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Juan Joseph Zavalza (sic) ocupaba el cargo por tener Burgui aduana con Aragón
En 1799 el impresor Pedro Pereyra, a cargo de la Imprenta de Cámara del rey Carlos IV, publicó la obra Estado General de la Real Hacienda correspondiente a aquel año. En la relación detallada de los administradores, recogida por localidades, por la villa de Burgui figuraba como responsable del cargo Juan Joseph Zavalza (sic).
Por entonces el antiguo reino de Navarra mantenía aduanas con Francia, Castilla y Aragón, de modo que en el valle de Roncal ocupaban puestos análogos Valero Garcés (Isaba) y Juan Vicente Martín (Uztárroz), dado que el puesto de Garde se encontraba vacante. Ejercía el cargo de sobrecogedor (recaudador) Joseph Tapia -apellido frecuente en Isaba-, quien coordinaba las catorce localidades merindanas donde había administradores: Sangüesa, Burguete, Isaba, Ochagavía, Uztárroz, Lumbier, Garde, Orbaiceta, Cáseda, Yesa, Eugui, Burgui e Izalzu.
Lo más probable es que el puesto aduanero de Burgui estuviese establecido en la margen izquierda del Esca, junto al puente medieval, para controlar el tránsito de mercancías tanto por el Camino Real desde Salvatierra como las que quisieran salvar el cauce del río.
Estructura hacendística
La obra de Pereyra detalla, a lo largo de 280 páginas, toda la estructura hacendística de la Corona de España y de las Indias, para la que trabajaba una nómina muy amplia de funcionarios ya que toda la contabilidad se realizaba a mano, con pliegos, cálamo y tinta. Mantenía a a su cargo un total de 62 departamentos, algunos de los cuales resultan hoy curiosos como los relativos a las Rentas de Naypes (sic) en el que las barajas de cartas pagaban impuestos, la del Papel Sellado y Bulas o el Azogue -mercurio- y sus compuestos, material necesario para separar la plata en los procesos de minería.
Por supuesto que Tabaco, Pólvora, Azufre y Plomo tenían sus respectivos órganos fiscalizadores. Había casas de moneda -cecas para acuñar- en Madrid, Sevilla y Segovia y, por supuesto, eran esenciales departamentos como el Tribunal de la Contaduría Mayor, la Tesorería Mayor de Su Majestad, la Renovación de Vales Reales, los Empréstitos y la Caja de Amortización, dado que ya por entonces la Hacienda estaba aquejada de un déficit tan crónico como galopante.
Ocupaba la Secretaria de Estado el mallorquín Miguel Cayetano Soler pero las directrices políticas las marcaba el favorito de los reyes Manuel Godoy, duque de Alcudia conocido como Príncipe de la Paz tras haber concluido con la Francia revolucionaria el Tratado de Basilea, que dio fin a la Guerra contra la Convención (1793-95) en la que los roncaleses combatieron agrupados en Milicia Provincial a las órdenes de Pedro Vicente Gambra, destacado empresario almadiero y “capitán a guerra” por ser alcalde de la villa de Roncal.
Colaboración de Germán Ulzurrun Zabalza
Presentamos a continuación este retrato realizado en Burgui en el año 1916 que nos ha cedido nuestro buen amigo y asiduo seguidor José Ignacio Riezu Boj. Podemos considerar esta instantánea como otra pequeña joya tanto por su antigüedad como por la valiosa información gráfica de la indumentaria que porta el roncalés.
Origen de la fotografía:
La fotografía perteneció a la colección de la familia del pamplonés Teodoro Ruiz de Galarreta y fue vendida a un anticuario de Valencia hace unos años. La fotografía se adquirió por José Ignacio Riezu Boj en el año 2010 y está fechada en el mes de julio de 1916 (hace ya por lo tanto 101 años). En ella aparecen retratados, según la nota de la fotografía, el propio Teodoro, su cuñado José Alfonso y un paisano anónimo de Burgui.
Personajes:
Teodoro Ruiz de Galarreta Maestu (primer personaje por la izquierda) fue un rico propietario nacido en 1884 en Pamplona, casado con la donostiarra María Felisa Mocoroa Durán en 1921 y gran aficionado a la fotografía. A lo largo de su vida -falleció a los 70 años el 14 de julio de 1954- reunió una ingente colección principalmente de fotografías estereoscópicas, muchas de las cuales las realizó tras sus viajes por diferentes pueblos navarros.
José Alfonso Zarranz (primer personaje por la derecha) ejerció como médico en Burgui -al menos- entre 1907 y 1912. Casado en esta última fecha con una hermana de Teodoro, llamada María Pilar, se desplazó a vivir y ejercer la profesión a Pamplona, donde adquirió gran fama. De hecho, una de las calles del barrio de San Jorge en Pamplona recibe seguramente este nombre, “José Alfonso, médico”, en relación a este mismo personaje.
La escena nos muestra un retrato que se hicieron con un vecino de Burgui, en el centro de la foto, con motivo de una excursión por el valle de Roncal de Teodoro y José Alfonso. En su parada en Burgui se fotografiaron también con otra lugareña en una preciosa estampa con el pueblo al fondo que ya compartimos en fechas anteriores.
El paisano roncalés no figura identificado en la fotografía original, ya que solo se cita a los dos anteriores, la fecha y el pueblo. Hemos tratado de identificar la casa de Burgui a la que podría corresponder la puerta del fondo, pero 100 años son muchos y en este periodo han sido reformadas o reconstruidas muchas de las viviendas. Por otra parte, aun identificando la casa a la que pertenece, también nos queda la duda de si el paisano vivía en esa casa o, simplemente, pasaba por ahí y posaron frente a su puerta.
Indumentaria:
Llama la atención el gran contraste entre la indumentaria tradicional del paisano de Burgui con la que llevan los dos señores que le rodean. Contrasta la elegancia sobria y austera del anciano roncalés con la elegancia del señorito adinerado de ciudad.
El anciano, seguramente con más de 65 años, lleva un viejo sombrero de vástago, de los de medio bombín; chaleco negro posiblemente de pana, que parece recio en su textura, y con bolsillo atípicamente alto; inmaculada camisa blanca, que de haber sido de otro color hubiese destacado más el vendaje en la mano que sujeta y se apoya en el bastón; enorme faja probablemente morada, no excesivamente prieta, que adorna más que ciñe; calzón negro sin ajustar bajo la rodilla, rendido ya a la moda impuesta por los ansotanos que en esa época, entre otras cosas, ahogaron la costumbre secular roncalesa de ceñir el calzón bajo la rodilla; asoman calzoncillos grises atados con cordones blancos; medias negras; y en los pies alpargatas, quién sabe si elaboradas por alguna golondrina del pueblo.
Destaca el vendaje que lleva en su mano derecha, el bastón y el perro que se esconde detrás de su dueño. Se observa también la existencia de un bonito suelo empedrado en la calle, la puerta antigua de dos hojas abierta en su parte superior, el banco de cemento construido junto a la pared exterior de la casa y el clavillote colocado en su fachada para poder amarrar a las caballerías.
La cabeza cercenada del moro sobre el puente, con el río y las montañas, surgió en el siglo VIII
El 13 de marzo de 1798 Carlos IV añadió el castillo y el lebrel, tras la guerra contra la Convención
A lo largo de su historia el valle de Roncal ha tenido dos escudos diferenciados para manifestar la condición de hidalguía colectiva. A diferencia de los títulos nobiliarios individuales, en los que cada señor representa sus armas de manera única y diferenciada, dicha hidalguía colectiva -propia sobre todo de la Navarra pirenaica-, establecía unos blasones comunes únicos para todos los habitantes del territorio.
El primer escudo, que representa la cabeza cercenada del moro sobre el puente de Yesa con el río y las montañas, es originario de finales del siglo VIII y fue obtenido tras la batalla de Olast u Ollate.
Los roncaleses tienen a gala por tradición que la cabeza corresponde al emir cordobés Abderramán I (731-788) pero la afirmación no es rigurosa. La vida de Abderramán -“el que entra” o “el inmigrado”- estuvo llena de asesinatos, conjuras y traiciones pero él se murió en la cama tras nombrar heredero a su hijo Hisham.
¿A quien degollaron entonces los roncaleses? Pues no se sabe con certeza. Hay quien afirma que se trató del valí -gobernador provincial- Abderramán el Gafiqui en la retirada tras la derrota en la batalla de Poitiers (octubre del 732), pero también los hay que sostienen que en Ollate se combatió durante el reinado de Fortún Garcés (circa 845-905), de modo que el asunto se queda entre la nebulosa densa de las tradiciones y la historia.
Lo que sí es historiográfico es que el valle de Roncal constituyó un núcleo de resistencia frente al dominio musulmán y sus aceifas o expediciones militares para obtener trigo y tributos. En el prefacio del Fuero viejo de Sobrarbe se recoge que “ entonces se perdió España, entroa los puertos sino en Galicia, et las Asturias, et daca Alava, Bizcaya, et dotra part Bastan, et la Berrueza, Deyerri, et en Anso, et sobre Jaca, et encara en Roncal, et en Sarazaz, et en Sobrarbe, et en Anso”.
La resistencia a entregar el producto de su esfuerzo ganadero y labrador a gentes ajenas al valle fue una constante histórica, que va desde el dominio visigodo hasta la I guerra Carlista, cuando en agosto de 1834 y enero de 1836 el valle se declaró a favor de la jovencísima Isabel II.
La guerra contra la Convención
Hasta finales del siglo XVIII el escudo roncalés se mantuvo inalterado. Sin embargo, el lunes 20 de enero de 1793 se produjo un hecho con graves repercusiones internacionales: la muerte en la guillotina del rey francés Luis XVI. La Revolución francesa daba un paso más y constituía el régimen de la Convención, en cuyo desarrollo se dio el periodo de El Terror a cargo de Robespierre.
Carlos IV quedaba al frente de los intereses dinásticos de la casa de Borbón y Francia luchaba de manera activa contra todos sus enemigos terrestres. Inglaterra quedaba a la espera del desarrollo de los acontecimientos con la idea pragmática del “dejemos que se maten los demás entre sí”.
Para sorpresa general, los revolucionarios desharrapados batieron al ejército tradicional de Austria y en marzo de 1793 declaraban la guerra a España.
En el valle de Roncal se constituyó la Milicia provincial, mandada por el alcaide y capitán a guerra Pedro Vicente Gambra, destacado empresario ganadero y promotor del desarrollo almadiero. Carlos IV envió de refuerzo a los Tiradores de Sigüenza. Gambra recibió el grado de teniente coronel y va a ser la bisagra entre el frente aragonés, mandado por Pablo Sangro Merode -príncipe de Castelfranco-, y el teniente general Ventura Caro Fontes, responsable de la defensa navarra y de Guipúzcoa.
La movilización roncalesa fue unánime y eficaz y, como en el caso de Olast, las mujeres tomaron parte activa en la lucha formando una segunda línea de combate provistas de cuchillos y bayonetas.
Los franceses no pasaron más allá de incendiar la ermita de Arrako y robar su plata. Los hombres de Gambra les desalojaron del pico Bimbalet, incendiaron Santa Engracia y se apoderaron de un número importante de cabezas de ganado.
Por contra, los franceses arrasaron las Reales fábricas de armas de Eugui y Orbaiceta, incendiaron Ochagavía y ocuparon físicamente el valle de Baztán y toda la comarca del Bidasoa. En enero de 1795 Carlos IV consentía, tras peticiones reiteradas de la Diputación, convocar Cortes estamentales el 11 de enero de 1795 para que se llamase al apellido (decreto de movilización general) y aprobase una aportación económica de Navarra a la guerra por importe de 170.000 pesos, de los que al valle de Roncal correspondió pagar 12.896.
El valido Manuel Godoy había comenzado pocos meses antes unas negociaciones secretas con Francia que condujeron a la Paz de Basilea (22 de julio de 1795), en la que una Francia exhausta por el esfuerzo bélico abandonaba Guipúzcoa y la parte ocupada de Navarra y recibía como compensación territorial la mitad occidental de la isla de La Española, lo que en la actualidad es Haití.
La defensa eficaz del valle de Roncal por sus moradores mereció el agrado de Carlos IV, quien el 13 de marzo de 1798, desde Aranjuez, firmaba una real cédula que concedía a los roncaleses añadir a su escudo un castillo, símbolo de la fortaleza, y el lebrel, que representa la rapidez en la acción; elemento incorporados desde entonces al escudo del valle.
Durante siglos ha sido objeto de burla que un viudo contrajera nuevas nupcias, por ello los matrimonios muchas veces eran celebrados casi de manera clandestina para evitar la cencerrada, barullo ruidoso con el que los mozos del lugar hacían sonar por las calles instrumentos de percusión como esquilas, o de viento al soplar cuernos vacíos mientras recitaban versos chuscos. Es lo que ocurrió precisamente en Burgui la noche del domingo 24 de julio de 1611.

Amonestaciones y ronda
Aquel día en la misa mayor se leyeron las amonestaciones previas al matrimonio de Sebastián Pérez, viudo, de unos 37 años de edad, quien quería casarse con Graciana Íñiguez, también viuda y de 33. Enterados de ello, con la anochecida, siete mozos del pueblo formaron cuadrilla para dar una cencerrada que terminó con consecuencias trágicas, ya que el novio recibió una fuerte pedrada en la frente y falleció pocos días después, tras indisponerse durante el banquete de otra boda.
Los datos del suceso se guardan en un documento de la sección de Procesos judiciales en el Archivo General de Navarra y la causa fue instruida por el secretario Pedro Zunzarren.
Los implicados
En aquellas fechas Pedro Glaría era el alcalde, que entonces comportaba también ser juez local. De sus pesquisas se deduce que Pascual Baines (hijo de Bertol Baines), Juan Ledea (hijo de Miguel Ledea), Miguel Bronte (hijo de María Galech, viuda), Gregorio Camín (hijo de Juan Camín), José y Miguel Gorría (hijos de Juan Gorría) y Domingo Gorría estuvieron implicados en los hechos y en un primer momento fueron conducidos a la cárcel de Burgui. Por la época las dependencias municipales disponían de calabozo.
Las investigaciones las realizó el alcalde en persona, ayudado por el escribano Miguel Ros, dado que el fiscal sustituto del valle de Roncal, García Galech, presentó acusación formal ya que en un primer momento los hechos fueron calificados de “medio homicidio”, cuando hoy hablaríamos de un delito de lesiones.
La pedrada
En su declaración Sebastián Pérez manifestó no saber quienes habían sido los participantes en la cencerrada, ni el autor del que partió la pedrada.
Nuestro protagonista vivía en “una rinconada y fuera de las calles”. Al escuchar el barullo “le pareció ser afrenta y salió de la casa a la puerta para decirles, como les dijo, que se retirasen de la puerta y se fuesen por las calles con Dios de allí”.
No pudo determinar si eran cinco o seis los participantes y él “estaba arrimado a las paredes y por ser tan noche no los pudo conocer quienes eran, mas solo les dijo que se fueran de ahí y sin otra ocasión ninguna le comenzaron a arrojar de pedradas y le acertaron con una en la cabeza y como se vio herido y de la mucha sangre fue tras ellos un poco y como iban los unos por una parte y los otros por otra corriendo por ello volvió a su casa y se echó en la cama sintiéndose malherido”, manifestó. Por la mañana le atendió el barbero Juan Pérez (por la época eran también sangradores y sacamuelas) y Sebastián sufrió un desmayo.
Edades de los acusados
En las declaraciones consta que Gregorio Camín tenía 15 años de edad, Juan Ledea 16 (quien añade que el primero en tirar una piedra fue Sebastián Pérez), Pascual Baines contaba 21, Domingo Gorría 20, Miguel Bronte 22, en tanto que José y Miguel Gorría tenían 16 años.
El alcalde condenó a Pascual Baines y Domingo Gorría con pena de “medio homicidio” y además, junto con Miguel Bronte, José Gorría, Miguel Gorría, Juan Ledea y Gregorio Camín “en todas las costas que se han hecho por causa de la dicha herida por haber sido todos ellos cómplices y camaradas y las paguen igualmente”, firmado el 28 de julio de 1611.
Fallecimiento el 17 de agosto
Cuando el asunto parecía resuelto desde el punto de vista judicial, el 7 de agosto sufrió un giro al indisponerse repentinamente Sebastián Pérez. El desfallecimiento previo a la muerte, que tuvo lugar diez días después, ocurrió durante el banquete de la boda de un cuñado.
Tras el desmayo, para mayor averiguación, el alcalde pidió declaración a dos cirujanos famosos, llamados Pedro García y Domingo San Martín, “para que viesen y reconociesen a Sebastián, que ratifican que la cura iba bien y la herida está situada en la frente, junto a los cabellos y que no tiene calentura y que el desmayo no procede de la herida sino de humores fríos en la cabeza y que a su parecer es de mal de gota porque le ha llegado dos veces con temblores”.
En el lecho de muerte acompañaron a Sebastián Pérez los vecinos Martín Sanz, de 50 años y Domingo Urdaspal, de 54, quien se encontraba “ trillando en las eras” cuando fue avisado.
Presos y hambrientos
Ante la posibilidad de que la muerte se hubiese debido a la pedrada, pese a los informes cirujanos, parte de los encausados fueron trasladados presos a las cárceles reales de Pamplona.
En concreto, “por la información que se envió a la Corte Mayor del reino van presos a las cárceles reales Pascual Baines, Juan Ledea, Miguel Bronte y Domingo Gorría”, mientras que “están ausentados Gregorio Camín y Miguel Gorría” -se habían ido del pueblo-, en tanto que “José Gorría está retirado en la iglesia parroquial”, lo que significa que se acogió a sagrado y mientras permaneciese allí no podía ser detenido por la autoridad civil. Fueron asignados como sus fiadores Juan Camín, Domingo Pérez, Pascual Ustés y Juan Gorría.
Los presos lo pasaron bastante mal dado que “Domingo y Miguel Gorría, hermanos, dicen que están padeciendo de hambre por no tener padres y ser las madres tan pobres que viven de limosna, de que siendo necesario darán información, y de que el tiempo que están presos se han sustentado de limosna que buena gente les han dado y si no se les da de comer como a pobres de solemnidad, han de morir de hambre”. Terminaban por suplicar al rey “que el receptor de penas les dé de comer como a pobres de solemnidad”.
El proceso, que quedó finalmente pendiente sin sentencia, no cuenta cuanto tiempo permanecieron encarcelados. Triste fin de una noche que pretendió ser divertida a costa de un viudo.

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Nos complace presentar esta preciosa fotografía realizada en Burgui en el año 1916 que nos ha cedido nuestro buen amigo y asiduo seguidor José Ignacio Riezu Boj. Se trata de una instantánea inédita que podríamos considerar como una auténtica joya por los diferentes aspectos que a continuación vamos a ir detallando. Son varias las estampas antiguas que se conservan con diferentes vistas de nuestro pueblo pero ninguna como esta aporta tan valiosa información gráfica a nivel etnográfico, histórico o de indumentaria. Un tesoro que estamos encantados de compartir y de interpretar.
Técnica fotográfica:
La fotografía que presentamos está realizada con la técnica de la «estereofotografía». En este caso, una cámara de fotos hace dos tomas simultáneas pero separadas 7 cms. entre sí, la misma distancia de separación de los ojos del ser humano. Esto permite, al verla a través de un visor estereoscópico, observar la escena tridimensionalmente. Es una técnica fotográfica que se utilizó mucho en el siglo XIX y principios del siglo XX y que posteriormente cayó en desuso. La que mostramos está realizada sobre una placa de vidrio con emulsión de gelatina y en positivo, lo que hace que sea el original y probablemente sin copias. La placa de vidrio tiene unas dimensiones de 16,9 x 8,4 cms. y el par fotográfico de 7×7 cms.
Espacio y tiempo:
Se trata de una estampa costumbrista realizada en la localidad de Burgui (Valle de Roncal, Navarra) en el mes de julio del año 1916. Recoge un paisaje del casco urbano del pueblo con el puente medieval y tres personajes en primer plano.
Origen de la fotografía:
La fotografía perteneció a la colección de la familia de Teodoro Ruiz de Galarreta que fue vendida a un anticuario de Valencia hace unos años. La fotografía se adquirió por José Ignacio Riezu Boj en el año 2010 y está fechada en el mes de julio de 1916 (hace ya por lo tanto 101 años). En ella aparecen retratados, según la nota de la fotografía, el propio Teodoro, su cuñado José Alfonso y una paisana de Burgui.
Los personajes:
Teodoro Ruiz de Galarreta Maestu (primer personaje por la izquierda) fue un rico propietario nacido en 1884 en Pamplona, casado con la donostiarra María Felisa Mocoroa Durán en 1921 y gran aficionado a la fotografía. A lo largo de su vida -falleció a los 70 años el 14 de julio de 1954- reunió una ingente colección principalmente de fotografías estereoscópicas, muchas de las cuales las realizó tras sus viajes por diferentes pueblos navarros.
El siguiente personaje (en el centro) es José Alfonso Zarranz, que ejerció como médico en Burgui -al menos- entre 1907 y 1912. Casado en esta última fecha con una hermana de Teodoro, llamada María Pilar, se desplazó a vivir y ejercer la profesión a Pamplona, donde adquirió gran fama. De hecho, una de las calles del barrio de San Jorge en Pamplona recibe seguramente su nombre, “José Alfonso, médico”, en relación a este mismo personaje.
La escena nos muestra por lo tanto una excursión por el valle de Roncal de Teodoro y José Alfonso. De hecho, hay varias fotografías más de este viaje por los pueblos roncaleses. En su parada en Burgui se fotografiaron también con otro lugareño con indumentaria roncalesa y en este caso se retrataron con esta paisana de la derecha.
Pero… ¿quién podría ser esta buena mujer?. Partimos de varias consideraciones previas para realizar una hipótesis que nos permita aventurar su identidad: La fotografía está obtenida desde el trazado del Camino Real que conducía hacia Salvatierra de Esca y que daba acceso a su vez a varios pajares en el término de Sitxea, también conocido como Izabarroa. Partimos de la base de que la señora porta sobre su brazo izquierdo una cesta que, ampliando la imagen, intuimos que contiene huevos. La mayor parte de los actuales pajares existentes en Sitxea no se construyeron hasta después del año 1918 (momento en el que el vecino Nazario Labiano, de casa Molinas, solicita al Ayuntamiento de Burgui la posibilidad de adquirir un trozo de terreno para edificar un pajar y ante lo cual el ayuntamiento inicia un proceso de subasta de terrenos para atender esta y otras solicitudes). Existían por lo tanto en 1916, año de la fotografía, únicamente dos pajares en esa zona: el de Zarrajero, destinado seguramente al ganado vacuno por las características del edificio, y el de Lupercio, del que hay constancia que en la planta baja tenían las gallinas y el cerdo. La fotografía está realizada precisamente a escasos metros de la puerta de acceso a este último pajar. Consultando el libro de Matrícula de la Iglesia de Burgui para ver quiénes componían la unidad familiar de casa Lupercio en esa fecha, nos atrevemos a asegurar que la identidad de esta mujer podría corresponder a Celedonia Pérez Iriarte, nacida en 1863 y que falleció el 19 de febrero de 1963 unos pocos días antes de llegar a centenaria. Por lo tanto, suponiendo con estas premisas que fuera ella, tendría una edad de 53 años en el momento de realizar esta fotografía.
Valor artístico:
Consideramos la instantánea estéticamente perfecta. El autor ha sabido componer la imagen colocando, en la parte superior izquierda y al fondo, el pueblo; en la parte inferior derecha y en primer plano, a los tres individuos; y a modo de diagonal de izquierda a derecha y de atrás a adelante, el magnífico puente de Burgui que parece señalarnos, como una flecha, a los tres protagonistas.
Valor indumentaria:
Pero por lo que consideramos que esta fotografía es única es por la indumentaria que usa esta mujer. A diferencia de los dos turistas, ella porta la indumentaria roncalesa. Lleva pañuelo en la cabeza, blusa de largas y huecas mangas, corpiño o justillo y larga falda.
La falda encimera la lleva caída, en su posición natural; normalmente la falda encimera cumplía el papel de bolso (se subían la parte delantera y se la amarraban a la cintura por detrás, de tal forma que allí metían cosas, muy especialmente cuando recogían productos en la huerta).
La mujer viste un corpiño típicamente roncalés, de uso ordinario, muy sencillo. Unas simples cintas bordeando el escote. Se trataría de lo que puede ser el único testimonio de un corpiño de diario, ya que no se conoce otra fotografía en todo el valle con esta indumentaria.
Nos atrevemos por lo tanto a decir que estamos ante el único testimonio de la indumentaria femenina roncalesa de diario. No puede tratarse de la indumentaria de gala o de fiesta, ya que viene de recoger huevos en un cesto y unos turistas le han “pillado” para fotografiarse con una lugareña.
Valor histórico y etnográfico:
Aparte de su notable valor anterior, la instantánea presenta también un importante valor etnográfico e histórico ya que nos muestra diferentes elementos significativos de la época:
- Las mayor parte de las casas del pueblo aparecen mostrando desnudas sus fachadas con negras piedras. Solamente se distinguen dos o tres casas enlucidas totalmente.
- Algunas de las casas presentan encalados los alrededores de alguna ventana o balconada. El blanqueado del contorno de puertas y ventanas con cal además de servir para sanear los vanos de los edificios, servía también para poder identificar de noche la puerta y las ventanas cuando no existía la luz eléctrica.
- Sobre la mayor parte de los tejados sobresalen grandes chimeneas, muchas de ellas troncocónicas, antaño tan típicas del valle y en la actualidad ya desaparecidas, salvo merecidas reconstrucciones que vuelven a recuperar la estructura antigua de estas chimeneas. Obsérvese la preciosa chimenea que existía en la casa que actualmente, pero no en 1916, alberga la panadería Ezker.
- En muchos de los tejados se observan también las llamadas “palomeras”, pequeñas ventanas salientes con tejadillo que permitían el acceso al tejado desde el sabaiao.
- No existe en la fotografía, por haberse construido a mediados de los años 20, la actual casa Juana Mayo edificada junto al puente. En su lugar se aprecia una escollera de piedras a modo de talud para sostener el trazado de la carretera que discurre por la parte superior.
- Se observa por el contrario una edificación ya desaparecida que se encontraba en la actual zona de aparcamiento junto a la panadería, prolongando el trazado de la calle Mayor. Se trataba del pajar de Calvo, que fue demolido para el ensanche y acondicionamiento de la actual carretera.
- El edificio del molino fue también posteriormente remodelado, abriéndose diversos ventanales que no existen en el momento de esta fotografía. Presenta aquí la estampa habitual de un molino harinero, pues todavía no generaría electricidad.
- Se distingue, detrás de casa Molinas con su esbelta chimenea, otra casa algo más alta que tras incendiarse fue comprado su solar para ampliar la entonces casa Almazán, dando lugar a lo que actualmente conocemos como casa Avizanda.
- En la casa conocida como Juan Rosildo se aprecia claramente en su fachada bajo la chimenea un pequeño saliente a modo de cajón. Recibía el nombre de “sucaparre” o “socaparre” y era un espacio interior en el fogón de la cocina que sobresalía hacia el exterior para permitir la colocación de leñas largas. Hoy en día no se conserva ya ninguna de estas estructuras salientes en la localidad.
- Podemos afirmar, tras un proceso de ampliación digital, que la presa se encuentra construida por maderos entrecruzados. Incluso el puerto para las almadías parece estar construido mediante largos maderos. Y es que no fue hasta 1921, siendo alcalde Coronado Glaría Salvador de casa Onpedro, cuando se construyó la presa y el puerto que conocemos actualmente. Se trata por lo tanto de la única fotografía conocida de esta presa construida mediante maderos.
- Excepcional es también, ubicada en la esquina del inicio del puente desde el pueblo, la existencia de una columna de piedra que formaba el crucero que delimitaba la entrada al casco urbano del pueblo. A pesar de las ampliaciones no se consigue apreciar si existe la cruz, también en piedra, que debió presidir el alto del crucero, y de la que hay constancia documental a través de un grabado realizado hacia el año 1874. De no existir ya la cruz en 1916, bien podría tratarse también de la base para colocar la imagen de la Virgen de la Peña con motivo de las romerías que desde este punto se iniciaba hacia su ermita. De hecho, al construirse la casa Juana Mayo junto al puente está confirmado que se hizo una pequeña hornacina en su fachada para albergar esta imagen.
- En la carretera, junto a casa Onromán, se aprecia aparcada una carreta o carromato para ser tirado por caballerías y cubierto por una capota.
- Junto al inicio del puente, a la derecha de los tres personajes, se localizan varios maderos ya pelados y trabajados que dudábamos si se estaban preparando para una almadía. Pero más bien parece ser que llegaron formando parte de una almadía por su distribución desordenada y porque se aprecian algunas escarbas y agujeros por los que fueron amarrados al barrel. Podría tratarse por lo tanto de madera bajada en almadía desde aguas arriba para su uso en la construcción o reforma de alguna casa o pajar del pueblo…
- Aunque indirectamente, aparecen retratados también otros personajes en esta fotografía. Vamos a descubrirlos:
-En la ventana de casa Iglesias (actualmente casa rural Urandi) se observa perfectamente a una mujer asomada que se encuentra sacudiendo una gran tela, posiblemente una sábana. En el balcón superior tiene tendida al sol la colada.
– A la izquierda, en la orilla del río, a la sombra del puente (era el mes de julio…) se encuentra un grupo de lavanderas formado por tres o cuatro mujeres vestidas de negro haciendo la colada. Incluso parece que algunas prendas blancas están tendidas o elevadas con algún soporte que no se llega a apreciar.
-Bajo el arco del molino, también en el pedregal, se aprecian varios bultos que no adivinamos a distinguir si se trata también de lavanderas colocadas junto a la salida del agua de la fuente del batán. No parece en cualquier caso que existiera entonces el actual murete que encauza hacia el río la salida del canal del molino.
-Subiendo el puente en dirección al pueblo se observan dos machos cargados con grandes fardos de hierba envueltos en sábanas. Guiando a la primera de las caballerías se distingue, ampliando la imagen, a un niño con camisa blanca y boina, mientras que al segundo macho le conduce un lugareño con camisa blanca. Siendo el mes de julio, era también momento de acarrear al sabaio las hierbas para alimentar durante el año a los animales después de haber sido cortadas en los campos.
En definitiva, por todo lo expuesto, nos permitimos considerar esta fotografía como una de las más bellas estampas antiguas de Burgui de las que se tiene constancia, no solo por su perfección y calidad estética sino también por los elementos humanos, etnográficos e históricos que a través de su detallada observación se pueden interpretar, siendo algunos de ellos totalmente insólitos y desconocidos fotográficamente hasta la fecha.
Un auténtico placer para quien sepa disfrutarla y saborearla como lo hemos hecho nosotros. Colectivo Cultural La Kukula, Burgui.
Si has detectado algún error o dispones de información complementaria, contacta con nosotros en info@lakukula.com
A veces asociamos en nuestro subconsciente que determinadas piezas o elementos son ajenos a nuestra cultura, que no son cosas de aquí. Un ejemplo muy claro de esto son las castañuelas, o “pitos”. Y eso es un error. Se sorprenderá más de uno al saber que en el Pirineo las castañuelas, y su uso, eran más comunes y habituales de lo que se cree. Y el valle del Roncal no era ajeno a este sonoro elemento.
Hoy traemos hasta aquí la imagen de unas castañuelas de Isaba, talladas en madera de boj, con las iniciales de P.A. (Pedro Anaut).
Pero sépase que en Burgui nos recuerda Pablo Tolosana Turrillas, ya nonagenario, que tocaba “pitos” de piedra, que eran las castañuelas más populares, accesibles a todo el mundo. Pensaban algunos que las de madera solo eran usadas en las familias pudientes.
En las entrevistas etnográficas realizadas en los valles de Roncal y de Salazar algunas personas han puntualizado que los «pitos» (nombre popular de las castañuelas) eran muy habituales hasta antes de la guerra, pero que no eran las familias pudientes las que usaban de madera, sino las familias ganaderas, pues eran piezas que formaban parte de la artesanía pastoril. No valía cualquier madera para hacerlas (normalmente eran de boj y de castaño), y el secreto estaba en saber sacarles un buen sonido.
En el Pirineo aragonés se han llegado a recoger varias parejas de castañuelas («pitos» o «pulgaretas»), que se conservan en el Museo del Serrablo (Sabiñánigo). La mayoría de las que se conservan en Sabiñánigo son bastante más modernas que las que mostramos en esta foto.
Este tipo de instrumentos son lo que en el Alto Aragón denominaban «castañuelas de pulgar» o «pulgaretas», más pequeñas que las «castañuelas de dance», en las que se empleaban todos los dedos. Es muy probable que en el Roncal tuviesen la misma denominación, si bien, Bernardo Estornés recoge en nuestro valle el nombre de «castañeta», y también «pito», «klisket» y «fordela».
El mes de febrero comienza con una serie de santorales y celebraciones que, en tiempos pasados, estaban muy presentes en nuestro pueblo por su carácter religioso y que sin embargo hoy en día pasan totalmente desapercibidas. Son las siguientes:
2 de febrero, celebración de la Candelaria:
La fiesta de la Candelaria, también llamada de la Luz, tuvo su origen en la antigua Roma donde la procesión de las candelas formaba parte de la fiesta de las «lupercales».
Las «lupercales» eran unas celebraciones cuyo nombre deriva de <lupus> (lobo) e <hircus> (macho cabrío). Una congregación especial de jóvenes, los Lupercos o Luperci, se iniciaban en la edad adulta durante un tiempo sagrado y transitorio en el que se comportaban como lobos humanos. Finalizaban este periodo con una procesión carnavalesca que acompañaban de candelas, y cuyos gritos, cantos y bailes llegaban a ser obscenos.
Con el paso del tiempo la Iglesia prohibió y condenó, en el año 494, la celebración pagana de las «lupercales». Quiso cristianizar esta festividad y la sustituyó por la fiesta de la Purificación, que se celebraría el 2 de febrero con la procesión de las candelas. Y es que, precisamente, el 2 de febrero se cumplen 40 días desde el 25 de diciembre, fecha del nacimiento de Jesús.
En Burgui, el 2 de febrero, y como reminiscencia de esta celebración de la Candelaria, se llevaban las velas a bendecir a la Iglesia.
3 de febrero, festividad de San Blas:
Era costumbre en Burgui acudir a la Iglesia para bendecir alimentos, caramelos para la garganta y sal para los animales.
Hubo también en Burgui una ermita dedicada a San Blas y que estaba en el mismo pueblo. Sobre su solar se construyó lo que después fue la Casa del Maestro, en la calle La Peña, entre lo que hoy es la casa Calero y la casa nueva del Maestro.
5 de febrero, festividad de Santa Águeda:
En Burgui se elaboraban roscos este día y cada familia llevaba a bendecir el suyo a la iglesia. Existía también una costumbre muy curiosa, y era que siempre un pedazo de ese rosco se introducía en los arcones roperos y en los armarios para preservar a la casa de los incendios y a las ropas de los efectos de la polilla.
Sin embargo siglos atrás el día de Santa Águeda era un día muy especial en nuestro pueblo. Hace 404 años exactamente (en 1613) hubo en Burgui un conflicto social que tenía su origen en la discriminación que en aquellos años sufrían los agotes, no solo en Burgui, sino en todo el Pirineo navarro. Aquél conflicto derivó en un proceso judicial, y en consecuencia generó una documentación basada en declaraciones de testigos, dictámenes y sentencias, que hoy nos sirven para conocer con cierto detalle cómo pensaban, actuaban y vivían nuestros antepasados.
Y gracias precisamente a este proceso ha llegado hasta nuestros días el conocimiento de que el día de Santa Águeda era costumbre en nuestro pueblo juntarse en la iglesia en un momento determinado al menos un vecino de cada casa. Delante del abad cada cabeza de familia introducía la llave de su casa en un zakuto; en aquel tiempo las llaves llevaban un cordel con una tablilla colgando en la que iba tallada alguna inscripción identificativa de la casa cuya puerta abría esa llave.
Una vez que todos habían introducido su llave, se revolvían estas, y se procedía en sentido inverso. Uno a uno, cada cabeza de familia metía la mano y sacaba una llave, de tal forma que se iban emparejando familias, familias que ese día se iban a reunir para comer juntos. A veces no todos los emparejados se llevaban bien, pero no se podía ir contra el destino, así que ese día tocaba convivir con quien te hubiese tocado.
Y el conflicto vino cuando los vecinos se negaron a que en ese zakuto pudiesen meter su llave los agotes, hecho este que fue contestado por el abad, que apelaba a la caridad cristiana. Y ese tira y afloja generó los papeles notariales que hoy nos permiten conocer, y dar a conocer, aquella tradición.
Cuatro siglos después aparentemente de aquella etnia marginada tan solo queda el conocimiento de su existencia. Sin embargo… la mezcla de apellidos que hoy vemos en nuestras familias, nos dicen que el espíritu cristiano de aquél abad felizmente se impuso.
Cinco misterios desgranados cuenta a cuenta, y las letanías rematadas cada una de ellas con la cantinela repetitiva del ora pro nobis; eso era, y es, el rezo del rosario, una oración que el 7 de octubre, festividad de la Virgen del Rosario, adquiría en la iglesia parroquial de Burgui una solemnidad especial. Finalizaba esta oración con el rezo de la Salve, recitada unas veces, cantada otras, preferiblemente en latín, con todas las vecinas y vecinos mirando fijamente a la imagen mariana que, bajo la advocación del Rosario, ese día presidía esta oración colectiva.
Finalizado este solemne momento, en los bancos ocupados por las niñas, se daba paso a otro momento no tan solemne, pero tremendamente emotivo. Era el momento de iniciar las despedidas. Sí, las despedidas. Ese día, ¡ese momento!, finalizado el rosario, era el elegido por las niñas adolescentes de Burgui para salir valle arriba con el objetivo de pasar al otro lado del Pirineo para ganarse allí la vida, durante el invierno, en la fabricación de alpargatas. Atrás quedaba la época estival, las semanas de trabajo en Sasi o los Sotos, las tareas de las hierbas, la ayuda doméstica en casa… atrás quedaba una etapa de trabajo, y otra por delante.
Los equipajes habían quedado preparados; algo liviano, cuatro ropas de abrigo, algo de calzado y la consabida foto de unos padres, debidamente enmarcada, a los que querían tener bien presentes en sus recuerdos. Y el invierno por delante, tan duro a un lado como al otro. El invierno del Pirineo.
En la plaza esperaban algunos hombres con las caballerías preparadas, bien cargadas con los hatillos sobre los bastes, dispuestos a acompañar su marcha hasta la muga, hasta el “cerro de las latas” en Arrakogoiti. A partir de allí no procedía aventurarse ellos sin un salvoconducto que justificase su paso por la frontera.
Se atiborraba la plaza. Burgui era pueblo pequeño, es decir, todos eran parientes, o al menos esa era la sensación. Allí estaban para decirles adiós. Algunas veces se incorporaban aquí algunas mozas de Salvatierra, incluso de Sigüés, hijas también de la necesidad. Allí estaban madres y hermanas, también los hombres, pero mucho menos dados a exteriorizar su angustia y sus emociones. Ellas, risueñas, exhibiendo juventud, todas amigas, vestidas de negro con saya y corpiño, dispuestas a ganarse el jornal, aun sabiendo que a su regreso no podían pasar divisas, que tendrían que convertirlas en telas, bordados, mantelerías, bisutería… con la obligatoriedad de declarar todo ello en la aduana; o, en algunos casos, pasar las mercancías o las divisas de forma clandestina a través de sus parientes que, haciendo de la noche su cómplice, cargaban las mulas para conducirlas desde el otro lado por caminos no vigilados, anticipando y anunciando así la llegada de ellas en su regreso primaveral.
Y las caballerías, con ellas sobre su lomo, iniciaban su marcha por el Camino Real mientras unos y otros agitaban los pañuelos como mejor forma de decirse adiós. Lágrimas escondidas, emociones ocultas, incertidumbre… y ellas alejándose valle arriba mientras los cascos herrados pasaban a convertirse en el único hilo musical. Sin volver la vista atrás. Las campanas de la iglesia eran su última referencia sonora de Burgui. Tenían horas por delante para ir rumiando en su cabeza los consejos de la madre: Escríbenos unas letras para hacernos saber que has llegado con bien… ¡Abrígate los pies!… No os separéis las del pueblo… Que vean que sois trabajadoras… Vete haciéndole allí un hueco a tu hermana… No dejéis de ir a la iglesia… Sabían que iban a añorar a la familia, que el paso de las semanas daría paso a la nostalgia. En algunas familias, como en casa Lupercio, todas sus hijas (Gerónima, Aleja, Eugenia y María) llegaron a partir hacia Mauleón para trabajar en fábricas de alpargatas.
En el cruce de Vidángoz se sumaba alguna más. Lo mismo en el de Garde, y en Roncal, Urzainqui… Desde Isaba era una larga caravana la que partía hacia Belagua con destino a la Venta de Arrako, primera noche fuera de casa. Allí se juntaban con las ansotanas y con las de Fago, que habían tenido una travesía bastante más dura, subiendo desde Ansó hasta Punta Idoya, y por Berrueta a coger el paso entre la primera y segunda peña de Ezkaurre, Ezkaurri que decían ellas; y por ese angosto paso, también llamado “Paso del Oso”, bajaban a Belabarce, atravesando ese valle buscando la línea recta hacia Arrako, forzando así la salida a Belagua por Maze.
Eran sus últimas horas de estar juntas, allí, al calor del fuego de la cocina de la venta. Era también, para las roncalesas, su despedida del valle. Alumbradas por algún candil de aceite tratarían de robarle horas al sueño a pesar del cansancio, no había otra oportunidad de estar juntas, de ponerse al día de dimes y diretes, de escuchar confidencias amorosas… Y al amanecer, después de un buen desayuno, después de despedirse de Nuestra Señora de Arrako en la misma ermita que a algunas de ellas les había servido de cobijo esa noche, iniciaban el verdadero ascenso, ¡eso sí que era subir!, ¡y contentas de que no hubiesen caído ya las primeras nieves!. La larga caravana enfilaba hacia Juan Pito, y desde allí hacia Arrakogoiti. Era el momento de separarse. Las menos, por la falda de Lákora y el collado de Eraiz, buscaban el collado de Ernaz para bajar desde la Piedra de San Martín hacia Arette, Olorón… Las más, por el propio collado de Arrakogoiti, entre Lakartxela y Bimbalet, iniciaban su descenso hacia Santa Engracia, no sin antes haber despedido a sus familiares y a las caballerías que en ese mismo punto saldrían a su encuentro en la primavera. Y ellas solas, con sus largos faldones, con su hatillo en la mano, por Venta Dominica, por la Caserna, bajaban hasta Santa Engracia y enfilaban hacia Mauleón, o hacia donde le tocase a cada una. Mayoritariamente iban a las fábricas de Mauleón. Por aquellos caminos, o ya en el propio destino, las roncalesas y las ansotanas se juntaban con las salacencas que habían empleado los caminos tradicionales que el Salazar tiene con Zuberoa.
Las calles de Maule (Mauleón) vivían esos días una animación especial. Se notaba en las tabernas, en las tiendas, en las calles. Lo primero era asegurarse el alojamiento, ya apalabrado de antemano. Y lo segundo era dar vida y producción a aquellas florecientes fábricas de alpargatas. Unas más modernas que otras, en unas se trabajaba en serie sobre una larga mesa, y en otras se mantenía el sistema tradicional de antaño, es decir, el trabajo individual sobre banco de alpargatero. Había que manejar el cáñamo, el yute, la lona, aguja y lezna… había que hacer y coser las suelas, montar empeines y taloneras de lona, coser con arte y con rapidez, sin apenas tiempo al ocio… Eran seis meses de duro trabajo, seis meses manteniendo en su cota más alta a las afamadas espardiñas de Mauleón.
Buscaban tiempo para escribir a casa y contarles como les iba; buscaban tiempo para el paseo, ocasionalmente para el cortejo con algún mozo, imposible olvidar el ambiente navideño, todas juntas, lejos de sus familias, constituyendo ellas una gran familia especialmente en esas fechas. Y trabajar, y trabajar, y trabajar… Entre puntada y puntada dejaban volar muchas veces la imaginación y se veían paseando por la calle Mayor de Burgui, o asomadas al pretil del puente, o por Karkarutxea, o jugando en los Cuatro Arbolicos, o viendo pasar al “obispo” con toda su comitiva de pedigüeños… Pero su realidad estaba allí, entre aquellas paredes, entre aquellas familias que les acogían, entre aquellos mozos que les rondaban.
Finalmente llegaba la primavera, era el momento de las últimas puntadas, del final de la temporada. Era el momento de cobrar un buen puñado de francos, predestinados a ser requisados en la aduana si no los convertían en productos y mercancías. Era el momento de comprarse buenas telas, buena pasamanería para sus trajes de roncalesas, buenos relojes, chocolate… “Salimos el día 30” habían anunciado discretamente en una carta; y padres y hermanos pasaban de noche la muga y les aguardaban en el bosque para hacerse cargo de todas las mercancías, dejándoles únicamente un pequeño equipaje. Y era así como dejaban atrás Mauleón, y a sus amigas, y a sus familias adoptivas, y arriban les aguardaban los guardias que revisaban sus equipajes y se asombraban de lo poco que tenían para declarar. “Ha sido mal año”, se justificaban, y mientras tanto, por la peña de los Buitres, por la falda de Lakartxela, a veces por Roizu o por Mintxaturrea, por Ardibidegainea, la noche era testigo de aquellas caravanas de mulas que evadían aduanas y tricornios, para que el dinero ganado por hijas y hermanas no mermase en beneficio del Estado o de no se sabe quien.
Y allá, al final del valle, o al principio, según se mire, estaba Burgui. Aquellas campanas que meses antes habían sido el último sonido que de su pueblo habían escuchado, eran ahora el primero. Las hermanas pequeñas, los novios, los más impacientes, salían ya a su encuentro hacia el molino de Roncal. De nuevo en casa, de nuevo a las hierbas, de nuevo al ganado… Era la vida del Pirineo, la vida de las mujeres que fueron niñas, la vida de quienes aquí y allí, con los de aquí y con los de allí, hablaban una misma lengua vascongada.
Las alpargatas se ponían en el pie, y de un lado y del otro subían las cintas por la pantorrilla entrecruzándose para quedar bien amarradas, unidas en fuerte lazo. Así ha quedado la sangre del Pirineo, entrecruzada, atada con fuerte lazo, gracias a aquellas muchachas que desde mediados del XIX hasta los años cuarenta del XX ejercían de golondrinas: de negro, marchándose en el otoño, y regresando en la primavera.
Pronto llegará de nuevo la fiesta de la Virgen del Rosario, el 7 de octubre, momento de recordar a nuestras últimas alpargateras de Burgui. Entre otras muchas: Servanda Aznárez Solanilla (casa Fayanás), Evarista Mainz Lampérez (casa Martineta), Cirila y Trini Gárate Ustés (casa Aso), Micaela Fayanás Mainz (casa Juan Babil), Felipa Ezquer Andreu (casa Juan Grande), María Pérez Pérez (casa Lupercio), Juliana Mina Iriarte (casa Mendive). Y en especial a todas aquellas otras que nunca más regresaron al pueblo que les vio nacer.
No se crea que eso de beber, y no precisamente agua, sea cosa de la modernidad. Existe desde siempre, al menos en nuestra cultura occidental. Y, por tanto, también en Burgui.
¿Dónde saciaban su sed los bebedores burguiarres de hace casi cuatrocientos años? En la taberna. Allí acudían a empinar el codo los hombres, y a la taberna concurrían también niños y amas de casa a comprar el vino preciso para casa.
La venta de vinos y licores, segura fuente de ingresos, no campaba por libre, sino que era regulada y controlada por el ayuntamiento, al menos de modo indirecto. Cada año el municipio sacaba la taberna a subasta bajo el tradicional sistema de la candela: el último que licitara antes de que se extinguiera el cabo de vela se llevaba el servicio de la taberna.
Pero, además de quedarse con el coste del arriendo, el muy ilustre ayuntamiento imponía sus condiciones al arrendatario. Véanse algunas de las que aparecen en un documento fechado en el año del Señor de 1649: Primeramente haya de prober (proveer, abastecer) de vino blanco y tinto de continuo todo el año sin faltar y las veces que faltare tenga de pena un ducado si no hubiere caussa legítima de mal tiempo…
Sorprende que ya entonces tuviera tanta importancia el vino blanco, cuando hace no tantos años apenas se consumía en el pueblo. ¿Llamarían vino blanco a alguna bebida como anís o aguardiente…?
Una obligación primera y principal al arrendatario: que nunca faltara el vino. ‘Si el vino viene, viene la vida’, cantaban hace unos cuantos años. Pero nuestros antepasados también eran conscientes de que la climatología podía jugarles una mala pasada: temporadas de eternas nieves y riadas que hacían imposible abastecerse de alcohol en el mercado exterior. Contra el tiempo, a aguantarse. Pero si la culpa era de la mala cabeza del tabernero, palo y tente tieso: un ducado nada menos de multa.
Pero no sólo se le exigía al tabernero que siempre tuviera existencias, sino otras condiciones esenciales: Aya de jurar a cómo le cuesta y paga cada cántaro de vino y la carga de diez cántaros. Pero ¿bastaría con el juramento del tabernero…? En vez de cubas, entonces se utilizaban cántaros. Supongo que el transporte se haría por medio de carros siquiera hasta las estribaciones del Pirineo. Luego, en cargas de mulos por las foces y montes empinados de las cercanías. Y haya de traer del mejor y más barato que hubiere… Lo de siempre: las tres bes. Bueno, bonito y barato.
Parece que de la gestión diaria de la taberna se encargaban las mujeres. Los hombres tendrían que emplearse en trabajos más duros y penosos. Por eso dice sobre la tabernera:
Y que la tabernera aya de ser a contentamiento de los señores jurados. ¿Cómo entender eso del contentamiento? ¿Que tuviera abierta la taberna y atendiera a todo el personal con toda seriedad y diligencia? ¿Que fuera cariñosa y dulce con sus señorías…? Y que aya de dar a cada uno su justa medida. Cántaros y pintas rebosantes, no radidas. Y de vino puro, no bautizado. Jurados y vecinos conocían perfectamente el dicho: ‘bochorno frío, tabernera vieja, agua seguro’. Y otra obligación bien rigurosa: y sea diligenta (la tabernera) de levantar a cualquier hora del día y noche a dar su recaudo (a atender) a los que fueren por vino.

Doroteo Urzainqui y Victorino Eguinoa. Burgui.
Esta condición parece a todas luces algo excesivo, una manifiesta exageración. O sea que si a uno o varios sujetos se les acababa el vino a las altas horas de la noche o madrugada, podían acudir por simple vicio a quebrar el sueño de la pobrecita tabernera… ¡Que en estos tiempos posmodernos de horarios rígidos y de sujetos de derechos más que de deberes vinieran con esas exigencias a los expendedores de alcohol…!
Todo lo anterior dice bien a las claras que nuestros antepasados, tan bregados en labores y caminatas, le daban suma importancia al vino, que alegra el corazón del hombre según la biblia. Al fin y al cabo, era uno de los pocos gustos que podían darse a diario en unos tiempos difíciles y austeros.
Por aquellos años, y aún después, en Burgui también había viñas. Las últimas en el siglo XIX, en el término de Santa Lucía. Pero el del pueblo debía ser un brebaje escaso y de poco grado, por lo que debían importarlo en su mayor parte. ¿De dónde lo traían? De Lumbier, Artieda… Pero también de más lejos: Puente la Reina, Tafalla, Sierra de Ujué y de la Ribera de allá del Ebro. Por ejemplo, hasta de Tudela, según consta en otros documentos.
Suponemows que la compra de vino se haría como cuando aún funcionaba la Cooperativa de Consumo de Burgui que conocimos los mayores. El presidente de la Cooperativa, junto con algún miembro de la Junta compraban el vino que luego llegaba en cubas. Pues en el siglo XVII algo parecido: el tabernero, junto con algún jurado (concejal), se dirigían al punto de compra, elegían el producto, también apalabraban el transporte en carro por un tanto, y a esperar a que llegara hasta donde podían andar los carros. De ahí a Burgui, a baste.
Ah, y durante todo el año un jurado ojo avizor, vigilando que las condiciones impuestas en el arriendo se cumplieran a rajatabla. Sí señor. El de la taberna era un servicio de primera línea en el abastecimiento de los vecinos de Burgui. Entonces, ahora y siempre.
Hoy lloramos y lamentamos una pérdida importante, ¡muy importante!, la de Félix Sanz Zabalza, presidente de nuestra Asociación La Kukula, expresidente de la Asociación Cultural de Almadieros Navarros y protagonista principal de la recuperación, salvaguarda y difusión de la historia e intrahistoria de Burgui.

Félix Sanz Zabalza
Félix, desde su generosidad y desde su conocimiento, fue siempre una persona dispuesta y colaboradora. Y gracias a ello nuestra historia, en todos sus ámbitos y parcelas, ha quedado recopilada en buena medida. Por eso, ciertamente Félix se nos ha ido, pero la huella que ha dejado aquí es ya completamente imborrable.
Y es que son numerosos los trabajos de investigación, recopilación, salvaguarda y difusión relacionados con la historia de Burgui que Félix ha compartido con todos los que, como él decía, “nos sentimos orgullosos de cobijarnos a las faldas de la kukula”. Muchos de estos trabajos -y poesías, otra de sus pasiones- se han ido publicando a lo largo de todos los boletines de La Kukula ya editados. También en este número incluimos su última aportación que se encontraba pendiente de publicar, un pequeño reportaje sobre la “taberna”.
Han sido también diversos, y variopintos, los diferentes libros editados por Félix a lo largo de los años. Sirva este listado como referencia de su pródiga obra:
- Maderistas y almadieros del Roncal (1993)
- Viejos usos, palabras y expresiones de Burgui (1997)
- Burgui, un pueblo con historia (2001)
- Viejos y nuevos relatos (2005)
- Almadías por los ríos de Navarra (2008)
- Un día de otoño (2008)
- Tipos y vidas. Burgui: siglos XVI-XIX (2010)
- Ventanas a la tarde (2012)
- Las brujas de Burgui (2013)
- Duodécimo año triunfal (2015)
En reconocimiento a la labor de recuperación del patrimonio almadiero recibió la “Almadía de Oro” en el año 2006 desde la Asociación de Almadieros Navarros.
Huella imborrable por lo tanto. Y no hay exageración en esto. Antes de Félix nuestra historia era mucho más ambigua, estaba difuminada, sabíamos tan solo algunos pasajes que en muchos casos tenían más de épico que de realidad; y con esos conocimientos fuimos tirando durante siglos. Y tuvo que llegar Félix para extraer de los archivos toda la historia de Burgui, para documentarla, para ordenarla, para redactarla y publicarla. Y ahora nuestra historia ha quedado a la vista, sin ambigüedades, tal cual, con sus luces y sus sombras… sin nada que ocultar, sin nada que exaltar, huyendo siempre de apasionamientos desmedidos, ¡con profesionalidad!. Y este trabajo que él ha hecho ha venido a reforzar nuestra identidad y nuestro orgullo de estar enraizados aquí y no en cualquier otro lugar.
Para entender toda esta labor, todo el tiempo dedicado, todo este esfuerzo que él ha hecho en estas últimas décadas, basta con leer el poema, escrito por él, que publicamos en la última página de este boletín. Sin ese sentimiento, sin esa sensibilidad, sin ese amor a sus raíces… nada de cuanto ha hecho Félix hubiese sido posible. Y es que Burgui, sus gentes, su historia… fue la verdadera pasión de Félix.
Desde nuestra amistad hacia quien ha presidido hasta ahora La Kukula, desde nuestro profundo agradecimiento hacia todo su trabajo, que ha permitido dejarnos un legado que no tiene precio; desde nuestra admiración por su disposición, que tan fructífera ha sido… quede aquí, en letras de imprenta, nuestra pena y nuestra gratitud por esa accesibilidad que siempre le caracterizó a Félix.
Ya no le vamos a ver en nuestros actos culturales; ni veremos su sonrisa; ni le veremos pedalear con su bicicleta valle arriba; ni portar la cruz procesional, símbolo de la fe que heredó y de la que dio testimonio. Y sin embargo no va a dejar de estar. Este, entre otros, es su mérito. Burgui es patrimonio histórico, cultural y humano; todo ello confluye en nuestro compañero Félix. Hasta siempre, amigo. Y gracias.
Colectivo Cultural La Kukula