios a los que hemos tenido acceso. Dejamos para un boletín posterior la última etapa como fonda Ayerra, de la que también disponemos de numeroso material.
Casa Lamperez comprendía en aquella época los edificios que actualmente ocupan la antigua fonda Ayerra con su patio y las viviendas de los hermanos Sanz Zabalza con su huerto. Era por lo tanto una casa de grandes dimensiones con amplios espacios que concedían servicios adicionales al establecimiento.
Vista del pueblo de Burgui con casa Lampérez en el centro con patio y huerto hacia años 30
Sabemos que el tal Antonio Lampérez, cuyo apellido familiar da nombre a la casa y a la fonda inicial, nació hacia 1840 y que se casó en segundas nupcias con María Alastuey el 14 de julio de 1891. Ya viudo, falleció en 1920 a los 80 años de edad. Ya en 1886 figura regentando una abacería, una especie de tienda donde se venden al por menor productos no perecederos como aceite, vinagre, legumbres secas, bacalao…Con mucha seguridad existiría también ya el negocio de la fonda en la vivienda, desconociendo su origen. En 1908 gestionaba también con otros el molino harinero, así como una de las cuatro tiendas de comestibles.
En el Libro de Matrícula de la Parroquia de Burgui del año 1908 figuran viviendo Antonio Lampérez (unos 70 años, ya viudo de María Alastuey) con Sebastiana Urzainqui Recari (23 años), Cándida como «criada» y Pascual Ramón Alastuey (posiblemente familiar de María). Y un año más tarde en 1909 se añade al censo de casa Lampérez un nuevo miembro, Guillermo Larequi (33 años). De Guillermo y Sebastiana sí que tenemos más información si bien desconocemos qué relación les unía con Antonio Lampérez. Tal vez siendo viudo y sin descendencia, con un comercio de tienda y seguramente ya de fonda, era práctica habitual en aquella época que donaran sus bienes a una persona o matrimonio a cambio de que se hicieran cargo de él hasta su muerte, e incluso podría haber algún vínculo familiar entre ellos que desconocemos.
Guillermo Larequi Hualde, nació en Burgui en 1876 posiblemente en casa Larequi o Bidangoztar, falleciendo en Burgui el 24 de septiembre de 1929 a los 53 años de edad. En 1916 figura como alcalde. Sabemos también que emigró durante unos años a Chile y Venezuela, regresando con cierta fortuna.
Sebastiana Urzainqui Recari, nació en Burgui en 1885 en casa Mastuzarra, hija de Domingo Urzainqui Garate y Sebastiana Rosalía Recari Glaría, falleciendo el 17 de mayo de 1955 a los 70 años de edad.
Sebastiana Urzainqui Recari y Guillermo Larequi Hualde
Guillermo y Sebastiana regentaron por lo tanto los negocios de la tienda y fonda de casa Lampérez, conviviendo con el propio Antonio Lampérez hasta su fallecimiento en 1920. A lo largo de los años tuvieron siete hijos: Eugenio; dos niñas gemelas, María de Sancho Abarca y María Antonia de Sancho Abarca, que fallecieron en los primeros años de vida; Mario; Máxima; Antonio y María Socorro.
Hay que indicar que la Virgen de Sancho Abarca se encuentra en Tauste y que era muy venerada por los pastores trashumantes roncaleses. Sebastiana, la madre, era nacida en casa Mastuzarra, con una importante tradición ganadera y trashumante, muy relacionada por lo tanto con dicha advocación.
Hermanos Larequi Urzainqui: Eugenio con gafas, Máxima, Mario, Antonio y María.
A lo largo de los años figuran varias criadas en el censo de casa Lampérez, personal por lo tanto al servicio del negocio viviendo de forma habitual en la propia casa. Así, nos encontramos a Cándida (1908), Nicolasa Turrillas e Inocencia Espiga (1912), Ursula Castillo (1913), Isidora López (1915), Lucía Miano y Bernardina Arrese (1917) o Margarita Bueno (1918).
La fama de Sebastiana como cocinera era muy reconocida y apreciada. Hay constancia de que hacia los años 20 Guillermo y Sebastiana alquilaron la fonda a una familia de Isaba y se trasladaron todos a Pamplona, donde regentaron el conocido restaurante Europa. Sin embargo, Guillermo enfermó y regresaron de nuevo a regentar su propio negocio de tienda, fonda y restaurante en Burgui.
Guillermo fallece en el año 1929 y al frente de los negocios se queda Sebastiana con la ayuda de los hijos y las sirvientas que va contratando a lo largo de los años.
El documento más antiguo relacionado con esta nueva época está datado en Burgui el 7 de junio del año 1941 pero sin embargo nos da información de años anteriores. En él, Sebastiana Urzainqui como propietaria de la fonda instalada en la calle Mayor nº 44 y en cumplimento de la orden del Ministerio de la Gobernación de abril de 1939 declara bajo juramento que desde el año 1900 funciona la expresada fonda y que en el año 1939 se dio cumplimiento a la referida orden en solicitud de ser incluida en la categoría que le corresponda y que los precios en pesetas que regían el 16 de febrero de 1936 eran los siguientes:
Imagen de la fonda de casa Lampérez en su fachada hacia la plaza del pueblo de Burgui
Unos años más tarde, el 6 de febrero de 1948 se le concede autorización a Sebastiana Urzainqui para ejercer la industria de hospedería como «posada» disponiendo de 15 habitaciones, una capacidad de 25 personas y siendo los precios de 4 pesetas por habitación, 12 pensión completa, desayuno 1,5, almuerzo 8,00, comida 8,00, garaje 3,00. En otros documentos de esta época se hace referencia a «Posada Urzainqui» y no ya Lampérez.
El 17 de mayo de 1955 fallece Sebastiana Urzainqui Recari, a la edad de 70 años.
El 26 de junio de 1957 ante José Gabriel Erdozain Gaztelu, abogado y notario del Ilustre Colegio de Pamplona con residencia en Sangüesa, compareció Máxima Larequi Urzainqui, mayor de edad y soltera, sin profesión oficial y vecina de Burgui, para otorgar escritura de aceptación y manifestación de herencia. Expone que su madre Sebastiana falleció en Burgui el 17 de mayo de 1955 bajo su último testamento otorgado con fecha 18 de marzo de 1955 en el que «instituye heredera a su hija Máxima a quien impone la obligación de tener en la casa a sus hermanos Antonio y María Socorro, proporcionándoles alimento siempre que trabajen en su beneficio lo que les permitan sus fuerzas, dotándoles cuando tomen estado o salgan de casa voluntariamente y de un modo definitivo según las posibilidades de la misma». Expone también que los bienes objeto de tal testamento constan de «una casa sin número cuya fachada principal da a la calle Mayor, consta de planta baja y dos pisos, con un pajar, patio y un huerto, todo lo cual mide en una superficie de cuatrocientos setenta metros y cincuenta centímetros cuadrados. Linda por la derecha saliendo con paso público; por izquierda con plaza de la villa; y por su espalda con era de Juan Melchor Elizalde.
El 16 mayo de 1958 Máxima Larequi Urzainqui presenta solicitud ante la Junta de Catastro de Burgui para que si es conforme se le de de alta en el ejercicio de «café público» ocupando para ello un local de la casa número 44 de la calle Mayor del pueblo de Burgui.
De izquierda a derecha, Máxima, María, ¿? y Antonio Larequi Urzainqui en balcón, 1958.
El 16 de febrero de 1960 Teodosio Iglesias Alvarez, Inspector Secretario de la Junta Municipal de Sanidad de Burgui, certifica haber sido requerido por la señorita Larequi para hacer una visita de inspección, resultando que dicha posada se encuentra en perfectas condiciones higiénico sanitarias para seguir dedicándose a la industria que posee.
El 22 de febrero de 1960, Máxima Larequi solicita al Director General de Turismo que habiendo fallecido su madre Sebastiana propietaria de una industria de hospedaje sita en la casa nº 44 de la calle Mayor de Burgui y calificada como posada y teniendo el proyecto de continuar con el ejercicio de la misma, ruega se sirva concederle la oportuna autorización clasificando al efecto su industria en una de las categorías establecidas en la Orden Ministerial de 14/06/1957. En otros documentos de esta época se hace ya referencia a «Posada Larequi» adoptando el apellido familiar.
El 16 de marzo de 1960 el Gobernador Civil de Navarra dirige escrito al Delegado de Información y Turismo por el que «de conformidad con lo interesado en su atento escrito de 29 de febrero pasado tengo el honor de participarle que Dña. Máxima Larequi Urzainqui, a quien se refiere en el mismo, según me informa la Guardia Civil, es persona de buena conducta en todos los aspectos, carece de antecedentes político-sociales y está considerada como adicta al actual Régimen, dedicándose en la actualidad, en unión de una hermana y un hermano, a la explotación de una industria de hospedería en Burgui».
El 18 de marzo de 1960 se redacta por la Dirección General de Turismo, dependiente del Ministerio de Información y Turismo, un informe técnico sobre el hospedaje denominado «Posada Larequi», sito en el número 44 de la calle Mayor de Burgui, a petición de Máxima Larequi Urzainqui, propietaria del hospedaje. Indica que se trata de un emplazamiento céntrico, al pie de la carretera general a Pamplona. Funciona a régimen de pensión completa, con entrada y vestíbulo ancho, con pasillos de un metro de anchura y recepción situada en la primera planta. Añade que dispone de tres comedores: dos de una mesa extensible capaces cada uno para nueve personas y el otro de tres mesas para cuatro personas. Disponen los comedores de sillas y mesas de madera, suelos de baldosa, paredes a la cal los dos primeros y al óleo color ocre el tercero. Todos en la planta primera y con luz eléctrica corriente. En dicho informe se indicaba que «es una de las casas acreditadas en la región por su buena mesa».
No dispone de «salón» como tal pero sí de un «patio y huerta con arbolado y flores, de unos 290 metros cuadrados cada uno». El hospedaje cuenta con diez habitaciones todas exteriores y muy amplias, con camas, mesillas, armarios y sillas de madera, modernas. Suelos de madera lustrada, paredes y techos a la cal, luz eléctrica y sin agua corriente. Existe un baño en la planta primera con water y lavabo.
Dispone el establecimiento de un teléfono general con el número 7. El informe recoge también la calidad del mobiliario como corriente en buen estado; cubertería, abundante y plateada; alfombras, corrientes; cristalería, corriente; lencería, de algodón y crepe; buenos colchones de lana del país; visillos, corrientes; camas de madera modernas; somieres metálicos; muebles armarios de luna y en buen estado.
Mario Larequi Urzainqui con motocicleta en patio de casa Lampérez, ya posada Larequi.
Respecto a la cocina, se encuentra en la planta primera, es muy amplia y bien ventilada. Dispone de fregadera y cocina adosada del tipo de las «económicas». Suelo de baldosa, zócalo de azulejo blanco hasta una altura de 1,20 metros, el resto de las paredes y el techo a la cal blanca. Cuenta con batería abundante de porcelana y aluminio reforzado. Se indica también que existe una bodega en el sótano.
La calidad de la limpieza general es buena, con suelos encerados y bien fregados. La calidad de los servicios se cataloga como «muy buenos», siendo dos hermanas las que prestan los servicios en el hospedaje de forma habitual toda la jornada y con experiencia hotelera. El alojamiento permanece abierto todo el año y utilizan principalmente el hospedaje transportistas y viajantes de comercio. En tiempos de almadías Burgui era parada de etapa por lo que trabajaban también mucho con los almadieros. Es sabido además que al menos desde el año 1931 estuvo alojado un huésped del propio pueblo, José Recari Pérez, de casa Txinko, hasta que falleció de forma repentina en 1954.
El inspector diplomado hace constar como otras características a señalar «patio y huerta amplísimos» y finaliza el informe describiendo la clasificación que merece este hospedaje como «casa de huéspedes» a juicio de quien suscribe el informe, de firma ilegible.
María Larequi Urzainqui posando con traje de roncalesa junto con un vehículo Ford
El 3 de junio de 1960 se recibe informe técnico del delegado provincial del Ministerio de Información y Turismo, Jaime del Burgo, por el que se concede al establecimiento la categoría de «casa de huéspedes».
El 23 de febrero de 1961 se produce la venta de una parte del edificio y el patio por parte de Máxima Larequi Urzainqui a los compradores Petra y Gregoria Salvador Ustés, hermanas, y a José Ayerra Gárate, marido de Gregoria, a partes iguales, que continuarán con el negocio de fonda y restaurante, a la vez que abrirán el Bar La Alegría en los bajos de la casa. La otra parte del edificio, junto con el huerto, fue adquirida por los hermanos Sanz Zabalza, de casa Larrambe, para su conversión en viviendas.
Las hermanas Máxima y María Socorro, ambas solteras, se trasladaron tras la venta a Zaragoza y abrieron la fonda La Navarra, en la zona del Portillo, alcanzando también en la capital aragonesa una fama de cocineras de categoría. En dicha fonda, como recuerdo a sus orígenes, lucía una vidriera con el escudo del Valle de Roncal.
Del resto de hijos, Antonio permaneció en Burgui al casarse con Leonila, de casa Gambra. Por su parte, Eugenio (tocaba el piano y era organista de la iglesia de Burgui) se casó con María Gárate, de casa Portalatín, y fijaron su residencia en Pamplona. Y finalmente Mario, se casó con Angelita Echeverría Mezquíriz, maestra que estaba destinada en Burgui y hospedada en la propia fonda, lugar donde se conocieron si bien acabaron viviendo en Barcelona.
Agradecemos la documentación e información facilitada por Antonio María y Mayte Larequi, descendientes de la familia, así como a todas aquellas personas que nos han compartido sus recuerdos para poder elaborar este reportaje. Del mismo modo, nuestro agradecimiento al Archivo Contemporáneo de Navarra por facilitarnos el acceso a los diferentes documentos que conforman el expediente de este alojamiento.
Inauguración de los trabajos de abastecimiento de agua a Burgui en abril del año 1953
Actualmente es difícil imaginar que en nuestras casas no hubiera agua corriente para el consumo, el lavado de ropa o la higiene personal, pero no hace tantos años que nuestros antepasados debían acudir a por agua a la fuente del Batán, al río Esca o al barranco de Txares para poder satisfacer estas necesidades básicas en sus viviendas. El agua era transportada en radas o herradas, la mayor parte de las veces portadas sobre las cabezas de las mujeres. Tan solo se libraban de este trabajo diario las cuatro casas que disponían de un pozo en propiedad: Ganare, Gambra, Laspidea y Txinko, este último procedente de agua de lluvia.
Fechada en Pamplona un 20 de agosto de 1943, Pascual Arellano, Ingeniero de Caminos, redactó una memoria planteando el abastecimiento de agua para el pueblo de Burgui. Ante el habitual consumo de agua procedente del propio río, indicaba que «las aguas del río Esca bajan turbias durante mucha parte del año, tienen desagradable aspecto, mal sabor y un posible riesgo sobre todo en estiaje de hallarse contaminadas. Su temperatura varía con la del ambiente, siendo ello un grave inconveniente en los días cálidos«. Además de lo expuesto, argumenta que en caso de recurrir a estas aguas para abastecer al pueblo «sería preciso depurarlas y elevarlas a unos cuarenta metros para poder abastecer la parte alta del pueblo».
Los citados inconvenientes obligaron por lo tanto a pensar en otra solución que «aunque costosa, es la que siempre reúne más ventajas». Indica Pascual que «la existencia de dos manantiales a unos tres y medio kilómetros del pueblo que permiten un abastecimiento en inmejorables condiciones higiénicas nos ha decidido a proyectar la utilización de sus aguas por conducción forzada». Añade que «las aguas bajo el punto de vista de pureza son excelentes, a la vista del certificado de análisis, estando situados los manantiales en terreno comunal. en los sitios denominados Miscala y Aguyo».
Depósito de captación de aguas construido en el manantial de Miscala
Ambos manantiales se localizan próximos a la carretera en dirección al puerto de Las Coronas y desembocan en el de Txares. Actualmente el abastecimiento se realiza solo desde el barranco de Miscala, el otro debió destruirse tras una riada. Los aforos calculados para un mes de octubre de la época eran de 0,555 litros por segundo para el manantial de Miscala y de 0,310 para el de Aguyo. La tubería proyectada para la conducción hasta el depósito regulador fue de fundición de 50 milímetros de diámetro y se calculó un consumo de caudal máximo diario de 66,605 metros cúbicos para una población de 770 habitantes, lo que nos da el dato del número de vecinos existentes en Burgui en ese año.
Un depósito regulador recibía las aguas de la conducción, con dos departamentos diferenciados y una capacidad total de 216 metros cúbicos. Se proyectó con una cubierta de hormigón en masa con objeto de «acatar de este modo las disposiciones vigentes sobre la restricción del empleo de hierro«. Es de suponer que por la Segunda Guerra Mundial y el aislamiento sometido al país, el escaso hierro disponible iría destinado a otros usos regulados por normativa.
Imagen actual del exterior del depósito de aguas construido en 1952
Se ubicó bajo el trazado de la carretera, muy próximo a la ermita de la Virgen del Castillo, y sus restos, ya sin uso actual, aun pueden contemplarse a día de hoy. Sobre la puerta de este depósito figura la fecha de 1952, que entendemos se trata de la fecha de finalización de los trabajos.
Imagen actual del interior del depósito de aguas construido en 1952
En esta memoria de 1943 se incluía la colocación en la red de 24 hidrantes o tomas de agua diseñadas para proporcionar un caudal considerable en caso de incendio. En cuanto a su emplazamiento se indicó «que no los separa una distancia constante porque la urbanización de estos pueblos aconseja dentro de la economía, la elección de puntos adecuados para su ubicación».
Se fijaron asimismo diferentes llaves de paso «necesarias para la localización de averías y la no interrupción del servicio más que en corto espacio de la red«. El presupuesto de ejecución material del abastecimiento ascendía a 213.231,86 pesetas (incluía arquetas, zanja, tubería de conducción, depósito de carga, tubería de distribución y registros para acometidas a las casas) y el presupuesto de contrata a 247.348,96 pesetas.
En el anejo a la memoria se suponía una subvención del Estado para la realización de estas obras de 150.000 pesetas, por lo que «el capital que habrá que amortizar es de 97.348,96 pesetas». Planteando una amortización en 25 años con un interés del 4%, «proponemos la tarifa de 0,65 pesetas al consumo del metro cúbico durante los 25 primeros años y la de 0,25 pesetas para años sucesivos». Curiosamente, el consumo de litros por habitante y día se repartía en bebida (2 litros), preparación de alimentos (3), aseo personal diario (20), limpieza de casa y vajilla (12), lavado de ropa (13) y uso de water (10), dando un total de 60 litros al día.
Y si se abastecía de agua a las casas de Burgui… consideraron «de absoluta necesidad el redactar también un proyecto de saneamiento que recoge las aguas negras y las pluviales en la misma tubería». Y es que en aquella época no existían baños en las viviendas por lo que las aguas fecales se lanzaban muchas veces al grito de «¡Agua vaaa!» y para la mayores existían diferentes soluciones en cada casa o zonas del pueblo comunes a las que se acudía.
Se proyectó una tubería de hormigón, diferentes registros y sumideros, así como un pozo séptico calculado «para que las aguas negras en estiaje permanezcan en él durante diez y seis horas», entendiendo que después «por el aliviadero evacuará directamente al río Esca«. Esta poza séptica se construyó a la salida del pueblo en dirección a Salvatierra de Esca, en un pequeño huerto que hasta entonces era de casa Moreno.
El presupuesto de ejecución material del saneamiento y alcantarillado ascendía a 81.087,36 pesetas (incluía alcantarillado, 15 arquetas de registro, 20 sumideros y un pozo séptico) y el presupuesto de contrata a 94.061,34 pesetas.
Borda y barranco de Miscala, lugar desde donde se realizó la captación de aguas
Sin embargo, ambos proyectos no se realizaron en el corto plazo porque 3 años después, con fecha 24 de agosto de 1946 y firmado en Zaragoza, el ingeniero Francisco Fernández presenta la justificación y descripción del «Proyecto de replanteo de abastecimiento de aguas de Burgui». En su memoria se trata de redactar de nuevo el proyecto anterior presentado por el Ayuntamiento de Burgui según lo dispuesto en Orden Ministerial de 1944 en base a la cual se solicitaba reducir el depósito a la capacidad subvencionable, justificar los precios asignados a las unidades de obra, desglosar las obras subvencionables y calcular las tarifas de consumo al vecindario teniendo en cuenta las normas dadas por el Reglamento vigente.
Respecto a la primera de las prescripciones impuestas se acuerda «reducir la capacidad del depósito regulador a 88 metros cúbicos«. Si bien en el proyecto de 1943 se planteaba un depósito con una capacidad total de 216 metros cúbicos, nuevos cálculos daban un consumo normal diario de 84,70 metros cúbicos con una pequeña reserva para caso de incendios, razón por la cual el depósito estaba sobredimensionado y por lo tanto no era subvencionable en la capacidad inicial establecida. El depósito fue proyectado de planta cuadrada de 620 metros de lado dividido en dos compartimentos y con una altura de 2,65 metros de lámina de agua y cubierto por una losa de hormigón armado con nervios centrales. Una cámara de llaves aneja «alojará todas las llaves de aducción, alimentación de la distribución y desagüe, y permite el acceso y ventilación de los depósito, con el debido aislamiento del exterior».
En cuanto a la justificación de los precios, resulta muy interesante el detallado desglose realizado por el ingeniero en cuanto a días de trabajo efectivos, jornal diario, gratificaciones (de Navidad y del 18 de julio), seguros sociales (accidentes, seguro de vejez, subsidio familiar, cuota sindical y seguro de enfermedad), plus de cargas familiares, montepío y otros. Continúa la justificación con el cálculo del jornal por hora trabajada según clases de obreros (capataz, entibador, barrenero, oficial, ayudante y peón) y diversas partidas como tonelada de cemento en fábrica y a pie de obra (calculando el transporte por ferrocarril hasta la estación de Liédena y después por carretera), excavación, relleno de zanjas, grava, arena, hierro, piedra y tubería de fibrocemento, entre otras muchas.
Con la base de todos estos precios, «calculados en la forma reglamentaria, asciende el presupuesto a 326.608,68 pesetas por el sistema de administración y a 371.437,29 pesetas por el de contrata«, lejos por lo tanto de las 247.348 pesetas proyectadas tres años antes, y a pesar de haber reducido la capacidad del depósito regulador de 216 a 88 metros cúbicos.
Finalmente, en cuanto a las tarifas de consumo a aplicar a los vecinos, se establecía que «el Ayuntamiento de Burgui ha renunciado expresamente a la aplicación de tarifas por el suministro de agua a domicilio«, lo cual se presentó al menos sobre el papel como un servicio sin cargo al vecindario.
Las obras de ejecución del proyecto de abastecimiento de agua debieron finalizarse en el año 1952 y fueron adjudicadas al contratista Bautista Martínez Urbiola, casado con Fermina López Andreu, vecino de Burguete. Bautista, junto con sus hijos César, Andrés y Victorino, así como con los hijastros de este último, Angel y Luis Garrido Lapuente, se desplazaron a vivir a Burgui durante el periodo de ejecución de las obras, residiendo temporalmente en casa Labari. Curiosamente, César Martínez López, uno de los hijos de Bautista, acabó casándose en Burgui con Mari Carmen Recari, de casa Txinko, entonces maestra del pueblo junto con Pascuala Abad.
Derecha, Bautista Martínez Urbiola, contratista de las obras de abastecimiento. Izquierda, su hijo César, que participó en las obras y que se casó con Mari Carmen Recari, de casa Txinko.
El Ayuntamiento de Burgui debió financiar la parte no subvencionada de la obra mediante venta de abetos procedentes del abetar de Basari. Las tuberías de conducción se trasladaron en camión desde la calle Jarauta de Pamplona en un camión de gasógeno de casa Ramón que conducía Cleto Esparza Lacasia, de casa León. Aunque sobre la puerta del depósito figura su año de construcción en 1952, la inauguración de los trabajos tuvo lugar a comienzos del mes de abril de 1953 siendo alcalde y también maestro Julián Maldonado, natural de Navascués, y con tal motivo se organizaron tres días de fiestas.
El Diario de Navarra del 7 de abril del año 1953 recogía esta completa crónica titulada «Bendición e inauguración de las obras de traída de aguas en Burgui»:
«El pueblo roncalés de Burgui celebró con la alegría natural propia del acontecimiento el cumplimiento de una antigua aspiración con la bendición e inauguración de las obras que habrán de llevar a todos los hogares el agua, aspiración satisfecha sobre todo gracias al esfuerzo y colaboración que con todo entusiasmo ha aportado el vecindario.
Ya de víspera comenzó a desbordarse la alegría, con música y cohetes. En el campo de Zabalea se jugó un partido de fútbol entre el «Roncal F.C.» y el equipo local «C.A. Burgui», siendo este último el que se adjudicó la copa donada por el Ayuntamiento, que le fue entregada personalmente por el Alcalde D. Julián Maldonado. (Nota: era también maestro del pueblo)
Para el acto solemne de la bendición acudieron a Burgui el Gobernador Civil Sr. Valero (Nota: Luis Valero Bermejo), el Diputado Foral don Amadeo Marco (Nota: Amadeo Marco Ilincheta, natural de Navascués), que fueron recibidos entre los aplausos del vecindario, mientras en el aire sonaba el estampido de los cohetes. Se hallaban también presentes el ingeniero director del proyecto D. José Erice y su ayudante D. Nicolás Olaverri, así como el contratista de las obras D. Bautista Martínez, el alcalde de Burgui D. Julián Maldonado, el Secretario municipal D. José Villanueva, el jefe de la guardia civil allí destacada D. Miguel Marco, el párroco D. Manuel Urzainqui (Nota: natural de Vidángoz) al que acompañaba el joven P. capuchino Fray Alberto de Vidángoz, el jefe local D. José Recari (Nota: se refiere a la Falange Española Tradicionalista) y todos los señores concejales y los miembros de la Junta de Veintena. Allí estaban con los niños de las escuelas doña Pascuala Abad y señorita Carmen Recari, y muchas personas más de aquel vecindario.
Formose la comitiva con la Cruz parroquial al frente para trasladarse al punto en que se encuentran los depósitos de la nueva traída de aguas donde el Párroco, revestido con capa pluvial, bendijo las instalaciones con el ritual litúrgico en presencia de las autoridades y personalidades antes mencionadas y del vecindario en pleno.
Amadeo Marco, en una imagen de la misma época, inaugurando otra obra en la zona.
A continuación habló el Alcalde señor Maldonado que expresó su alegría por ver realizado el proyecto y agradeció a cuantos habían colaborado en el mismo. Le siguió en el uso de la palabra el Diputado señor Marco que elogió el esfuerzo y tenacidad de los vecinos de Burgui que les ha llevado a la feliz realización de un proyecto que tantos beneficios ha de reportar a la villa y felicitó a las autoridades y al vecindario en nombre propio y en nombre de la Diputación Foral y de su Vicepresidente, cuya representación ostentaba (Nota: la Presidencia de la Diputación Foral recaía en Franco por ser la máxima autoridad). Cerró el acto el Gobernador Civil que, después de elogiar y felicitar a todos, les pidió que siguieran trabajando por laboriosidad y firmeza, en la seguridad de que no les había de faltar el apoyo de las autoridades que, bajo el mando de Franco, se preocupan por el bienestar de todos los pueblos de España.
Las autoridades pasaron a ver las instalaciones y escucharon las explicaciones que sobre las mismas tanto el ingeniero director de las obras, señor Erice, como su ayudante el señor Olaverri les daban. He aquí algunos datos interesantes sobre dichas obras: Proceden las aguas de los manantiales propios: el Miscala y el Aguyo. Hay un caudal disponible de 1.150 litros por segundo siendo la dotación por día de 99.360 litros; dotación por habitante y día corresponde de 150 litros. La longitud de la tubería de conducción es de 2.968 metros con un diámetro de tubería de 50 mm. La capacidad del depósito regulador es de 200.000 litros (Nota: de ser cierta esta información, parece ser que no se redujo la capacidad del proyecto inicial de 1943 fijada en 216 metros cúbicos). La longitud de la tubería de distribución abarca 1.883 m. La tubería es de uralita. Las bocas de riego públicas son 31. Las acometidas a domicilio 151. Tiene la red de saneamiento 2.052 metros.
A las dos de la tarde en la Casa municipal se sirvió una comida oficial para las autoridades e invitados. Servían la mesa, que estaba presidida por el Gobernador Civil y el diputado señor Marco, Alcalde y Párroco de Burgui, dos bellas muchachas ataviadas con el típico traje de roncalesas. Terminado el banquete, el Gobernador Civil y don Amadeo Marco, acompañados por las restantes autoridades, hicieron un breve recorrido por el pueblo, emprendiendo a continuación el regreso, siendo despedidos con las mismas muestras de entusiasmo que a su llegada.
Para que también los niños participaran del júbilo general, hubo un reparto de bolsas de caramelos a todos los niños de las escuelas y a la gente joven, y a cuantos quisieron participar en la fiesta obsequió el Ayuntamiento en la plaza, por la tarde, con pan, queso y vino, continuando la animación y la música hasta el anochecer«.
Otros personajes de la época: Pascualita Abad (maestra), Julián Maldonado (alcalde), Mari Carmen Recari (maestra) y Manuel Urzainqui (párroco).
Casi veinte años después de esta traída de aguas, el 19 de julio del año 1972. figura un escrito del entonces alcalde del Ayuntamiento de Burgui, Martín Urzainqui, a la Comisaría de Aguas del Ebro en el que indica que «este Ayuntamiento ha decidido proceder a la ampliación de la red de abastecimiento pública ya que el caudal que actualmente se disfruta es insuficiente en la época de estiaje, o sea, meses de julio a octubre aproximadamente«. En el escrito se indica que «estudiadas las posibilidades de obtener un mayor caudal de agua no se encuentra otra solución que tomar agua del río Biniés que baja desde Vidángoz y confluye en el Esca unos cien metros aguas arriba de la población de Burgui». Se solicita un caudal de 100 metros cúbicos diarios con un caudal continuo de 1,15 litros por segundo y un caudal instantáneo de 3,47 litros por segundo. Suplica el alcalde «sírvase conceder a este municipio de Burgui el aprovechamiento de los caudales de agua de que hace mérito procedentes del río Biniés, los cuales serán captados en la desembocadura del mismo«.
Actualmente el depósito de aguas inaugurado en 1953 ya no se encuentra operativo, si bien se mantiene abandonado con las instalaciones de tuberías y llaves completamente oxidadas. En el año 2000 se inauguró un nuevo depósito de aguas de unos 300 metros cúbicos de capacidad en la zona de Las Coseras, sobre la carretera que accede al puerto de Las Coronas. El manantial de Miscala sigue abasteciendo al pueblo, además de la toma directa del río Biniés junto con otra toma de un pozo próximo al barranco de Sebince proyectado en el año 1998 para los momentos en los que el caudal de Miscala resulta insuficiente para abastecer la demanda de consumo de agua de los vecinos de Burgui.
Agradecemos a Josetxo Redín Fayanás la cesión de los documentos técnicos que nos han permitido resumir estos proyectos de abastecimiento de agua, así como a todas aquellas personas a las que hemos recurrido para solicitar información o fotografías, sin cuya colaboración este reportaje no hubiera podido realizarse con tanta precisión y detalle.
Dalmacio nació en Burgui un 25 de septiembre del año 1915 en casa Juanito, hoy ya desaparecida. Hijo de Martín Eusebio Lacasta Tolosana, de Castillonuevo, y Mercedes Glaría Domínguez, de Burgui. Sus abuelos paternos eran Juan Lacasta Larraz y Josefa Eleuteria Tolosana Domínguez. Sus abuelos maternos, Pedro Glaría Garate y María Francisca Domínguez Ezquer, ambos de Burgui.
Con 20 años de edad y siendo el cabrero municipal del pueblo de Burgui se produjo el inicio de la Guerra Civil. Por ser simpatizante y afiliado a UGT, al igual que sus hermanos mayores Florencio y Fidel, abandonaron el pueblo para integrarse en el bando republicano.
Dalmacio Lacasta y su mujer Paulette
Dalmacio luchó activamente en el frente. Al inicio de la Guerra Civil formó parte de un batallón del ejército vasco siendo herido el 10 de septiembre de 1936 en el brazo izquierdo. En la primera retirada pasó a Francia, desde donde entraría a Cataluña para seguir combatiendo.
Al igual que Justo Domínguez Pascualena, también vecino de Burgui, sería ascendido de cabo a sargento en la misma brigada, la 178 Brigada Mixta de Infantería, que estaba formada con milicianos de sindicatos y partidos, milicianos voluntarios vascos, carabineros, cuerpos de seguridad y miembros del ejército regular de la II República anteriores al 18 de julio de 1936. El ascenso fue firmado el 27 de agosto de 1938 aunque con efecto desde el 22 de abril de 1938 como premio a sus distinguidos comportamientos en distintas operaciones de guerra desde el inicio de las hostilidades en defensa de la II República.
Dalmacio fue uno de los más de 60.000 refugiados republicanos que a partir del 29 de enero de 1939, tras la retirada huyendo del fascismo, llegarían a la localidad francesa de Saint Laurent-de-Cerdans, donde se improvisó un campo de refugiados mediante tiendas de campaña donde los refugiados eran mantenidos gracias a la solidaridad de los obreros.
La primera semana de marzo de 1939 el campo de refugiados fue vaciado siendo llevados por los gendarmes a campos de internamiento. Dalmacio fue obligado a abandonar el campo el 4 de marzo siendo llevado a diferentes campos. Primeramente, el campo de Judes, en Septfonds, en el que entró el 1 de abril de 1939. Ese mismo mes sería llevado al campo de Gurs, lugar donde sería asignado al islote D, barraca 13, uno de los cuatro islotes destinados a los “vascos”. Allí consta que salió a trabajar como agricultor temporalmente del 18 al 28 de junio de 1939. Sus hermanos mayores, Florencio y Fidel, habían estado previamente en Saint Cyprien, en los campos 10 y 11 respectivamente, siendo llevados después también a Gurs.
Campo concentración Judes 1939
Dalmacio volvería a salir de Gurs para trabajar como leñador a la localidad de Saint Justin, donde había un campo de tránsito. Contrajo matrimonio con una joven de la localidad llamada Paulette, con la que tuvo dos hijos mellizos, Carlos y Carmen, nacidos en esa localidad el 6 de diciembre del año 1943.
El 21 de abril de 1944, a raíz de los diversos atentados llevados a cabo por parte de la resistencia, más de 200 soldados alemanes acompañados por una veintena de hombres que llevaban brazaletes amarillos con la inscripción “Deutsche Wehrmacht” (franceses auxiliares de la Gestapo) llevaron a cabo una redada muy violenta con el objetivo de encontrar a los responsables que se encontraban en la región. En dicha redada fue detenido Dalmacio y fue llevado preso a la Caserna Boudet, en Bordeaux.
El 10 de mayo de 1944 fue conducido al campo de tránsito de Royallieu-Compiègne donde llegaría el 12 de mayo matriculado con el número 35742. El 21 de mayo fueron llevados a la estación de Compiègne, desde donde fue deportado en el convoy 1214 al campo de concentración de Neuengamme, en Alemania, donde llegaría el 24 de mayo de 1944.
El convoy partió con 2004 hombres. Dos categorías de prisioneros se destacan en este convoy. Algunos son militantes comunistas de la región parisina y de otros departamentos detenidos entre 1941 y 1942, otros son detenidos tan solo tres meses antes de su deportación. La mayor parte son republicanos, entre ellos una decena de navarros.
Ficha de Dalmacio en campo de concentración de Neuengamme
En Neuengamme sería matriculado con el número 31082 aunque unos días más tarde, el 27 de mayo, fue transferido a uno de los numerosos subcampos dependientes del campo de concentración de Neuengamme, el situado en Braunsweichg, de la empresa Büssing Nag, empresa fabricante de camiones y vehículos que formaba parte de la industria de guerra armamentística del III Reich. Esta empresa utilizaría miles de deportados de varios campos de concentración como mano de obra esclava. Estuvo en funcionamiento hasta marzo de 1945 que fue bombardeada. Dicha empresa, después de la guerra, fue reconstruida y reanudó la producción de camiones. En 1971 fue adquirida por la empresa de camiones MAN, hoy en día propiedad del grupo Volkswagen.
El 6 de abril de 1945 Dalmacio fue evacuado en un convoy al campo de concentración alemán de Ravensbrück al que llegaría una semana después, siendo destinado el 28 de abril al subcampo de Malchow, una planta de municiones donde se utilizaba mano de obra esclava. Este campo y todos sus presos serían liberados el 2 de mayo de 1945 por el ejército ruso.
Una vez libre, Dalmacio volvió a Saint Justin, el lugar de residencia donde vivían su mujer e hijos. Allí volvería a trabajar de leñador, sin embargo las duras condiciones económicas de la postguerra le harían solicitar la ayuda económica que el gobierno de Euzkadi en el exilio ofrecía a los refugiados vascos según el anuncio publicado en “Eusko Deya” edición de París. Si bien la ayuda le fue concedida, el 3 de mayo de 1949 le fue anulada ya que el gobierno vasco en el exilio tenía que hacer frente “a la obligación de atender a compatriotas necesitados” y los recursos que disponían se iban agotando.
Dalmacio Lacasta en Holanda 1964
Sabemos que Dalmacio siguió trabajando en la madera y residiendo en Saint-Justin, y que incluso se desplazó temporalmente a Holanda a trabajar. Ocasionalmente cruzaba la frontera por la noche para llegar al pueblo, accediendo a su casa natal por la trasera y permaneciendo oculto varios días, ante la complicidad y pacto de silencio de los vecinos. Su madre, tía Mercedes, repartía días después caramelos franceses entre los niños de las casas próximas…
Años más adelante Dalmacio acudió en varias ocasiones a la celebración del Tributo de las Tres Vacas, el 13 de julio, en el mojón fronterizo entre España y Francia para poder reunirse ese día con su hermano Florencio que se trasladaba desde Burgui. No fue hasta la muerte de Franco cuando Dalmacio pudo volver libremente al pueblo que le vio nacer y donde recordaba felizmente las vivencias de su infancia y juventud.
Dalmacio falleció en la localidad de Mont-de-Marsan, cerca de Saint Justin, el 2 de junio de 2003 a los 87 años de edad.
Colaboración especial: Ana García Santamaría, Asociación Antzinako
Agradecemos las aportaciones de Adelina Lacasta y de otros vecinos de Burgui.
¡Nos vamos de cañada con las ovejas!. No lo habíamos hecho nunca con el detalle que lo vamos a hacer ahora, pero alguna vez tenía que ser la primera, y esperamos estar a la altura. Hicimos una declaración de intenciones en nuestras redes sociales y para nuestra sorpresa el número de seguidores que repentinamente se han sumado nos permite hacernos una idea de la expectación generada ante este experimento virtual.
Así pues, la semana que viene el pastor burguiar Domingo Urzainqui, al igual que otros lo están haciendo también en estos días, saldrá con su rebaño desde el Cabezo del Fraile, en la Bardena Negra, con la idea de llegar diez días después a Burgui. Y nosotros, el conjunto de seguidores de La Kukula, virtualmente le vamos a acompañar.
Ese cordón umbilical que une la Bardena y el Pirineo roncalés, o viceversa, es una ruta milenaria de pastores: la Cañada Real de los Roncaleses. Hablaremos, por tanto, de la vida cotidiana de los pastores roncaleses, hablaremos de la cañada, de la historia que sale a su paso, del queso roncalés… y, conscientes de que entre los cientos y cientos de seguidores hay un número importante que no son de Navarra, trataremos de narrar todo de una manera sencilla, atractiva, y lo más pedagógica posible.
Domingo va a guiar a sus ovejas cañada arriba, hasta los pastos pirenaicos de Santa Bárbara, igual que hace cada año; pero en esta ocasión queremos que sienta que no está solo.
CAÑADA REAL DE LOS RONCALESES
Era el año 882 cuando los monarcas concedían a los roncaleses el derecho perpetuo de utilizar los pastos existentes en las Bardenas Reales, que entonces eran patrimonio de la Corona. Desde el Valle de Roncal hasta las Bardenas se estableció una ruta de comunicación por la que los roncaleses podían, y pueden, transitar con sus ganados sin necesidad de pagar peaje alguno. Aquella ruta es la Cañada Real de los Roncaleses.
Desde aquella concesión real que, junto con la hidalguía colectiva de los roncaleses, es base y origen de los primeros Fueros de Navarra, han pasado ya más de mil años, en concreto 1138 años. Este derecho, y este uso ininterrumpido de esta ruta por parte de los pastores del Roncal, es hoy para Navarra una de las mayores joyas que tiene en su patrimonio. Ha sido, y es, la Cañada vía de comunicación entre el Pirineo y la Ribera. Por ella bajaron y subieron algo más, mucho más, que los pastores y los rebaños de ese valle pirenaico. Por ella bajó la sangre y los apellidos roncaleses para inundar el sur de Navarra –basta ver hoy día la importante presencia de apellidos roncaleses en la Ribera como Anaut, Garde, Urzainqui, Hualde, Sanz, Marco, etc., o los numerosos escudos que con las armas del Valle de Roncal encontramos en no pocas fachadas de cualquier pueblo bardenero; por ella bajó el uskara roncalés quedando todavía hoy en algunos topónimos esparcidos en todo su trayecto. Por ella bajó la indumentaria, una indumentaria que con marcado estilo roncalés, formó parte durante siglos del patrimonio ribero. Y por ella bajó la historia, reconvertida a su vez en historia y en vivencias, una historia rica, plagada de pleitos y de extrañas historias en la queda clara la permanente lucha que siglo tras siglo han sostenido los roncaleses para hacer valer su derecho de bardenaje frente a los intereses de algunos municipios y, sobre todo, de algunos nobles que no acababan de aceptar que unos pastores tuviesen derecho a transitar con sus ovejas por medio de sus propiedades.
Y por ella, por la Cañada Real de los Roncaleses, subieron la jota, las melodías, otras formas de vida, la lengua castellana…, y un montón de cosas que hoy ni imaginamos. Fenómeno este de interrelación humana y cultural que también encontramos en el Valle de Salazar; valle este último que siglos después también adquirió en la Ribera sus derechos de utilización de pastos, con la consiguiente creación de cañadas, o vías pecuarias, que de norte a sur permitiesen el libre tránsito de los rebaños. Obsérvese que estos valles han sabido mantener durante siglos una lengua vasca conservada en su estado más puro, y a la vez, a diferencia de otras zonas del norte de Navarra, también durante siglos han gozado de la riqueza cultural del bilingüismo; hasta el extremo de que en el Roncal se hablaba también, fundamentalmente por parte de los hombres, un castellano correcto y limpio.
Se ha dicho siempre, y esta es una consecuencia del uso de la Cañada Real, que los roncaleses, a pesar de su aislamiento geográfico y de la independencia de sus instituciones, han sido –y son- personas abiertas y progresistas. Y también personas cultas.
Batalla de Ocharren
Todo comenzó en el siglo IX. No es fácil determinar la fecha, ni nadie se pone de acuerdo en ello pues a día de hoy tampoco hay una base documental suficiente que permita sentar cátedra al respecto. Lo cierto es que hacia el año 860, siendo rey de Navarra don Sancho Garcés, hijo de Fortún Garcés, las huestes musulmanas que habían invadido casi toda la península ibérica se acercaron por el sur a las fronteras de sus posesiones como rey.
El monarca, sabedor del sobrado valor y arrojo de los roncaleses, quiso poner a estos al frente de la defensa del reino, librándose una dura batalla en torno a un antiguo núcleo de población que hubo en las Bardenas llamado Ocharren. En aquella legendaria batalla el ejército árabe, con todos sus escuadrones, padeció la furia y el valor de los roncaleses, resultando –según dicen las crónicas que han llegado hasta nuestros tiempos- destrozado y desbaratado.
Insisto en que las referencias documentales de aquella acción militar a día de hoy no son abundantes precisamente. Alguno, o muchos, pensaran que el relato está cargado de sentimentalismo y de amor patrio, tanto más si el que lo cuenta es un roncalés, como es nuestro caso, lo que puede restarle imparcialidad a la versión de este episodio histórico.
Lo cierto es que de aquella acción hubo una consecuencia, que fue la concesión del privilegio, o derecho –palabra que nos gusta más y se ajusta mejor-, de utilizar de forma perpetua los pastos bardeneros por parte de los roncaleses en señal de reconocimiento a su heroico valor en aquella batalla. Y es un derecho que, más de diez siglos después, se mantiene vivo, vigente e inalterable.
Y cierto es también que este privilegio, como también el de la hidalguía colectiva con el derecho a usar armas propias –heráldicamente hablando- fueron confirmados años y siglos después por los sucesivos monarcas navarros; confirmaciones estas que sí que aluden, ya en el siglo XI, y de forma específica al importantísimo papel que desempeñaron los roncaleses en aquella batalla de Ocharren, como también en la de Olast en la que un caudillo árabe fue decapitado por manos femeninas roncalesas. En consecuencia, orgullo local aparte, entiendemos que la realidad de aquella mítica batalla de Ocharren no debió de ser muy diferente al relato que de ella ha llegado hasta nuestros días.
Es así como el Valle de Roncal fue el primero en gozar del derecho de utilización de pastos en la Bardena. Con el paso de los siglos fueron otras localidades las que se hicieron merecedoras de este derecho; y a día de hoy son en total 22 entidades las que se benefician de este privilegio, es decir: 19 localidades de la Ribera de Navarra, el Monasterio de la Oliva, y los valles de Salazar y de Roncal; integradas todas estas entidades en la denominada Junta de Bardenas.
Aprovechando que vamos a acompañar a Domingo Urzainqui y a su rebaño, vamos hoy a centrarnos, sin embargo, en lo que es la cañada en sí como vía de comunicación, como ruta para el tránsito de ganado, y otro día ya abordaremos el tema del goce y disfrute de los pastos bardeneros y de la historia rica de una de esas cinco entidades tradicionales que Navarra tiene, que es la Junta de Bardenas.
Trashumancia
En principio una cañada es una vía pecuaria que sirve para enlazar dos zonas diferentes de pastos, y además de pastos complementarios. En el caso concreto de la Cañada Real de los Roncaleses, conocida ahora también como la GR-13, se trata de un camino que une el Valle de Roncal con la localidad aragonesa de Ejea, un eje norte sur que tiene su punto de arranque en los pastos de alta montaña del pirineo roncalés, que recorre todo este valle (Belagua, Uztárroz, Vidángoz, etc.), y que por Castillonuevo permite atravesar la sierra de Leire (pasando por el mismo monasterio), Javier, Peña, Carcastillo, para desde este último término entrar y atravesar toda la Bardena, para acabar, ya en tierras aragonesas, en el municipio de Ejea. En total suman 135 kilómetros.
Por lo general los rebaños roncaleses iniciaban oficialmente su marcha hacia el sur en el mes de septiembre; a una con la sanmiguelada abandonaban unos puertos y un valle que muy pronto habría de quedar cubierto por la nieve. Algunos esperaban a que pasase Todos los Santos Los rebaños, en muchos casos, se hacían uno solo, repartiéndose los pastores las tareas de su cuidado.
La salida era un momento importante, emotivo podríamos decir. Los rebaños se concentraban antaño junto a la salida de la localidad, generalmente junto a una cruz de término (hoy en todo el Roncal tan sólo sobrevive un crucero, en Urzainqui). Los pastores, y los rapatanes, ataviados con sus espalderos, sus abarcas, su zurrón bien repleto, y sus sombreros de fieltro negro, se afanaban en los preparativos: contar las ovejas, cuidar de que todas estuviesen debidamente identificadas, los chotos, o los iraskos (chotos capados) eran los que tenían que abrir la marcha con los trukos colgando, según el volumen del rebaño los pastores se repartían sus puestos: adelante guiando a los chotos, atrás arreando con los perros, en los laterales…, siempre había uno que era el encargado de llevar la cuenta de los gastos, de las ovejas que morían, de las que parían, de las que se vendían, del salario que se pagaba a los pastores contratados para acompañar y cuidar el rebaño, de los posibles gastos de alojamiento, del arriendo de algún campo en el recorrido, etc.
Y de pronto, ante la expectación de las madres, esposas, novias… el rebaño, levantando una impresionante nube de polvo, iniciaba su andadura en medio de un trepidante sonido de esquilas, de miles de esquilas, entre las que destacaba el sonido de los trukos abriendo la marcha, y las voces de los pastores dando las primeras órdenes a la vez que agitaban sus sombreros con la mano en señal de despedida. Atrás quedaban las mujeres, los niños, los ancianos, y también los que se dedicaban a otros menesteres, principalmente a la madera. Atrás quedaban agitando sus pañuelos al aire en señal de despedida; atrás quedaban, sabedores de que allí les esperaba un invierno duro, difícil, especialmente para algunas mujeres que, semanas después, sin tanta algarabía ni solemnidad, emprendían otro camino que, atravesando el Pirineo por Arrakogoiti y Santa Engracia, les conducía hasta Mauleón y hasta otras pequeñas localidades xuberotarras en las que pasaban el invierno trabajando en la alpargata.
Los rebaños recorrían el valle, poco a poco, buscando la salida del mismo, buscando nuevos pastos. Sin el complemento de la Bardena el pastoreo en el Valle de Roncal hubiese tenido difícil supervivencia, ¡qué cierto es!. Y allí estaba el camino, un camino milenario, un camino tallado por el paso de millones y millones de pezuñas de oveja durante siglos. Hay que ponerse delante de él, y contemplarlo. Es un camino de ida y vuelta. Ya sé que los pastores no se entretenían en admirarse ante la historia que tenían delante, o tal vez sí. Ellos tenían que recorrerlo, sin perder el control del ganado, pernoctando unas veces al raso, otras en cabañas, otras en el interior del monasterio de Leire –protegidos por sus paredes, aunque sin techo- al calor de las ovejas, compañeras de dormitorio. Y al final estaba el premio: la Bardena. Premio para ellos, y premio para el ganado.
Les tocaba a los pastores meses de convivencia entre ellos, meses de convivencia con los vecinos de los pueblos bardeneros. Y del roce nace el cariño. Muchos allí forjaron su futuro, allí crearon su familia, allí echaron sus raíces; sus apellidos todavía delatan hoy sus orígenes roncaleses. El escudo del valle hoy se ve en cualquiera de los pueblos de la Ribera adornando fachadas en piedra labrada. Es una misma sangre.
Pero ahora, nostalgias a un lado, imagínese el lector lo que podía ser la vuelta al valle de aquellos pastores después de haber estado más de medio año en las Bardenas, sin ver a los suyos. Esta se producía en la primavera, en mayo o en junio. Era un retorno alegre, era la vuelta a casa. Los vecinos salían a su paso a recibirles. Las novias, las esposas… suspiraban por este reencuentro. Eran momentos bonitos, felices.
Pero el pastoreo es el pastoreo, y enseguida había que seguir el camino, hasta Belagua, hasta los puertos; y allí había que seguir atendiendo al ganado; era ya el momento –hasta San Fermín- de producir queso, y de arreglar las cabañas, y de adecentar las muideras, y de reponer las cañablas y las esquilas, y de vigilar a las ovejas ante posibles ataques del oso –y antaño de los lobos-, y de muchas otras cosas. Vivencias, historia, supervivencia… Todo esto, y mucho más, era la Cañada Real de los Roncaleses, la misma que estos días vamos a recorrer.
Desde La Kukula hemos tenido acceso a un curioso documento fechado en Burgui en el año 1864 en el que un tal Melchor García relata cómo se produjo el incendio de casa Nabarro (actual edificio del Hostal El Almadiero). La descripción es muy minuciosa y nos permite conocer aspectos interesantes.
Vayamos por partes. En primer lugar, parece ser que este acontecimiento fue el motivo por el que Melchor decidió empezar un libro donde anotaría este trágico episodio así como otros listados y cuentas diversas del negocio que regentaba. Comienza por lo tanto situando el día y hora del triste suceso del incendio para a continuación cuantificar en más de 1.175 duros las pérdidas de los materiales y el propio edificio. Se transcribe literalmente el texto tal y como fue escrito por Melchor García en 1864.
«Libro de Melchor Garcia que dio principio en el año de 1864 por causa de aberse yncendiado la casa la noche del siete de julio del presente año de once y media a las doce de la noche sin aber podido sacar ninguna ropa ni papel alguno ni los dineros questaban en el cajon ni los que teniai en la bolsa de los calzones, de suerte que contando los dineros y demás que abia solo en mi quarto paso y resulto la perdida pasados de doscientos duros y en toda la casa ascendió la pérdida de los ajuares a quatro cientos setenta y cinco duros, sin contar la perdida del hedificio que no se hara con quinientos duros que jamas podra olbidarse semejante desgracia».
Nos revela por lo tanto Melchor que los dineros los guardaba en un cajón de su cuarto así como en la bolsa de los calzones, y deja constancia de cuál fue la magnitud del incendio pues «jamas podra olbidarse semejante desgracia» así como la finalidad de su relato: «para que los herederos sean mas quidadosos del andar por la casa con el fuego».
Deja caer ya Melchor de forma sutil que alguien no fue lo suficientemente cuidadoso con el fuego… Y cita además a continuación que la familia entera acordó que la causa del incendio estaba clara. Veamos…
«…pongo este aquerdo que segun la relacion de la familia fue yncendiada por aberse subido la dueña Maria Josefa Zabalza la jobena a qortar tocino para cenar». Vaya, ya tenemos a la culpable del suceso. María Josefa Zabalza «lajobena«, lo cual nos hace pensar que era la moza joven de la casa…
Cuartico donde se dejaban los productos elaborados tras la matanza del cuto
Total, que la tal María Josefa se subió a cortar tocino para la cena y la lió. El relato continúa con todo detalle explicando, supuestamente, qué ocurrió:
«…y se la abria caido alguna purna de fuego de la tieda adencima de unas quantas camisicas que tenia en el quartico questaba destinado para tocinos y no para camisas, de aqui bino la desgracia».
Interesante párrafo el escrito por Melchor. Por un parte, vemos que emplea los vocablos de purna, tieda y adencima. «Purnas» son partes diminutas de alguna cosa. Aquí claramente se refiere a las pequeñas chispas que saltan del fuego. Otra acepción son también los copos muy pequeños de nieve (es habitual la expresión «se escapanpurnicas de nieve», utilizando el diminutivo para darle todavía menor tamaño a los copos). «Tieda» se refiere a la tea, astillas obtenidas de la raíz de los pinos muy ricas en resina y que se empleaban para encender el fuego o para alumbrar colocándolas sobre los tederos. Finalmente, «adencima» se trata de un curioso adverbio de lugar, equivalente a «encima».
Tea encendida colocada sobre un tedero. Fotografía cedida por Bearreguin Adoain.
Total, que una chispa de fuego de la tea cayó encima de unas camisas que había en el cuarto de los tocinos. Y no pierde ocasión Melchor para dejar constancia de que ese cuartico estaba destinado a los tocinos, y no para dejar ahí las camisas. Clara alusión a la culpable de haber dejado ahí esas ropas…
A continuación Melchor hace un detallado inventario de las existencias que albergaba dicho cuartico de los tocinos, a saber:
«… despues que tomo fuego la grasa de cinco perniles de tocino, dos saines (mantecas) enteros y tres o quatro carnizeras de sebo, quatro o cinco quesos y una porción de longanizas».
El control de Melchor sobre el género almacenado en ese cuartico era total y absoluto.
La dimensión del fuego fue tal que «tuvimos que brincar con la camisa que teniamos al hombro, los que estabamos en el segundo piso y dando gracias a Dios que salimos con salud». Interpretamos que saltaron con lo puesto, sin tiempo a recoger nada de lo existente en la casa, si bien no hubo daños personales.
Y no menos importantes que las pérdidas materiales en aquella época eran los diferentes documentos, principalmente contratos, que otorgaban las propiedades familiares por herencias, matrimonio o compra ventas. De ahí que el buen Melchor hiciera al menos y de memoria una relación de dichos documentos perdidos también como consecuencia del fuego:
«A continuacion anotare los documentos que me aquerdo que se quemaron si Dios me da la Salud y Gracia:
Contratos de Simón Urzainqui de su hesposa, no tengo presente mas antiguos
Contratos de Francisco Bronte y Maria Juana Nabarro
Contratos de Francisco Oset y Maria Francisca Bronte
Contratos de Melchor Garcia y Manuela Oset
Contratos de Melchor Garcia y Miguela Aznarez ultimos
Contratos del cambio de Nicolas Garcia y Maria Josefa Zabalza y de Mateo Zabalza y Maria Garcia, estos ultimos son del año 53 (1853) se podran sacar caso de necesidad de la Escrivania debantados por D. Cahetano Martinez Escribano del Balle».
Investigando en diferentes archivos hemos sabido que Melchor García Erlanz nació el 9 de enero de 1808, hijo de Pablo García y María Isabel Erlanz.
Se casó con su primera esposa Manuela Oset Bronte el 17 de enero de 1826 y tuvieron dos hijos, Nicolás Pablo y Pedro Miguel.
En segundas nupcias se casó el 19 de enero de 1835 con Miguela Aznárez Glaría y tuvieron varios hijos: María Josefa, Gregoria, Romualdo, Bonifacia y María Patrocinio.
Su primogénito, Nicolás García Oset, nació en 1830 y se casó el 17 de noviembre de 1853 con María Josefa Zabalza Urzainqui, la culpable del incendio de casa Navarro el 7 de julio de 1867.
Tuvieron varios hijos (Pascuala Dionisia en 1855, Francisco en 1857, Valentín en 1861, Juan en 1863 y Agustina y Bonifacia, tal vez gemelas, en 1867). Todos estarían por lo tanto en la casa en el momento del fatídico incendio de 1867.
Queda claro por lo tanto que fue su nuera, la mujer de su hijo Nicolás, la que provocó el incendio por subir a cortar tocino para la cena…
Cooperativa de Consumo de Burgui en la plaza del pueblo
El nacimiento del cooperativismo
“El hombre está hecho de carne y alma, y a ambas partes hay que atender al mismo tiempo”. Esta frase, pronunciada desde un púlpito hace más de un siglo, salió de la boca del sacerdote navarro Victoriano Flamarique, de familia campesina y con una vida comprometida a atender las almas y a defender de forma práctica a los más desfavorecidos en base a un profundo sentido de la justicia social. Predicó con el ejemplo para incomodidad de los más pudientes de aquel Olite de principios del siglo XX. Le acusaron de socialista por denunciar la usura y la explotación, pero de su lado tuvo un buen aliado: el propio obispo Fray José López de Mendoza. La doctrina social de la Iglesia estaba para defenderla y junto con otro sacerdote, Antonino Yoldi, extendieron la obra católico-social entre el campesinado navarro.
Fue así como empezó el origen de la creación, durante los primeros años del siglo XX, de organizaciones agrarias confesionales, en concreto Cajas Rurales Católicas. Las bases esenciales de una Caja Rural eran la defensa y amejoramiento de los intereses de sus asociados por medio del crédito; se circunscribían a un único municipio; sus cargos debían ser gratuitos, con excepción del cajero; todos los socios eran responsables solidaria e ilimitadamente; los préstamos solo se hacían a sus asociados y los beneficios de la Caja no podían repartirse entre los socios. Estas ideas básicas figuraban en los estatutos de las Cajas, cuyo modelo se elaboró para facilitar la creación de cajas rurales en todos los pueblos.
Su desarrollo en Navarra fue fulgurante a partir del año 1906. En 1910 la creación de Cajas Rurales había superado ya la mitad de los municipios navarros y en la merindad de Sangüesa estaban implantadas en el 61% de sus municipios. Fueron surgiendo, de la mano de muchos otros párrocos, cooperativas y cajas rurales en muchas localidades de Navarra que, bajo el lema “Unos por otros y Dios por todos” dieron al traste con los abusos que venían padeciendo siempre los agricultores.
Sello Caja Rural Católica de Burgui
Caja Rural Católica de Burgui
Burgui, como otros pueblos del valle, también vivió esta revolución agraria gracias a la fundación en esta localidad de una Caja Rural Católica. En un documento a modo de recibo fechado en Burgui el 28 de diciembre de 1915 y sellado por la Caja Rural Católica de Burgui se da cuenta del siguiente apercibimiento haciendo referencia ya al año de 1912:
«Habiendo de dar sus cuentas anuales esta Caja Rural de Burgui tiene el honor esta Junta de comunicarle tenga la bondad de hacer entrega al cajero de la misma de la cantidad que adeuda que por los conceptos que se especifican es la siguiente: por 40 kilos de nitrato llevados en 1912, capital e intereses 17,87 pesetas. Dios guarde a usted muchos años«, figurando el recibí con la firma de B. Zabalza.
Cartilla de Sociedad La Burguiesa a favor del socio Paulino Ara
Sociedad La Burguiesa
Comprobamos que en el año 1942 existía ya la Sociedad La Burguiesa a través de una libreta expedida a favor del socio Paulino Ara. También en el Anuario General de España del año 1950 figuraba la Sociedad La Burguiesa como titular de un negocio de comestibles y como «sociedad» existía todavía la Caja Rural. Sin embargo en la Guía de Navarra de Julián Rubio López de los años 1952-1953 aparece únicamente la Cooperativa como titular de tienda de comestibles y como sociedad agrícola. Es de suponer que con el paso del tiempo la propia entidad de la Caja Rural Católica habría desaparecido, cogiendo su testigo la Sociedad «La Burguiesa», encargada de la gestión de la Cooperativa de Consumo de Burgui. Dicha sociedad se regía por una Junta general -con sus cargos de presidente, secretario y tesorero- y contrataban con periodicidad anual a un vecino del pueblo como «cooperativero» para desempeñar las tareas de gestión, venta y atención al público en la propia tienda.
Esta tienda de la cooperativa estuvo ubicada inicialmente en un pequeño edificio junto a casa Onromán y que años más tarde ocupó el bar La Bikoka (regentado inicialmente por Eulogio Laspidea y posteriormente por Juan Urzainqui). Algunos de los vecinos que estuvieron al frente de la tienda de la cooperativa en este primer emplazamiento fueron José Fayanás, Angel Esparza, Jorge Glaría, Florencia Elizalde, Fermín Fuertes y Gracián Glaría.
Otras tiendas o comercios que cohabitaron simultáneamente con la Cooperativa a lo largo de estos años fueron los de casa Avizanda, casa Torrea y casa Gardar, así como la tienda y bar de Simeón Lampérez, la panadería de Rumbo y, más tarde, la tienda de Paulino Ara.
Cartilla de la cooperativa
Hacia los años 50, la sociedad adquirió casa Navarro, en la plaza del pueblo (actual edificio del Hostal rural El Almadiero), para trasladar ahí la tienda y almacén de la Cooperativa. Dicha casa era de los descendientes de Nicolás García Oset y Juana Zabalza, si bien vivían de alquiler Justo Alastuey Mainz y Francisca López Orduna. Cuando estos la desocuparon la casa se quedó deshabitada y fue adquirida por la sociedad La Burguiesa para albergar ahí la cooperativa. En esta época otras tiendas de comestibles eran las de Félix Avizanda, Eulogio Laspidea y María Elizalde.
Al frente de la tienda en esta nueva ubicación estuvieron Leonila Recari, Nati Glaría, Ana Mari Zabalza y Charo Laspidea. Los socios de la Cooperativa disponían de unas cartillas o libretas donde se iban anotando los diferentes productos adquiridos junto con su importe, de tal forma que los socios iban saldando las deudas conforme la disponibilidad de cada uno. Para el resto de vecinos que no eran socios las ventas se realizaban generalmente al contado con el pago efectivo en el mostrador.
La Cooperativa se mantuvo en servicio hasta aproximadamente los años 80, en los que ya apenas se vendía nada debido a una mayor falta de población, a que la mayor parte del género se había quedado obsoleto y a la remodelación de la tienda Ara ya existente que vendía también a los vecinos. Tras muchas dificultades para la venta del edificio y la liquidación del negocio, se saldaron las deudas existentes por la sociedad y, con el escaso dinero sobrante, se colocaron dos hermosas fuentes de piedra en ambas plazas del pueblo y se pintó el cementerio.
Cooperativa de Consumo de Burgui
La cooperativa de Burgui en 1951
Un inventario de la Cooperativa de Burgui del año 1951 realizado por Fermín Fuertes refleja con detalle la situación económica a esa fecha identificando los importes de las libretas de crédito y el valor de los géneros o mercancías.
El total del valor de las mercancías suponía 103.186,10 pesetas y el de las libretas de crédito 18.589,50, lo cual hacía un inventario total de 121.775,60 pesetas.
En dicha fecha de 1951 las libretas de crédito figuraban abiertas a nombre de los siguientes socios como cabezas de familia de Burgui: Simón Urrutia, Gil Urzainqui, Balbino Urzainqui, Florencio Zabalza, Jerónimo Urzainqui, Hilarión Petroch, Isidro Sanz, Pilar Sanz, Antonia Pérez, Isidro Pérez, Florencio Lacasta, Mauricio Sanz, Eusebio Tolosana, Vicente Larrea, Lorenzo Salvador, Gil Sanz, Lorenzo Fuertes, Francisco Aznárez, Félix Alastuey, Andresa Fuertes, Esteban Erlanz, Jesús Glaría, Tomás Glaría, Aurelio Glaría, Ursula García, Eusebio Lacasta, Gabriel Urzainqui, Carlos Zabalza, Francisco Fuertes, Baldomero Gárate, María Elizalde, Angel Glaría, Sebastián Fayanás, Ignacio Erlanz, Santiago Elizalde, Vicenta Larequi, Ramón Glaría, Martín Sanz, Eulogio Lapetra, Antonio Salvador, Pedro Lapetra, Jesús Lapetra, Braulio Recari, José María Recari, Pascual Sanz, Valentín Lacasta, Pablo Laspidea, Andresa Lamperez Uztarroz , Antonio Aizcorbe, Rafael Calvo, Quintín Ayerra, Felipa Mainz, Victor Mainz, Andresa Lamperez Bronte y Juan Alastuey.
El inventario del género, detallado por unidades, precio unitario y total, es un reflejo fiel de las necesidades de artículos relacionadas con actividades agrícolas y ganaderas, menaje del hogar, vestimenta, alimentación, limpieza y aseo, entre otros.
Por su relevante valor informativo de la época, se enumeran a continuación los principales géneros comercializados por la Cooperativa y de los que figuraba inventario en dicho año de 1951:
Extracto del inventario de la Cooperativa de Burgui en 1951
Utiles para labores agrícolas, ganaderas y otras tareas:
Horcas de madera y de hierro, palas de hierro, rastrillos y palas de madera, horcas de madera 2 pugas (púas), azadas, cuñas, mazas, mangos dalla o guadaña, cubre bastes, esteras (tejido grueso de esparto), mangos azada, hoces, piedras marcar, leznas, abrazadoras guadaña, manguillos, pestillos, pasadores ventana, algüazas, cerrojos, cerrajas, manilleras, limas, alicates, llaves inglesas, azadas, tenazas, capachas, ramales, cuerdas cincha, látigos, pozales, zoquetas, martillos, piedras dalla güadaña, talegas, sogas, juñideras, tiraderas, ganchos, clavos, tornillos, grapas, tachuelas, brochas, botes pintura, candados, cadenas, hachas, espulverizadores, barras grasa de carro, tubos estaño, correas, cinchas, corchos, pesos, botes arseniato (herbicida), fajos esparto, mazos cáñamo, cajas «Argentol» (aceite lubricante), pliegos lija, barzones.
Productos de higiene y limpieza:
Trozos y barras de jabón, maquinillas de afeitar, tubos «Tamisol» y «La Toja», jabón de afeitar, sobres fijador de pelo, tubos crema cutánea, tubos «Profiden», El Torero», «Perladen», jaboncillos, esponjas, chupetes, palillos, papeletas champú, lendreras, colonia «Luqui», «Elefante», «Galatea» y «Vieja Labanda», frascos masaje, brillantina, rollos papel higiénico, polvos Lagarto, estropajos, cepillos para pelo, hojas de afeitar, cepillos, azulete, frascos «Cruz Verde», cajas vaselina, cepillos de dientes, botellas agua oxigenada, algodón, Nivea, frascos insecticida, botellas lejía, vendas serpentinas, pastillas y botes de cera, cajas polvos, cajas coloretes, polveras, jaboneras, matarratas, cintas matamoscas, frascos «Zotal», bolas polilla, crema zapato, frascos ronquina, tintes «Temis», papeletas «Nogat» (raticida), frascos «Nettosol» (quitamanchas), tubos aceite inglés (antiparásitos), pastillas almidón, bolas y papeletas azulete (blanquear ropa), bigudis (tipo rulos), cajas y tubos «Servus» (abrillantador de zapatos), bolas Maravillosas (antiparásitos), tubos «Cuchol» (insecticida).
Antiguos productos de desinfección
Alimentación y bebidas:
Latas de sardina, sardinas rancias, latas de anchoa, latas de melocotón, mazapanillos, pastillas chocolate, cacao, barras turrón, botes tomate, chocolatines, papeletas pimiento, azafrán y canela, especias anís, guirlaches, paquetes galletas «María», surtido y vainilla; botellas sidra, nueces, cacahuetes, esparceta, sal en bola, pala para la sal, capaza, sal, bacalao, caramelos, peladillas, piñones, simiente alfalfa, castañas, orejones, ciruelas, higos, carne membrillo, rosquillas, bicarbonato, pasta cristal, liza, fideo, mecha, pimentón, vino tinto, anís, aguardiente, vermohut, vinagre, botes de pimiento, botellas agua Carabaña, botellas vino Quina, botes achicoria El Arbol, paquetes malta Muller, pastillas fideo, latas de atún, botes de leche, latas de almejas, calamares, guisantes, espárragos, bacalao, botes sal fina, botes achicoria, latas tomate, oliva, mermeladas, botellas anís Cadenas, frascos de Ceregumil, botellas de Ojen, sidra, coñac Veterano, papeletas tomate, horcas de ajo, cabezas de ajo, «Armisen» (gaseosas refrescantes), latas calamares, papeletas simiente, gaseosas, bicarbonato, puros dulces, botes «Tapioca».
Pozales, bañera, porrones, porrones de hojalata, lecheras, mondongueras, «horinales», tazones, regadores, porrones de cristal, tarteras, pucheros, cacerolas porcelana, terreras, barreños, soperos, platos, jarras, bacinillas de cuna, sartenes, lamparillas, lecheras, cazos, cacerolas, fiambreras, espumadoras, coladores, cuchillos, vasos, escobas de brezo y de palma, navajas, envasadores, bombillas, pilas eléctricas, termo, termómetros, espejos, fuelles, perchas, portalámparas, velas, pinzas para ropa, carteras bici, petacas, peras (interruptor), enchufes, pelotas, frascos barniz, ganchos puerta, libretas, carpetas papel, postales, papeles aparador, cartas «Avión», plumas , tinteros, pliegos papel de barba.
Diversos productos de la época
Tareas de costura:
Madejas de hilvanar, medias, cordones zapato, rollos de plomo, calzadores, carretes de hilo, bobinas, madejas bordar, cremalleras, cuerdas de guitarra, madejas Ancora, estrellas hilo, dalias, tijeras, alfileteros, botones, madejas algodón y lana, puntillas, cintas, trencilla, cordones, trencilla goma y piquillo, juegos agujas, dedales, alfileres, hebillas, ovillos zurcir, ovillos liza, canutillos, remaches, mazos trencilla.
Desde el colectivo La Kukula agradecemos a todas aquellas personas que nos han compartido sus testimonios y recuerdos así como documentos y fotografías para poder elaborar este reportaje.
Hay fotografías que ensanchan corazones y que te trasladan a otras épocas donde admirar el coraje y el esfuerzo de nuestros antepasados. Son imágenes que reflejan la intrahistoria de un pueblo y que constituyen un verdadero tesoro para el patrimonio, en este caso, del colectivo almadiero de Burgui. Pincha sobre la propia fotografía para poder observarla a tamaño completo.
Es el caso de esta fotografía que presentamos a continuación, depositada en el Archivo General de Navarra y a la que hemos tenido acceso a través de la gentileza de Jose Castells Archanco. Figura documentada como fotografía de 12 x 17 cms. con técnica de «gelatina de revelado químico» y en papel baritado. Sobre el original de la fotografía figura la anotación mecanografiada «Transporte de almadías por el río Aragón», lo cual es un error porque claramente se trata del río Esca. Se encuentra adhesivada a una memoria de la Diputación Foral fechada el 20-08-1938, si bien la fotografía es anterior a 1921 como explicaremos más adelante.
La fotografía aparece incluida también en la «Guía Turística de Navarra» editada en el año 1929 bajo el patrocinio de la «Excma. Diputación Foral y Provincial de Navarra y el Excmo. Ayuntamiento de Pamplona».
No figura el autor de la fotografía, si bien podemos aventurarnos a atribuírsela a José Roldán Bidaburu, quien entonces trabajaba para Litografía Roisin, autores de las fotografías que acompañaban las guías turísticas de Navarra en esos años.
Trataremos a continuación de aportar y poner en valor diversos aspectos de los que aparecen en esta fantástica fotografía:
Se trata de una instantánea en la que el fotógrafo recoge el momento del salto de una almadía por el puerto de la presa de Burgui. La almadía se compone de cuatro tramos y está conducida por dos únicos almadieros, un puntero delante y un codero detrás. La longitud de los troncos del último tramo es proporcionalmente mayor que la de los troncos de los otros tres tramos. En el tramo segundo se encuentra el ropero donde se aprecia la alforja y ropa de repuesto o espalderos.
Observando el extremo derecho de la fotografía se aprecia perfectamente una segunda almadía aproximándose también al salto de la presa. Se compone de tres o cuatro tramos y está conducida por dos únicos almadieros, uno delantero y otro trasero. A diferencia de los de la primera, la indumentaria de estos dos almadieros es camisa blanca y chaleco negro. Lástima que los cuatro almadieros permanezcan en el más absoluto de los anonimatos.
El edificio de la izquierda se trata del molino del pueblo y presenta la estampa habitual de un molino harinero y batán (máquina hidráulica compuesta de gruesas mazas de madera movidas por un eje para golpear, desengrasar y encurtir los paños). Posteriormente sería remodelado abriéndose diversos ventanales y se reconvirtió para generar también electricidad, perdiendo ya la utilidad del batán, si bien la fuente existente junto a él sigue denominándose «fuente del batán». En la parte trasera del molino habría una tajadera para regular el agua de entrada y el batán tenía otra más para cerrar su salida y así poder retener agua en su interior. Bajo el arco del molino se aprecian los ejes o estructuras para encajar el ascenso y descenso de la compuerta que regulaba la salida del agua del batán. A destacar que todavía no existía la actual tajadera ni el muro para la canalización de la salida del agua del molino.
En cuanto a la presa y el puerto por el que descendían las almadías nos atrevemos a asegurar que no se trata de la construcción actual, sino que está construida con maderos dispuestos longitudinalmente y entrecruzados. El elevado caudal no permite distinguir tal estructura compleja de troncos salvo, observando con detalle, en la propia rampa del puerto, a la derecha del tercer tramo de la almadía, donde se distinguen al menos cuatro o cinco troncos dispuestos de forma paralela formando la rampa. Y es que no fue hasta el año 1921, siendo alcalde Coronado Glaría Salvador de casa Onpedro, cuando se llevó a cabo la construcción de la presa y puerto con piedras y cemento que existe actualmente. Por ese motivo no figura en esta fotografía la actual tajadera existente al lado del puerto que permite regular el cauce del río en caso de riadas. Concluimos por lo tanto que esta fotografía es anterior al año 1921.
Otros detalles que llaman la atención son los muretes que delimitaban la zona de huertos en la parte superior de la presa, el amplio pedregal existente también aguas arriba que dirige al cauce del río a la margen izquierda y el monte del fondo, Batxa, completamente limpio de arbolado y arbustos ya que en aquella época se utilizaba para la siembra mediante «quiñones» (pequeñas parcelas de titularidad municipal que eran sorteadas entre los vecinos para su cultivo, generalmente de cereal). También apreciamos a la izquierda dos tipos de chimeneas, una antigua y otra más moderna: la primera corresponde a un fogón tradicional mientras que la segunda sería, a buen seguro, de una cocina económica, el gran adelanto de aquellos años.
En definitiva, estamos ante una nueva joya para la interpretación del patrimonio y la historia de Burgui, así como de la memoria de nuestros antepasados almadieros, verdaderos marineros de agua dulce a los que una vez más volvemos a rendir nuestro más sincero homenaje y reconocimiento.