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El último fin de semana de agosto, de viernes a domingo y con romería popular de cierre, los cofradres de San José vecinos de Salvatierra de Esca y de Burgui renovaron su subida a la ermita de la Virgen de la Peña, que se levanta al borde un precipicio que preside la foz. El paisaje es tan amplio y espectacular como la historia de la que hoy son herederos 25 salvaterranos y burguiarres, en una tradición que hunde sus raíces en el año 1521 y surge para mediar en los conflictos por los pastos.
Pedro Aznárez, párroco de Ansó que se ocupa de la atención espiritual y las celebraciones litúrgicas, a través de los libros parroquiales ha seguido la historia de las dos cofradías de origen medieval compartidas por miembros de Salvatierra y Burgui, aunque los vecinos de Lorbés (Zaragoza) y Castillonuevo cuentan con fechas propias de peregrinación al santuario.
Aznárez sitúa el origen de la Cofradía de la Virgen de la Peña en 1521, como iniciativa de la Iglesia para poner paz entre las comunidades de los pastores aragoneses y navarros que llevaron sus discrepancias a las peleas por el monte con varios hombres muertos. Al modo del conflicto del que surgió el ‘Tributo de las tres vacas’, van a ser los clérigos los que logren acordar la paz. El párroco subraya que cerca de la ermita se mantiene la denominación de un término llamado ‘Campo de las fuesas’, donde se debió enterrar a los muertos habidos en los enfrentamientos.

“La tierra salva” aragonesa
En 1208 el rey aragonés Pedro II hace un llamamiento para poblar “la tierra salva”, o libre de impuestos, al sur del valle de Roncal. Surge así Salvatierra de Esca, a la que se dotará con el Fuero de Ejea. El asentamiento se realizará sobre una colina (tozal en el decir aragonés) circundada por el río Esca, aguas abajo del viejo monasterio de Santa María de Fonfría que es de fundación navarra en el 850 por García Íñiguez, rey de Pamplona, en la época en la que Wilesindo es obispo.
Toda la comarca lo es de monasterios y castillos. En la visita de Eulogio de Córdoba ese mismo año destacará la existencia de comunidades monacales pujantes que va a encontrar en Urdaspal (Burgui), luego derivado a Burdaspal, y San Vicente de Igal (Salazar) en su camino desde Leire hasta San Pedro de Siresa (Hecho).
Burgui acogió en su término dos castillos de realengo (vinculados directamente al monarca, no a un señor feudal dependiente) en las cuculas del propio pueblo y de Pintano, en el límite con Garde y como puesto avanzado sobre la raya de Aragón. El término cucula procede del latino ‘cuculla’, hace referencia a un vestido talar amplio que vestían los libertos romanos y tenía una caperuza puntiaguda abatible. Es el mismo étimo que da lugar a la voz ‘cogulla’, el hábito monacal.

‘El Ceremonioso’ y ‘El Malo’
En 1338 Pedro IV de Aragón, ‘El Ceremonioso’, casa con la infanta María de Navarra -de la que luego enviudará-, hermana del futuro rey Carlos II, conocido como ‘El Malo’ y que por las fechas era un niño. La dote no se paga en efectivo por los reyes Felipe III y su esposa Juana II y hay una serie de poblaciones navarras que pasan a depender del aragonés como garantía hipotecaria. Es preciso realizar un proceso de “desnaturalización” en junio de 1338 ya que el monarca era el “señor natural de sus súbditos”, que le debían vasallaje y el pago de pechas -impuestos- a cambio de la protección real y el cumplimiento de sus fueros. Son los alcaides de los castillos de Burgui, Santacara, Gallipienzo, Murillo el Fruto, La Estaca y Arguedas los que realizan el acto.
Con Carlos II de Navarra en el trono se declara la guerra contra Pedro IV. Los hechos de armas son favorables a los navarros. Así, del 18 al 26 de julio de 1362, hay una extensa documentación emitida por el rey navarro desde Salvatierra de Esca con casi una veintena de órdenes reales. En una de ellas manda a Guillermo de Auvre, tesorero del reino, que pague a Alí Alhudalí, moro ballestero de Tudela, cuanto se le deba por causa de sus gajes por el tiempo que ha servido a dicho rey en la guerra contra Aragón. El 11 de agosto, desde Roncesvalles, el rey ordena a García Miguel de Elcarte, guarda de la tesorería, que pague a Juan Testador, maestre de su Escudería, 10 libras que le correspondían por poner el pendón real de Navarra en el castillo de Salvatierra de Esca, y otras 10 por ponerlo en el de Ruesta, ambos conquistados en el reino de Aragón.

Orígenes cofrades
Tras las riñas por los pastos entre navarros y aragoneses el clero de la zona busca una salida pacífica y deciden constituir en 1521 una cofradía llamada de la Virgen de la Peña que admita 20 miembros de Salvatierra y 10 de Burgui. En 1628 surge una segunda agrupación, también con integrantes de ambas localidades, que suben al santuario pero que centran su devoción en san José. La dedicada estrictamente a la Virgen de la Peña decae en el siglo XX y se extingue en 1950, según Pedro Aznárez. Es entonces cuando la de san José se hace sucesora y llegado el día de hoy cuenta con 25 miembros. La cifra máxima que puede admitir es de 30 y está regida por un prior -turno rotatorio por antigüedad-, que cuenta con el apoyo de un sirviente que aprende cómo organizar actos y avituallamientos, ya que el fin de semana de convivencia comporta un celebración penitencial conjunta con rezo del ángelus y rosario y los cofrades pernoctan en el pequeño complejo de edificios que rodean el santuario. Históricamente han sido gentes de buen comer y beber, solían incluso acarrear una porción de nieve -preservada en verano en las ‘niveras’- para refrescar viandas y botellas. Como curiosidad Pedro Aznárez destaca que en las cuentas de los años 40 del siglo pasado se pagaba más caro el tocino que la carne o el aceite.
En la actualidad la peregrinación más importante a la Virgen de la Peña, la de los cofrades de San José, está condicionada por la celebración de las fiestas de Salvatierra de Esca que se acomodan al fin de semana más próximo al 8 de septiembre, fecha tradicional cuyo domingo anterior establecía la romería.
Los pueblos de los alrededores tienen días propios de subida. Salvatierra acude el lunes después de Pentecostés -el Ayuntamiento pone pan y vino-, el 2 de agosto por el jubileo de la porciúncula (indulgencia ganada por san Francisco de Asís para sus frailes) y el domingo anterior a las fiestas patronales. Burgui sube la víspera de la Asunción y el 2 de agosto con los de Salvatierra. Castillonuevo lo hacía el 20 de junio y ahora con la despoblación lo programa el sábado más cercano a esa fecha. Los de Lorbés acuden una semana antes que los de Castillonuevo, la tarde de la festividad de San Antonio; pernoctan y regresan al día siguiente tras la comida.

Prodigio de las herramientas
Los ‘Gozos a Nuestra Señora de la Virgen de la Peña’, que se cantan en la celebración, recogen del segundo al quinto -con rima que horrorizaría a Quevedo- retazos de un asunto tenido por prodigioso. Los de Salvatierra quisieron en su origen honrar a la Virgen en un lugar más acomodado y cercano al pueblo. Pero lo que construían durante el día era misteriosamente derribado por la noche, y así varias jornadas hasta que finalmente desaparecieron las herramientas de trabajo. Poco después se hallaron en lo más alto de la roca y aquello fue interpretado como un prodigio mediante el cual la Virgen señalaba a los fieles cuál era el lugar elegido para su culto.
Tras la misa dominical, en la que el celebrante dio el agua bendita a cada cofrade, los miembros desfilaron hasta un pequeño monumento presidido por una cruz para la salutación final. Visten en la ceremonia capa negra amplia sobre pantalón oscuro con camisa blanca a cuyo cuello se anuda un pañuelo también blanco. Los zapatos son negros y los cofrades tienen a gala lustrarlos a fondo.
Dentro de seis años la Cofradía de san José cumplirá 393 años de peregrinación propia y serán cinco siglos justos como heredera de la Virgen de la Peña. Quinientos años de concordia entre Salvatierra y Burgui con una tradición que se mantiene viva.
Curiosa fotografía en la calle Karkalutxea de Burgui datada el 21 de septiembre de 1975 en la que se aprecia un arco con flores y una pancarta en la que se puede leer: «Valerio, la juventud de Burgui pide por ti. Tú, pide por ella». Corresponde a la fecha de ordenación como sacerdote de Valerio Baines Sanz, de Burgui. En la fotografía, Francisco Fuertes y sus nietas Virginia y Angelines. Fotografía cedida por Ricardo Fuertes.
Al borde de un farallón cortado a pico, a 1.294 metros de altitud, se alza en tierras de Salvatierra de Esca la ermita de la Virgen de la Peña. Este fin de semana los cofrades de San José han vuelto a ocuparla con retiro y romería. Son herencia viva de una tradición documentada en 1521 como una conciliación de la Iglesia en conflictos pastoriles que causaron varias muertes. Cuenta con miembros vecinos de Salvatierra y Burgui, a ambos lados de la muga entre Aragón y Navarra, y es que hubo una época en la que los burguiarres fueron aragoneses por mor de la política matrimonial y los salvaterranos navarros por la fuerza de las armas.

Imagen ermita Virgen de la Peña. Fotografía: Juan Antonio Recari Elizalde
En 1338 casa Pedro IV de Aragón con la infanta María de Navarra, hermana del futuro rey Carlos II, conocido como ‘El Malo’. Ya que la dote no se satisface en efectivo hay una serie de poblaciones navarras que pasan a depender del aragonés como garantía hipotecaria, y entre ellas Burgui.
Por otra parte, guarda el Archivo General de Navarra documentación precisa de la semana larga que Carlos II de Navarra pasó en Salvatierra en julio de 1362. Estaba entonces en guerra contra su excuñado Pedro IV y Juan Testador, maestre de escudería, va a recibir 20 libras de gratificación por poner el pendón real de Navarra en los castillos de Ruesta y Salvatierra. Así, el 2 de agosto de 1362 Miguel Sánchez de Ursúa, caballero y maestro de ballesteros, reconoce haber recibido del tesorero del reino 4 ballestas grandes de torno y 20 de estribera para la defensa de los castillos de Ruesta, Salvatierra y Burgui.
Superadas querellas viejas hoy desde la Virgen de la Peña se disfruta de un paisaje esplendoroso en el que como novedad destaca el perfil del viaducto inmenso y acabado que salva Sigüés para la Autovía del Pirineo. Es bueno conocer la historia pero es mejor usarla como puente que no como foz. Guste o no, toca convivir y ahí los cofrades ofrecen un testimonio especial en el que dentro de seis años celebrarán cinco siglos de entendimiento.
El víspera del Día de la Almadía, caprichosa coincidencia, despedíamos y dábamos sepultura a Juan Urzainqui García (1922-2015), que nació, vivió y murió en Burgui, sin otra trashumancia en su vida que la que le impuso durante un tiempo su oficio de pastor y su dedicación al transporte fluvial de la madera.
Empezó Juan de pastor, de pastor trashumante, de los que llevaba el rebaño a tierras aragonesas. Fue después hombre de bosque y de río. Domador de madera y navegante con mano firme al remo, lo mismo en el río que en la vida. Pastor y almadiero…, almadiero de oro, roncalés de los pies a la cabeza.
Colectivos como La Kukula o como la Asociación Cultural de Almadieros Navarros hemos sido receptores de sus conocimientos y aportaciones a la cultura de nuestro pueblo. No hace tanto que en la cocina de su casa iba rememorando y recitando los nombres de las fuentes del término de Burgui a petición de nuestro colectivo La Kukula. Él iba cantando los nombres, y Bienve, su inseparable Bienve, los iba anotando.
Se da la circunstancia de que tan solo un mes antes de su fallecimiento fueron grabados para un documental sus recuerdos sobre las almadías. Al otro lado del puente, arrimado a la almadía, nos dejaba su testamento inmaterial; rodeado de focos y de micrófonos, desgranaba ante la cámara todos sus recuerdos y conocimientos de su vida almadiera; un testimonio que queda ya salvaguardado para siempre a través del Archivo del Patrimonio Inmaterial de Navarra
Reproducimos aquí, a modo de homenaje y de agradecimiento, algunos fragmentos de su última entrevista centrados en sus recuerdos como almadiero:
¿Cómo era el oficio de almadiero?
Pues muy duro y malo… en este valle si no cogías el palo tenías que ir con la madera, o sea que… a la madera al final, después a las almadías… o coger el palo y a la Bardena, con las ovejas. Esa era la vida de este valle.
¿Por qué era tan duro trabajar en las almadías?
Porque era en pleno invierno, se empezaba a últimos de noviembre y se acababa a mitad de mayo. Y todo el invierno pues ya me dirás, metidos en el agua, con lo fría que estaba… mayormente mojados todo el día, desde el punto de la mañana hasta que acudías a casa, que muchas veces los pantalones se subían helados, los quitabas en la cocina, los dejabas y se quedaban tiesos, ¡fíjate!, no se doblaban por el hielo que tenían. Así que ya me dirás lo duro que podía ser aquello. Claro… estábamos acostumbrados… y aguantábamos malamente.
¿Cómo fue tu primera experiencia en la almadía?
Yo la primera vez que bajé fue a los doce años, bajábamos dos almadías nuestras, y la primera que bajaba paró en la foz, y nosotros que bajábamos por detrás le pasamos la soga a ver si la podíamos arrastrar… y no podíamos. Y pasamos mi padre y yo, que íbamos en la de adelante, pasamos a la de atrás; y al tiempo de rancar, que ya rancó la almadía… yo ya pasé, pero mi padre se quedó en la de atrás y…, entonces íbamos uno adelante y otro atrás, no había de tres remos sino de dos, y claro… al llegar a Salvatierra, unos que estaban atando madera allí le preguntaron al puntero: -“¿dónde has encontrado esa cría?”… –“¡ahí riba estaba, en la foz!”…; con que ya… seguimos para adelante. Me podía haber parado para que me hubiera pasado mi padre, pero no hubo forma. Él era valiente, y sabía mucho de almadías… que ya era mayor, claro. Hasta el Matral llegamos, llegamos al embocadero del Aragón, que es donde estaba el Matral, y yo con doce añicos… me pude arrimar también. Ahí la atamos para subirnos a casa; dejarla allí, salir a la carretera, y a golpe de zapatillas a Burgui. Como te digo… en pleno invierno… se pasaba mal… mal. Y entonces en mayo ya se terminaba el almadío, ya se habían bajado las almadías; que no todos los años se dio curso a las almadías que había preparadas, por falta de agua, claro…; si no había agua no se podía bajar, y algunas se quedaban aquí todo el verano.
Aquí, encima de la presa, que llamábamos la badina… varias almadías se quedaban allí, sin poderlas bajar por falta de agua… y ya… a esperar al invierno siguiente….; se arreglaba lo que se podía para poder seguir adelante, y claro… la verga no aguanta mucho tampoco. Estando en el río más bien se podrían, pero bueno, tenía que pasar… con remedios y cosas pasaban el invierno… y arrear para abajo. Los ríos se ponían en condiciones, claro, y como te digo… ya era últimos de noviembre.
¿Cómo eran las almadías?
Mayormente por la Purísima se solía hacer ya un viaje a la Ribera. De aquí se bajaba entre dos en aquellos tiempos hasta siete tramos en una almadía… no se cargaban como últimamente de 4 metros de ancho; entonces eran de 2’80… y hasta siete tramos de almadía… uno adelante y otro atrás. Después ya se fue anchando los tramos y se llegó hasta 4 metros y ya se ponían dos remos adelante y otro atrás, o dos adelante y dos atrás… dependía de la madera, cómo era, si era gorda, si era más delgada… porque la madera había de piso, había de tejado y había de sierra… esa era la división de las maderas. Y luego la largura… el primer tramo de punta, secenes, eran 6’40; el segundo, el del ropero, era de 4’80, docenes que se llamaban; y era catorcenes el tercero, de 5’60; y luego ya lo que seguía, lo que se podía colocar, pero ya te digo que hasta de cinco y siete tramos. Y claro, llegabas al embocadero del Aragón, y allí lo que aquí se bajaba en dos, se ponía en una sola y… ¡arreando, ribera abajo! donde podían llegar a venderla.
¿Había dificultades para vender la madera?
Llegabas a los pueblos y ahí como sobraba alguno, se salía e iba pregonando por los pueblos, a ver quién quería comprar la madera, y algunas veces acertabas, se vendía, pero otras… El año cuarenta y ocho fue un año desastroso para los que teníamos madera, no había forma de vender un palo por ningún lado…; ese año teníamos nosotros dos almadías, y las pude vender en Caparroso a Justo Sainz, que tenía una serrería en ese pueblo… y así las pudimos vender. Bajábamos con intención de dejarlas para Pitillas, para la iglesia de Pitillas, pero se nos adelantó otro del pueblo y se conoce que ya no querían más y a picar a ver dónde… Y de allí me mandaron a Tudela a buscar algún dinero, y allá me encontré con un señor de aquí que se dedicaba al transporte de maderas, mayormente, y cuando me vio dice –“¿tú también estás aquí?”; y otros dos del pueblo que estaban, que habían llegado con una media, que se llamaba, dicen –“este ya la ha vendido, por lo visto”, –“¿ya la ha vendido?, ¡me alegro!” dijo, porque estaba la cosa un poco fea ya… no se podía vender la madera. Y de allí pues ya cogimos nosotros y a casa. Y lo que nos dieron pues ya esta, ¿qué le vamos a hacer?.
¿Hasta dónde llegaste en almadía?
A Zaragoza no llegué nunca. Siempre debajo de Buñuel… Novillas me parece que es el pueblo, lo más lejos que bajé yo fue hasta allí. Y de ahí para arriba pues eso… Tudela, Caparroso, Marcilla, Milagro donde más… y ahí dejábamos, se vendía la madera. Yo iba de peón, no iba siempre para casa. Se hacía lo que se podía y hasta doce tramos en cada media iban, mayormente se ponían cinco adelante y siete atrás. La primera era siempre la madera más gruesa, allí cinco tramos, y la segunda pues seis y siete (…)
Juan, ¿has conocido algún accidente en almadía?
Si. Aquí yo mayormente conocí uno en la foz de Arbaiun, ahí murió Donato Mendive Tolosana. Bajaban por la foz de Arbaiun, encallaron contra una piedra, el resto de tramos se fue solapando tipo bisagra, aplastó a los dos que bajaban adelante… y este hombre murió.
Y
después otro murió en Isaba también, en la presa de Isaba; ese también no sé que les pasó allí, y se ahogó. Y otro en el Congosto, de Salvatierra de Esca… ese se dedicaba al transporte de madera, y también cayó al río, y al tiempo que sacaba la cabeza le prensó un madero contra la peña; ese también era de los que se dedicaba a esto… Carmelo Calvo, almacenista de Zaragoza últimamente, pues un hermano de ese es el que murió en el Congosto.
Y después otro, de casa Felandón. Ese murió con un barreno, estaban limpiando el río, pusieron un barreno en una piedra para romperla, no explotaba, no explotaba… se acercó él, se le ocurre soplar, y entonces le explotó y ahí le dejó… Fernando García Laspidea era aquel.
Y eso, y aquí… tres críos también se ahogaron con las dichosas almadías, porque claro, salir de la escuela y ya estábamos todos corriendo a las almadías, y tres fallecieron, tres críos murieron allí… luego dijeron que era uno por un corte de digestión, pero los otros dos fue al caerse de las almadías abajo… a uno lo encontraron a los quince días ahí abajo, en la foz, metido entre unas piedras; y el otro, un crío rancó con pañalicos… estaba en un tramo en una almadía ahí encima de la presa, lo subían, lo bajaban, y este crío… a gatas, se metió al río, cayó… y su hermano salió corriendo y de ahí, de ese muro se tiró abajo, al río, y ahí le cogió, pero ya sin vida.
¿No tenías miedo?
No lo conocíamos, no conocíamos el miedo. Ahora, a mí también me tocó sacar a otro. Andábamos los dos de críos pasando de una almadía a otra, se cayó, yo acerté a coger un palo que había allí, se lo acerqué y lo saqué del río, le puse encima de la madera, y después un mozo que había por allí alrededor, lo cogió y lo llevó a la casa de este mocé.
Tu madre llegó a bajar en almadía, ¿es así?
Pues mi madre… teníamos madera nosotros en Ugañai. Estábamos mi padre, mi madre y yo atando la madera, aguamos la almadía y claro, pues había que bajarla al pueblo, pues entre los tres bajamos la almadía y la arrimamos ahí, en la badina encima de la presa. Yo iba atrás en la cola, mi madre con más miedo que alma en el ropero, y mi padre adelante, y ahí ya llegamos, mi padre entendía, sabía manejar la madera, y entonces la bajamos. Esa fue la única vez que bajó mi madre en la almadía.
Y para ti, que has sido almadiero y de familia de almadieros… ¿qué papel desempeñaba la mujer?
Pues la mujer ayudar a los hombres. En el atadero, mayormente, pues a dar verga, que hay que adobarla para meterla por los agujeros, y retorcerla… adobarla que decíamos, para poderla atar con más facilidad. Cortarla, se tuerce, se adoba, para que se pueda manejar, y esto ya ves, la convertimos en cuerdas, porque esto es unos palos de avellano; y eso lo cortas en un tiempo, la tuerces, y llega el tiempo de atarla, y la empleamos en los ataderos. Y las mujeres mayormente pues sí… iban al atadero a ayudar a los hombres.
¿Era importante su labor en la actividad familiar?
Se aplicaban a todo lo que podían; no les bastaba con la tarea de casa y tenían que ir al atadero también; al atadero, a la huerta, y a todo lo que salía… ¡no se descuidaban, no, entonces, ni lavadora ni nada, no había adelantos para poder excusar un trabajo.
¿Te gusta que ahora vuelvan a bajar las almadías?, ¿te sientes reconocido y homenajeado?
¿Homenajeado?… pues ya he hecho yo también todo lo que he podido. La gente pues sí… veo que tienen interés por mí… Desde el año noventa y dos que se formó la Asociación de Almadieros, que precisamente fue en Isaba, en una comida, y allí se formó la Asociación de Almadieros; y a partir de allí pues ya empezamos a hacer una almadía, después dos, y hasta tres bajábamos. Y bien contentos y felices.
¿Qué sentiste cuando otra vez volviste a almadiar?
Para entonces ya habíamos hecho una almadía para el Gobierno de Navarra también, que me tocó bajarla aquí en el pueblo, y después fuimos a la foz de Lumbier. ¿Emocionados?, ¡nos gustaba!… creo que practicamos hasta los treinta años, el año cincuenta y dos fue cuando se cerró el pantano de Yesa, y ya se acabó el almadeo, y después, en el noventa y dos hicimos la almadía para el Gobierno de Navarra, que la proyectaron en la Expo de Sevilla, y ahí nos llevaron a nosotros también, y pasamos dos días allá contentos.
Juan… ¿eres el último almadiero?
¡Aún quedan!. Queda Pablo Tolosana Turrillas, ese es quinto mío, a ese también ya le tocó bajar, ya, muchas veces. Y después hay otro, José Francisco Pérez Elizalde, de casa Palicas, ese vive en Pamplona. Ese era de los jóvenes, más joven que yo, vamos, también le tocó bajar; un viaje bajamos hasta Milagro con ellos: nosotros para Modesto, y él con su padre en una media, hasta Milagro, ahí la vendieron, coger el tren y a Pamplona. Aquí en el pueblo alguno más también habría bajado pero ya al final y en contadas ocasiones.
Si nacieses de nuevo… ¿volverías a ser almadiero?
Si no quedaba otro remedio… ¡a ver lo que ibas a hacer!. En casa no te ibas a quedar, había que sacar la costilla por donde fuera. Porque yo también fui pastor, ¡eh!, no me tocó solo almadiar, que también estuve en la Bardena cuidando ovejas, ¡de todo!… se terminó el almadeo, y entonces marché pastor también.
¿Qué significa para ti este río?
Pues este río, hasta el año cincuenta y dos, fue la vida de muchos en este valle, mayormente de Burgui. Cuando se dejaba de almadiar, que ya se subía a los pueblos de arriba… de Burgui salían ciento cincuenta personas a trabajar en la madera.
La Tejería, situada en los antiguos sotos que llevan su nombre, y cuyos restos ya son inapreciables, estuvo en funcionamiento hasta hace unos setenta años, más o menos, pero en este caso nos remontamos bastante más atrás, en concreto al año de 1660.
El 14 de marzo de 1660 comparecieron los que luego se enumerarán ante el notario de Burgui, Pascual Bronte. Cabe destacar que este letrado ejerció la notaría casi durante cuarenta años. Durante ese periodo Pascual Bronte ejercía su función no solo para los vecinos de nuestro pueblo, sino también para otros pueblos del valle. Pues bien, comparecieron ante tal notario Juan Lorea, Miguel Glaría y Miguel Sanz, regidores del pueblo por una parte, y, por la otra, el que sería el arrendatario ese año de la tejería, Francisco Aguirre, vecino del lugar de Samper de baxanabarra del Reyno de Francia. No es la primera vez que venía un oficial texero francés. En 1652, por ejemplo, arrendó la tejería Bernarde de la Viele de Mugurri, también de la Baja Navarra.
¿Cómo funcionaba el servicio municipal de tejería? Los vecinos de Burgui comunicaban al Ayuntamiento la cantidad de tejas y ladrillos que, según sus previsiones, iban a necesitar próximamente para hechura o arreglos de sus casas y bordas. Decimos ‘próximamente’ en sentido amplio, porque parece que no todos los años se arrendaba la tejería. Cuando el Ayuntamiento, por la cantidad y urgencia de los pedidos, creía conveniente, se convocaba el arriendo.
Las cláusulas del arriendo de ese año 1660 tienen su interés. En primer lugar, se convino que al tejero hará la texa y ladrillo de dos hornadas, aunque si hiciera falta una tercera hornada, se realizaría. No sabemos cómo sería la hornada, pero cabe suponer, o que en cada hornada se cocía bastante material, o que el pedido no habría sido muy alto. Lo que está claro es que el tejero hacía las unidades solicitadas y permanecía en el pueblo solo mientras cumplía con su trabajo. Después cogía los bártulos y… a otra tejería a cantar.
Otra condición era que la tierra que se acostumbra a llevar a la texería de la bachondoa la acarreen los vecinos para los que se va a cocer la teja y el ladrillo. Bachondoa parece significa ‘junto a Bacha’, término conocido por sus viejos quiñones, ahora transformados en viveros de pino. De Bacha, pues, debían llevar la tierra, que luego en la tejería se encargarían de refinar, con alguna especie de molón tirado por caballerías, en esta proporción: una carga de tierra por cien tejas, y lo mismo por cien ladrillos. Regidores y vecinos estaban presentes cuando salían las hornadas, para inspeccionar el producto, de modo que toda texa y ladrillo que saliere mal cocida sea hechada affuera, lo mismo que las que salieren demasiado cocidas, que estén torcidas y que no sean apegadas unas con otras. Antes de pagar, había que revisar el género para comprobar si estaba a gusto del consumidor.
También se exigía al tejero que aya de hacer (tejas y ladrillos) y aga de la misma marca, largura y reciura que se acostumbra en la villa. En palabras más actuales, no cambiar de modelo.
¿Cuál era el precio del producto? Este año de 1660 los vecinos debían pagar a Francisco Aguirre tres ducados, unos 75 reales (el sueldo del peón venía a ser de 3 reales sin la costa), por mil tejas; y 30 reales, por millar de ladrillos. El precio, pues, lo imponía el ayuntamiento, no se dejaba al arbitrio del tejero.
Como los tejeros de entonces no debían ser precisamente unos potentados, el ayuntamiento procuraba hacerles algunos adelantos para que pudieran trabajar sin pasar demasiada necesidad. Así, otra cláusula determinaba que al tejero, mientras trabajaba, se le hay de dar por quenta de la villa una carga de trigo, y que los vecinos (le den) para companaxe. En otras palabras, el ayuntamiento, para el pan; los vecinos, para potaje y ración. Pero esos anticipos se descontarían del total al hacer las cuentas.
En resumen, que el oficio de tejero no debía ser precisamente una bicoca. En beneficio de los vecinos se ajustaba mucho los precios, que serían muy parecidos en los pueblos del entorno. Pero se cumplía con un buen servicio a la comunidad. Siempre ha sido muy agradable ‘dormir bajo teja’, arrullado al son de las goteras.
Al igual que sucedía en otras muchas localidades navarras, se ha podido constatar que en el Valle de Roncal también existían algunos hospitales que tenían como objetivo poder atender a los enfermos, en particular a los pobres y a los transeuntes. Hay que tener en cuenta que las condiciones de vida, especialmente en lo que a alimentación e higiene se refiere, eran el caldo de cultivo idóneo para la propagación de todo tipo de enfermedades que se cebaban en todo el vecindario, y de forma muy especial en los más pobres. El sentimiento de solidaridad humana y de caridad cristiana hacía que cada pueblo del valle se preocupase de asistir sanitariamente a todos los vecinos, así como a cuantos indigentes pasasen por estas villas.
Del hospital que hubo en Burgui apenas hay datos. Únicamente se sabe, hasta ahora, que en el año 1652 el Ayuntamiento de Burgui encargó al carpintero Joan Itarta la obra “que se ha de hacer en el ospital que tiene la dicha villa”. Se trataba, por tanto, de hacer una obra de reforma en un hospital que ya existía, no sabemos desde cuando. La obra que este carpintero tenía que hacer estaba centrada en el sabayao, y le fue adjudicada por 6 ducados y medio; a esto hay que añadir que las vigas y los trallos (materiales) corrían a cargo del concejo. El contrato de esta obra se firmó ante el escribano Pascual Bronte el 22 de diciembre de 1652, comprometiéndose el carpintero a dejarla acabada antes del último día de junio de 1653. El mayordomo del hospital en ese año era Joan de Inza.
Parece que siempre hubo en Burgui posadas y mesones para acoger a los transeúntes. Al fin era un punto bastante estratégico, de convergencia de dos importantes rutas: la de Pamplona al Roncal, vía Navascués, por Larringorrea; y la de Aragón y Sangüesa, por la Foz. Caminos ‘de baste’, como se llamaban, esto es, no de carruajes -habría carros en los pueblos para llanos y distancias cortas-, sino de caballerías. Todos los productos de importación venían a lomos de acémilas conducidas por arrieros. Además, Burgui estaba a considerable distancia de los pueblos circundantes, lo que invitaba a muchos viajeros a hacer un alto, o pernoctar en el pueblo.
En 1654 solo existía un mesón que fue arrendado -el ayuntamiento sacaba a subasta todos los servicios- por Joan Ardaiz por 12 ducados (unos 150 reales) para un año.
En las cláusulas de arriendo se exigía que el que rendare dicho meson haya de dar el recaudo (cuidado, atención) necesario a los huéspedes que binieren a la villa con toda limpieza que se requiere y se acostumbra en este Reyno (el de Navarra) y haya de vender el pan conforme tuviere el precio en la panadería y el vino conforme en la tabierna (taberna) y paja (para las caballerías) conforme el arancel que cada mes le dieren los señores jurados (regidores). ¡Nada de engaños y picardías! De lo anterior, además, cabe deducir que algunos huéspedes -los de menos recursos, como siempre- harían las comidas por su cuenta, comprando solo lo estrictamente necesario.
Ante todo, pues, la higiene. Se ordena que los señores jurados puedan reconocer las camas que hubieren siempre que les pareciere durante dicho año de rendación (arriendo). Pero, si al mesonero se le exigíen duras condiciones en el arriendo, también había que protegerlo de la falsa competencia de los pícaros: que ningún vecino pueda hacoger a ningún biandante ni forastero que le pague nengunos intereses (no se le puede cobrar nada) sino que sea persona propia (familiar), bajo pena de dos ducados. En resumidas cuentas: que los vecinos podían acoger en sus casas a parientes o a amigos, pero debía hacerse gratis.
En 1675 ya había dos mesones que fueron arrendados por Joseph Borro y Domingo Eliçalde, que se mantuvieron a lo largo de todo el siglo XVIII.
¿Cuáles eran los productos y precio del menú? No lo sabemos con certeza. Sin embargo, podemos forjarnos cierta idea por los aranceles de precios que los mesoneros debían poner a la vista de los clientes, y no sobrepasarlos, si no querían ser sancionados por los regidores-inspectores. En la lista hay productos básicos, humildes y más suculentos, con precios en consonancia con el género. He aquí algunos, a modo de ejemplo, de finales del siglo XVIII, sacados de las ordenanzas municipales de aquel tiempo:
-Libra de truchas: 2 reales. La libra de pescado, mayor que la normal (372 gramos), vendría a equivaler al medio kilo, y el jornal de un peón se pagaba entonces a unos 4 reales.
-Libra de barbos: medio real (¡vaya diferencia!)
-Libra de madrillas: tarja y media. Como tres cuartos de real, algo más que los barbos.
-Los huevos a 3 cornados cada uno. El cornado venía a equivaler a la mitad del maravedí, y un real tenía dieciséis maravedís. En definitiva, que no valía mucho un huevo.
-Una gallina buena: 6 tarjas (3 reales)
-Un pollo hecho: 6 tarjas (3 reales)
-Un libra de queso: tarja y media (tres cuartas partes del real). Al parecer andaba bastante barato.
-Una libra de requesón: 12 cornados = 6 maravedís (como una tercera parte de real), menos de la mitad que el queso.
-La pareja de perdices: 2 reales….
Basándonos en los datos anteriores, podemos hacernos una idea de algunos menús de los mesones, a base de productos de la tierra, aunque también ofrecerían otros platos con productos, traídos del exterior a la tienda o a la taberna.
Como en otros servicios, estaba todo atado y bien atado por los señores regidores, dispuestos siempre a inspeccionar y sancionar, para que nadie se saltare las cláusulas del arriendo. En el siglo XVIII además del bullir de los propios vecinos, en Burgui hacían un alto, o pasaban la noche en los mesones, caballeros e hijosdalgos, arrieros, trajineros y vendedores de distintos productos del exterior.
En Burgui durante los últimos siglos hubo un par de hornos municipales. Uno de ellos -de él hoy no queda más que el solar- era el de Portalatín, porque el amo de esta casa debía ser el propietario del local y arrendatario del servicio. Estaba situado en la calle del Medio, debajo de casa Aguyo, enfrente de la casa de Carlos Zabalza. Era un pabellón con tejado a dos aguas y mobiliario elemental: bancos corridos, unas simples mesas para trabajar la masa y un horno de leña con boca de hierro manipulada a palanca. El otro, de parecidas características, era el de Mañuelico, situado en la calle de la Cruz, en el solar que hoy ocupa la casa de Prudencia Sanz, frente a casa Larrambe.
¿Cómo funcionaban los hornos? La víspera de hacer la hornada -generalmente las familias hacían pan sólo una vez a la semana- las dueñas cernían la harina y preparaban la masa en su propia casa. El día señalado la hornera, muy de madrugada, llamaba por tres veces en las puertas de las dueñas. El primer aviso era para que encendieran el fuego, el segundo para que calentaran el agua, y el tercero para masar (amasar). ¿Cabe servicio más esmerado?
Poco después comenzaban a entrar a la tahona las amas de casa -normalmente acudían al horno que les caía más cerca- cargadas con la masa envuelta en un mantasco, y comenzaban a moldear figuras de panes, alguna torta, e, incluso, algún muñeco o figurilla para los niños. Marcaban las piezas con la señal de la casa (pellizcos de diverso tipo o señales muy sencillas, pero de larga tradición), para poder identificarlas cuando salieran del horno. Con las manos en la masa, la conversación se animaba repasando habladurías sobre noviazgos, disputas o escándalos más o menos trascendentes en la villa. La hornera alimentaba la lumbre, barría con matas de boj el suelo del horno y, por medio de palas de diversos tamaños, iba depositando los distintos moldes de masa en el horno. La propia hornera los sacaba después cocidos, y cada dueña volvía a casa con su capazo a la cabeza lleno de hogazas, y con una cesta con tortas azucaradas e, incluso, alguna dulce chuchería. ¡Buen día, para los niños…! Y también para los mayores, que no hacían ascos al pan crujiente, a pesar del conocido y taimado refrán: ‘casa de pan tierno, casa de mal gobierno’.
Y ¿qué recibía la hornera por sus desvelos, leña, ropa (mantas) y utensilios que ponía a disposición de sus clientas? Un trozo de masa por cada masada cocida. En 1643 había que entregar a la hornera una libra de pan en massa por cada robo de la especie. Además se le exigía vender el pan que produjeran esas raciones de masa al mismo precio que el de la panadería. En definitiva, que no debía ser gran negocio el de hornero, o mejor, de hornera, que es la que llevaba el peso del trabajo. Sacarían tan solo el pan para casa y unos cuantos reales más por el que vendieran con la aportación de las clientas, pero cumplían una hermosa misión de intendencia para la villa.

Alejandro Ezquer en su panadería de Burgui
Por lo que había costado, y por lo que suponía para la familia, el pan tenía algo de sagrado. Era pecado tirar el pan. Se señalaba la hogaza con una cruz antes de cortarlo. Y todos los domingos y fiestas de guardar cada familia, por turno riguroso y con un esmero extraordinario, llevaba cortado a la iglesia el pan bendito, que se repartía en la Misa Mayor al comenzar el ‘Padre nuestro’.
Los dos hornos municipales debieron funcionar hasta la Guerra Civil (1936-39). Después de la Guerra muchas amas de casa aún siguieron amasando en casa, pero ahora llevaban a cocer la masa a las panaderías de Rumbo, Juan Grande y Pelaire. Hacia 1950 recogieron cedazos, artesas y mantascos y comenzaron a acudir, como las señoras de la capital, a la panadería a por el pan de cada día.
En los documentos antiguos se diferencia claramente entre hornos y panadería. Se subastaban por separado los dos servicios. Parece que el fin primordial de la panadería era proveer de pan a los que no sembraban: clérigos, carabineros cuando los hubo, médico etc. Sin embargo, es muy posible que los mismos hornos ejercieran también la función de panadería. Podían hacerlo perfectamente. Lo cierto es que, durante siglos, la gran mayoría de amas de casa de Burgui acudían a cocer el pan de su hogar a los hornos municipales.
En el año 1932 Alejandro Ezquer Andreu abrió la actual panadería que hoy -ya en la tercera generación- continúa ofreciendo a vecinos y visitantes los afamados cabezones y tortas de txantxigorri en uno de los pocos hornos de leña existentes en el Pirineo. Un pan estupendo para hacer tostadas junto al fogón o un buen caldero de migas, plato común de almadieros y pastores, hoy convertido en menú de celebraciones.
Enlace a reportaje sobre panadería Ezker en Diario de Noticias, 14/12/2014
Entre las muchas curiosidades que nos depara la historia menuda de Burgui llama la atención, por ejemplo, los ocho casos de caza ilegal registrados en los años 1633 y 1634. Se trataba de denuncias formuladas por el fiscal contra vecinos de este pueblo por cazar perdices, y por pescar truchas y barbos, en tiempo de veda con aparejos prohibidos. Entre los vecinos denunciados por el fiscal aparecen los nombres de Jacinto Uztárroz, Juan Sanz, Pedro Bronte, Pedro Gallués, Juan Ardaiz, Juan Martínez, Domingo Garate, Tomás Alcazaba, Martín Gallués, Martín Glaria, Miguel Martínez, Miguel Urzainqui, Juan Pascual Pérez (cirujano), Pedro Iñiguez, Domingo Sanz, Lorenzo Ustés, Juan Gambra, y Pedro Erlanz, entre otros muchos.
Se da la curiosa circunstancia de que Juan Pascual Pérez, que desempeñaba el oficio de cirujano, es el vecino que más veces fue sorprendido y sancionado por las prácticas ilegales de caza y de pesca.
Los documentos que generaron aquellas ocho denuncias se conservan en el Archivo General de Navarra.
Del “Anuario General de España. 1950” (Tomo III) extraemos los siguientes datos de la localidad de Burgui:
“Villa con ayuntamiento, de 559 habitantes de hecho y 702 de derecho; a 58 kms. de la cabeza del partido y a 80 de la capital. Estación más próxima: Liédena. Carretera de Navascués a Uztarroz, y Venta Carrica – Sigüés a Burgui. Río Esca. Fiesta 29 de junio. Produce cereales, madera, y cría de ganado”.
Además de ello, nos aporta los siguientes datos:
Alcalde: Román Elizalde.
Secretario: José Villanueva.
Juéz Municipal: Paulino Ara.
Fiscal: Baldomero Gárate.
Escuelas Nacionales – Profesores: Pascuala Abad, Carmen Sola, Julián Maldonado.
Correos: Casimiro Urzainqui.
Teléfonos: Santiago Elizalde.
Párroco: José Oroz.
Albañiles (Maestros): Aizcorbe, Aurelio – Iriarte, Cirilo – Laspidea, Eulogio.
Aserrar maderas: Eguinos, hermanos.
Automóviles (servicio diario): A Liédena, diario, a las 11,30 y 15 horas; otro servicio los martes, jueves y sábados, a las 6 horas. – A Pamplona, diario, a las 11’30 y 15 horas.
Cafés: Caspiara, Eulogio – Fuertes, Máximo – Lampérez, Simeón – Urzainqui, Sebastiana.
Carnicería: Baines, Lorenzo.
Carpinterías: Lacasia, Pablo – Laspidea, Eulogio – Laspidea, Pablo.
Comadrona: Ustés, Francisca.
Comestibles: Abizanda, Félix – Lampérez, Simeón – Sociedad La Burguiesa – Urzainqui, Sebastiana.
Electricidad (Fábrica): Del Ayuntamiento.
Estanco: Elizalde, Domingo.
Farmacia: Vacante.
Ganaderos: Aznárez, Adrián – Aznárez, Babil – Aznárez, Gil – Lorente, José Francisco – Palacios, Lorenzo – Urrutia, Simón – Urzainqui, Jerónimo – Urzainqui, Lorenzo – Urzainqui, Vicente.
Guarnicionero: Fuertes, Máximo.
Harinas: Molino del Ayuntamiento.
Herrería: Clemente, Elías.
Hojalatería: Domínguez, Fernando.
Madera (Tratantes): Ara, Evaristo – Elizalde, Domingo – Urzainqui, Gabriel.
Médico: Iglesias, Teodosio.
Modistas: Ezquer, Felipa – Gárate, Carlota.
Pan (Hornos): Fuertes, Francisco – Ezquer, Alejandro.
Panaderías: Ara, Paulino – Ezquer, Juan.
Pastelerías: Avizanda, Félix – Cooperativa – Larequi, Vda. de.
Peluquerías: Domínguez, Fernando.
Pieles de conejo (Comerciante): Ayerra, Inocencio.
Posada: Urzainqui, Sebastiana.
Sociedades: Caja Rural – Cooperativa.
Tejas y ladrillos (Horno): Rey, Domingo.
Tejidos (Comerciante): Avizanda, Félix.