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Donato Mendive Tolosana. In memoriam.

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Mar
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Me llamo Donato Mendive Tolosana y nací en Burgui un 12 de diciembre de 1893. A los 48 años, el 4 de marzo de 1942, sufrí un mortal accidente de almadía en la foz de Arbayún. Al cumplirse ahora 80 años de dicho infortunio dejo aquí relatada mi historia para que no caiga en el olvido.

Donato Mendive Tolosana y estampa de varias almadías descendiendo por el río Eska

Decía que nací en Burgui, Valle de Roncal, un 12 de diciembre de 1893, hijo de Francisco Mendive Ariño, natural de Castillonuevo, y de Francisca Antonia Tolosana Domínguez, natural de Burgui.

Mi madre había quedado viuda tras su primer matrimonio con Pedro Garbisu, con quien ya tuvo una hija, Fermina Anacleta Garbisu Tolosana, quien sería por lo tanto la heredera de todo el patrimonio familiar. En segundas nupcias mi madre se casó con mi padre, Francisco, con quien tuvieron siete hijos: Petra Eulogia (1879), Rosalía (1881), Salustiano Mariano (1883), José (1885), Clara (1887), María (1889) y servidor, Donato (1893).

Siendo el menor, y a diferencia de mis hermanos, yo no abandoné el pueblo que me vio nacer. Mi hermano José decidió probar fortuna emigrando a Argentina, de donde ya nunca regresó, tan solo llegaron algunas cartas y fotos que contaban noticias de su nueva vida. Algunas hermanas emigraron a Francia, donde trabajaron inicialmente en fábricas de alpargatas pero tampoco volvieron. Del resto de hermanos mayores no guardo ya recuerdo.

Mi  hermanastra, Fermina, heredera de los bienes de la familia, falleció sin dejar descendencia, por lo que fue su marido José Lorente quien heredó todas las propiedades de nuestra familia. Y así fue como todos los bienes de la familia Mendive Tolosana pasaron a otras manos, puesto que José falleció sin descendencia tras casarse con Lorenza Iriarte Calvo, de Vidángoz, viuda de Quintín Mina, de Ustés, de cuyo matrimonio había nacido su única hija Juliana Mina Iriarte.

Mi niñez y mi juventud fue dura, ayudando a padre en los trabajos del campo y del monte. Al fin y al cabo, yo fui el único hijo varón que quedó en casa y responsabilidad mía era la de acompañar a padre en todas aquellas faenas y tareas en el huerto, los sotos, los quiñones y los pinares. Trabajo no faltaba y así es como me inicié de aprendiz en los trabajos del bosque, cortando pinos, destajando las ramas, arrastrando con caballerías los troncos y preparándolos en los ataderos construyendo tramos que luego otros, los veteranos, descendían por el río formando almadías. Qué envidia daba verlos navegar río abajo, a la búsqueda de nuevas aventuras, lugares y gentes. Era un viaje hacia lo desconocido para el que, de momento, no estábamos todavía preparados. Mi sitio era el pinar, a la vez que ayudaba en otras tareas de casa como cortar las hierbas, trillar en la era o entrecavar la huerta. Todas las manos eran pocas según la época y toda la familia contribuía en los trabajos.

Cerca de casa, junto al puente medieval, vivía una moza que rondaba mi edad. Dominica Bertol Ayerdi se llamaba. La veía casi todos los días, puesto que vivíamos cerca y pasaba varias veces por delante de su casa en la calle Mayor. Sus padres parecían mayores, luego supe que en realidad eran unos tíos-abuelos que la habían acogido como heredera al no tener descendencia. Nicolás Domínguez y Francisca Jaúregui se llamaban y ella era hermana de su abuela materna Jerónima. Pero en realidad Dominica era hija de Braulio Bertol Jaúregui y de Eustaquia Ayerdi Laspidea, ambos de Burgui, que vivían con el resto de sus hijos en la zona próxima a la iglesia del pueblo. Dominica acudía regularmente a su casa nativa puesto que a pesar de haber sido acogida por sus tíos era difícil y duro desvincularse de su propia familia. Era una joven esbelta, muy morena y apenas dos años más joven que yo, del 20 de diciembre de 1895.

Antiguo retrato-dibujo de Dominica Bertol y Donato Mendive realizado a partir de fotografías

La cosa es que Dominica y yo contrajimos matrimonio canónico en la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol de Burgui el 2 de octubre de 1918 ante el presbítero D. Joaquín Zudaire Garjón. Fue entonces cuando abandoné mi casa nativa y me trasladé, unos pocos metros más abajo, a la que habitaban, en régimen de alquiler, mi esposa Dominica junto con sus tíos. Para entonces mi hermana Fermina ya había fallecido y mi cuñado José era el nuevo amo de todos los bienes.

Mi matrimonio con Dominica fue fugaz. Apenas veinte años juntos en los que formamos una familia de la que nacieron nuestros cinco hijos: Pepita (1919), Florentina (1922), Iluminada (1925), Fidelio (1927) y Eladio (1931). Para entonces, a mis 25 años, yo ya era un tripulante de agua dulce, almadiero viajero que tras el trabajo en el bosque y en el atadero se embarcaba río abajo conduciendo almadías desde el remo delantero, sorteando curvas, salvando recodos, saltando presas y venciendo en cada viaje a los obstáculos que la vida ponía en nuestro camino.  Con la juventud va asociada la aventura, el riesgo y la emoción sobre la almadía. Con la paternidad, apareció ya la responsabilidad, el temor y la preocupación. Pero era nuestra forma de vida, nuestro medio de subsistencia, nuestro pan de cada día para nuestras familias.

Del río Eska pasábamos al Aragón y del Aragón al Ebro. De las estrechas foces, con su angosto cauce y sus aguas bravas se llegaba a la calma, a ríos anchos y tranquilos, tan solo salpicados por pequeños puertos o presas donde encarar la punta de la almadía para un buen salto. Formábamos cuadrillas de almadieros, buenos hombres y compañeros, que generalmente trabajábamos para el mismo amo, maderistas de nuestra zona que nos contrataban, unas veces solo como almadieros y otras, la mayor parte, para realizar también los trabajos en el bosque. Tenía su encanto. Pero también su soledad, acentuada por el distanciamiento de nuestros seres más queridos. Había veces en las que los trabajos eran en pinares próximos al pueblo, por lo que cada día acudíamos a dormir a casa, no sin antes una buena caminata. Si el lote estaba más alejado pasábamos varios días en el bosque, durmiendo en bordas en el mejor de los casos o en cabañas que nosotros mismos construíamos colocando ramas y en colchones a base de bojes. A mi me gustaba bajar a casa y, aunque cansado, agrupar a toda la chiquillería en torno a la lumbre del fogón y recitarles coplas, canciones y oraciones que mi padre me enseñó. También algunas cuentas, pues bueno era transmitir también algunos conocimientos que bien les vendrían el día de mañana. Ante todo, espabilados. Cuando regresaba de almadiar de tierras de la Ribera, no había viaje que no subiera regalices de palo para todos los hijos. Modesto regalo era, pero bien apreciado.

Almadía con dos punteros y dos coderos descendiendo por el río

Dominica la pobre tenía que encargarse en mis ausencias de todo el trabajo diario, que no era poco precisamente. Al cuidado de los cinco niños se sumaba el de la tía Francisca, pues el tío Nicolás ya había fallecido unos años antes. El huerto estaba cerca de casa, pero la huerta de los Sotos y los quiñones subiendo a Sasi requerían también un esfuerzo al que ya iban ayudando los hijos. A esto se le añadían los trabajos diarios de casa como cocinar y realizar la colada, así como atender los animales, apenas unas gallinas, conejos y el cerdo, que todo venía bien para tantos, así como una burra que nos ayudaba a acarrear leña o las patatas que sembrábamos en los alejados campos de Urdazpe. Pepita, la mayor, tuvo que aprender a trabajar pronto. «Lástima que no hubieras sido un chico», le comentaba en más de una ocasión. Con ella compartí muchos momentos, pues ella era quien desde bien pequeña me traía el morral con la comida cuando trabajaba en el monte, quien me acompañaba a la huerta o quien traía a casa en la burra la leña que hacíamos en el monte. Qué miedo le tenía a la burra, pues era una burra guita y más de una vez le tiró toda la leña al suelo. Yo solía poner lazos cerca de las sendas para cazar conejos a primera hora cuando iba al monte y Pepita recogía luego las piezas que caían cuando venía al mediodía a traerme la comida.

Así transcurría nuestra vida cuando la casa en la que vivíamos de inquilinos se puso a la venta, ofreciéndome su propietario la posibilidad de comprarla. Pero no eran buenos tiempos para comprar casa con un solo jornal y cinco bocas que alimentar. Las necesidades eran muchas y los recursos, escasos e inciertos. Pese a los ánimos del propietario para acordar unos cómodos pagos, por prudencia acabamos abandonando esa casa, que fue comprada para acoger la actual panadería del pueblo. Nos trasladamos entonces, también en alquiler, a otra casa en la parte alta del pueblo, llamada casa Pedro León.

Vista parcial del pueblo de Burgui

Allí nos tocó el estallido de la Guerra Civil y allí falleció Dominica, mi mujer, en el año 1939 a la injusta edad de 44 años, contando Eladio, el menor de los hijos, con solo 8 años de edad. Una enfermedad mal diagnosticada y peor tratada por el médico cirujano del pueblo fue el desenlace final para Dominica, cuyos restos reposan en el camposanto de Burgui. Pepita, con 20 años de edad entonces, fue a la fuerza hermana y madre para todos los demás hermanos.

Yo ya contaba con cierta edad, 46, y el trabajo en la almadía se hacía cada vez más duro de soportar. Largas caminatas hasta los ataderos, viajes arriesgados y difíciles, siempre mojados hasta la cintura, a veces con los pantalones cuarteados por el hielo, compañeros que sufrían golpes o caídas o graves enfermedades provocadas por las duras condiciones en el río. Noticias que llegaban de otras almadías del valle que habían sufrido percances, alguno incluso con accidentes mortales, pues muchos de los almadieros no sabían ni siquiera nadar. En esos años la mayor parte de los mozos del pueblo, y no tan mozos, éramos almadieros. Almadieros o pastores. Unos río abajo con las almadías y otros cañada arriba y abajo con los rebaños de ovejas. El de almadiero estaba algo mejor pagado y, al menos en la juventud, satisfacía el deseo de la aventura y la curiosidad. Llegar a una ciudad como Zaragoza era todo un descubrimiento de gentes, modas y tendencias que luego contábamos a nuestra vuelta.

Hacia el año 40, otra vez por la venta de la casa en la que vivíamos, tuvimos que mudarnos de nuevo. Esta vez a casa Molinas, próxima al río y a la casa en la que vivimos inicialmente y que ya era la panadería. Y también nuevamente de alquiler. Esta casa se había quedado deshabitada unos pocos años antes, tras el fallecimiento en el año 1936 tanto de su propietario, Nazario Labiano Calvo, como de su segunda mujer, María Isabel Glaría López, con la que se había casado tras quedar viudo de Bonifacia García Zabalza. El destino quiso que Nazario quedara viudo y solo, a pesar de tener cuatro hijos, pues sus dos hijas emigraron a Francia y sus dos hijos a Argentina. Ninguno de ellos volvió jamás. Su segunda esposa ya tenía una hija, Eusebia Bronte, a más razón curra, por algún accidente mal curado que debió de tener en la infancia.  Su padre, Angel Bronte, era de casa Foroso, y por ello su hija Eusebia recibía el mote de “la curra forosa”.

Junto con el alquiler de la casa Molinas acordamos también el de su pajar, situado nada más pasar el puente medieval, en el término llamado Lizabarroa o Sitxea, y que Nazario Labiano había edificado en el año 1918 tras comprar el solar en la subasta de terreno realizada por el ayuntamiento para la edificación de diferentes pajares. La casa estaba muy descuidada desde la marcha de Eusebia, pues no siendo hija natural de Nazario no era ella la heredera, sino los cuatro hijos repartidos por Francia y Argentina que habían abandonado Burgui para siempre.

En marzo del año 1942 dos almadieros de Burgui fuimos contratados por un maderista de casa Bernat, del vecino pueblo de Iciz en el Valle de Salazar, para conducir una almadía por el río Salazar. Qué poco nos gustaba ese río para almadiar si venía crecido, pues el paso por la foz de Arbayún era especialmente complicado. Una determinada marca que existía en una roca en el cauce, dependiendo de si quedaba al descubierto o tapada por el agua del río, marcaba la dificultad o imposibilidad de navegar con almadías por esa foz. Adentrarse almadiando sin verse la marca era algo que muchos almadieros evitaban, salvo que quisieran poner a prueba su pericia y experiencia.

Imagen de una almadía de seis tramos tripulada únicamente por un puntero y un codero

Me despedí de mis hijos el 4 de marzo de 1942 prometiéndome a mi mismo y prometiéndoles a ellos que ese era el último día que acudía a almadiar a ese río. Salí al punto de la mañana junto con Fidel Aznárez, compañero almadiero de Burgui, unos diez años más joven que yo. Queríamos llegar cuanto antes al atadero donde ya nos esperaba la almadía que teníamos que tripular hasta donde nos dijera el amo, un tal Compains de importante casa maderera. El Salazar bajaba bravo y furioso, pero no estaba crecido de riada por lo que parecía sensato almadiar. No sería la primera vez en la que, tras ver el río, había que abandonar y aplazar el descenso de la almadía para poder hacerlo en condiciones más seguras para los almadieros.

Ese día iniciamos el descenso, yo de “puntero” con un solo remo delante de la almadía y Fidel de “codero” detrás, mano a mano, como tantas otras veces ya habíamos descendido.

Al aproximarnos a la foz de Arbayún vimos que algunas almadías permanecían amarradas a la orilla, tal vez desaconsejando continuar el trayecto pero el encargo de Compains era urgente y la entrega de la madera debía realizarse lo antes posible. Un giro de cabeza y una mirada fue suficiente para confirmar nuestro propósito de seguir adelante. Teníamos experiencia, muchos viajes tripulando almadías, sorteando obstáculos y jugando a vencer a la muerte. De reojo pudimos ver que el fuerte caudal del río no terminaba aun de rebasar la maldita marca de la roca.  Encaramos la foz rápidos, apretando con todas mis fuerzas el remo que nos guiaba. La sensación del paso por la foz siempre resultaba angustiosa pues se trataba de un auténtico callejón formado por inmensas paredes verticales que se abrían paso en el desfiladero. Un poco más adelante estaba el llamado “puerto largo”, un paso especialmente estrecho con un prolongado puerto a modo de presa tras cuyo salto el tramo delantero se hundía en el cauce a la espera de ser reflotado de nuevo y de forma inmediata por la fuerza que ejercían el resto de tramos que componían la almadía. Tan estrecho era ese punto de paso que un pequeño golpe seco e incierto de la almadía contra algún saliente de la roca vertical podía provocar que el tramo delantero chocara y frenara en seco. Y eso es precisamente lo que nos ocurrió.

Presa en la foz de Arbayún por la que, con peligro, pasaban las almadías

El impacto fue tan brusco que caí rápidamente sobre los troncos, quedando la almadía atascada en su primer tramo. El resto de tramos, empujados por la fuerza del río, fueron amontonándose unos encima de otros formando una pila de maderos que crujían y se rompían, cayendo varios de ellos que aun permanecían unidos sobre mi cuerpo tendido. Fidel, en cuclillas y agarrado todavía al remo del tramo trasero pasó por encima de mí arrastrado por la fuerza del río. La corriente nos desplazó varios metros aguas abajo, donde pude agarrarme a una berguizera que sobresalía próxima a la orilla. Todo fue muy rápido pero lo suficientemente lento como para ser consciente de la gravedad del accidente, de las lesiones producidas, de la pérdida total de la madera y de que en Burgui aguardaban mi regreso mis cinco hijos a los que había prometido nunca más almadiar en ese río. No podía abandonarlos de esta manera pero la vida a veces es cruel y se ensaña con los más desgraciados.

En las inmediaciones de la zona se encontraban trabajando Jesús Nicuesa Irigoyen junto con su hijo José Nicuesa Pérez, carboneros de la cercana localidad de Lumbier, más concretamente de casa Paulo. Se encontraba con ellos también una hermana, Pilar, que ese día había acudido a ayudarles a recoger el carbón. Todos ellos acudieron raudos a mis gritos desesperados de “Ay, madre; ay, madre” pues el dolor que sentía tras ser aplastado por los troncos era extremadamente intenso. Padre e hijo bajaron a brincos desde una canaleta de agua existente hasta el lugar del río en el que yo me encontraba paralizado agarrado a una mata.

Mi compañero Fidel se encontraba unos metros aguas más abajo del puente de Usún, en medio del cauce del río sobre un tramo roto de la almadía. Fue socorrido por Enrique, cabrero de casa Valentín, también de Lumbier, que se hallaba en el lugar con el rebaño de cabras y que acudió también alertado por nuestros gritos. Valentín estaba convaleciente pues todavía le supuraban las heridas provocadas en las piernas por la metralla de la Guerra Civil pero se metió al río a socorrer a Fidel sin vacilar ni un solo momento.

Jesús Nicuesa consiguió cogerme en hombros para sacarme del río y subir a la senda, mientras que su hijo José, un mozo de 19 años de edad, apoyaba sus manos en mi cuerpo para ayudar a su padre con mi carga. Consiguieron subirme al burro que allí tenían con dos sacos cargados de carbón a cada lado, no sin antes enrollarme en dos mantas por debajo de los brazos bien prietas y atadas con una soga para que yo fuera lo más apretado posible. Desde allí, y en esas condiciones, emprendimos camino por una senda hacia el pueblo de Usún. Allí salieron a nuestro encuentro con un macho y una escalera a modo de camilla y a pesar de la insistencia de los carboneros por continuar la marcha, acabaron por pasarme a la camilla tirada por el macho, emprendiendo camino hacia Domeño y de allí hacia el hospital de Lumbier.

Hospital de Lumbier hacia 1925 y fotografía del médico José Gómez Itoiz

El trayecto se hizo largo y penoso, el dolor insoportable y el pensamiento en mis hijos desolador. Me llevaron directamente a la “erica”, pues ahí estaba el edificio del Hospital de Lumbier, donde fui atendido por el médico José Gómez Itoiz, quien a la vista de mi grave estado solicitó que me llevaran esa misma noche en automóvil al Hospital Provincial de Pamplona.

Mi hija mayor, Pepita, se encontraba esa tarde en Burgui lavando la ropa en el río junto con su inseparable amiga Esperanza Ayerdi, quien no dejaba de cantar y silbar mientras lavaban. Algo presentía Pepita, pues le reprochó que no cantara tanto, que alguna desgracia ocurriría. Horas más tarde recibían el aviso del fatal accidente y alertados de la gravedad varios familiares emprendían andando camino hacia Navascués subiendo por el monte de Larringorrea. La tormenta que se desencadenó esa noche fue tal que los relámpagos iluminaban el trazado de la senda que luego se convirtió en barranco por la gran cantidad de agua que bajaba.  De Navascués siguieron hacia Lumbier, donde ya llegaron al día siguiente, esperando allí encontrarme. Tras ser informados de mi traslado a Pamplona, tuvieron que esperar al día siguiente para tomar el autobús regular que cubría el trayecto de Lumbier a Pamplona.

Pero no llegaron a tiempo. A las once horas del día 7 de marzo de 1942, yo, Donato Mendive Tolosana, fallecí en el Hospital Provincial de Pamplona a consecuencia de un shock traumático y hemorrágico que me provocaron los golpes de los troncos de la almadía tras el impacto en la foz de Arbayún. Ante la ausencia de familiares, mi cuerpo fue dado sepultura en el cuadro 6, línea 19, fosa 19 del Cementerio Moderno de Pamplona, lejos de mi Burgui que me vio nacer y del camposanto donde reposaba mi mujer Dominica.

A mis 48 años de edad perdí la vida sobre la almadía, dejando huérfanos a mis cinco hijos. No había otro pensamiento en mi cabeza desde el momento del accidente que no fuera poder abrazar a mis hijos, decirles lo mucho que les quería, que fueran buenas personas en la vida y que sentía haberme montado en esa almadía que me condujo a la muerte, que sentía haberles dejado solos, que sentía el porvenir realmente duro que les esperaba. Pero la vida a veces es cruel y se ensaña con los más desgraciados.

Rúbrica original de Donato Mendibe en partida de nacimiento de una de sus hijas.

Reportaje elaborado mediante testimonios orales y diversa documentación investigada por Iñaki Ayerra en homenaje, reconocimiento y admiración a la figura su bisabuelo Donato Mendive Tolosana.

Otra joya de fotografía…

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Mar
31

Hay fotografías que ensanchan corazones y que te trasladan a otras épocas donde admirar el coraje y el esfuerzo de nuestros antepasados. Son imágenes que reflejan la intrahistoria de un pueblo y que constituyen un verdadero tesoro para el patrimonio, en este caso, del colectivo almadiero de Burgui. Pincha sobre la propia fotografía para poder observarla a tamaño completo.

 

Es el caso de esta fotografía que presentamos a continuación, depositada en el Archivo General de Navarra y a la que hemos tenido acceso a través de la gentileza de Jose Castells Archanco. Figura documentada como fotografía de 12 x 17 cms. con técnica de «gelatina de revelado químico» y en papel baritado. Sobre el original de la fotografía figura la anotación mecanografiada «Transporte de almadías por el río Aragón», lo cual es un error porque claramente se trata del río Esca. Se encuentra adhesivada a una memoria de la Diputación Foral fechada el 20-08-1938, si bien la fotografía es anterior a 1921 como explicaremos más adelante.

La fotografía aparece incluida también en la «Guía Turística de Navarra» editada en el año 1929 bajo el patrocinio de la «Excma. Diputación Foral y Provincial de Navarra y el Excmo. Ayuntamiento de Pamplona».

No figura el autor de la fotografía, si bien podemos aventurarnos a atribuírsela a José Roldán Bidaburu, quien entonces trabajaba para Litografía Roisin, autores de las fotografías que acompañaban las guías turísticas de Navarra en esos años.

Trataremos a continuación de aportar y poner en valor diversos aspectos de los que aparecen en esta fantástica fotografía:

Se trata de una instantánea en la que el fotógrafo recoge el momento del salto de una almadía por el puerto de la presa de Burgui. La almadía se compone de cuatro tramos y está conducida por dos únicos almadieros, un puntero delante y un codero detrás. La longitud de los troncos del último tramo es proporcionalmente mayor que la de los troncos de los otros tres tramos. En el tramo segundo se encuentra el ropero donde se aprecia la alforja y ropa de repuesto o espalderos.

Observando el extremo derecho de la fotografía se aprecia perfectamente una segunda almadía aproximándose también al salto de la presa. Se compone de tres o cuatro tramos y está conducida por dos únicos almadieros, uno delantero y otro trasero. A diferencia de los de la primera, la indumentaria de estos dos almadieros es camisa blanca y chaleco negro. Lástima que los cuatro almadieros permanezcan en el más absoluto de los anonimatos.

El edificio de la izquierda se trata del molino del pueblo y presenta la estampa habitual de un molino harinero y batán (máquina hidráulica compuesta de gruesas mazas de madera movidas por un eje para golpear, desengrasar y encurtir los paños). Posteriormente sería remodelado abriéndose diversos ventanales y se reconvirtió para generar también electricidad, perdiendo ya la utilidad del batán, si bien la fuente existente junto a él sigue denominándose «fuente del batán». En la parte trasera del molino habría una tajadera para regular el agua de entrada y el batán tenía otra más para cerrar su salida y así poder retener agua en su interior. Bajo el arco del molino se aprecian los ejes o estructuras para encajar el ascenso y descenso de la compuerta que regulaba la salida del agua del batán. A destacar que todavía no existía la actual tajadera ni el muro para la canalización de la salida del agua del molino.

En cuanto a la presa y el puerto por el que descendían las almadías nos atrevemos a asegurar que no se trata de la construcción actual, sino que está construida con maderos dispuestos longitudinalmente y entrecruzados. El elevado caudal no permite distinguir tal estructura compleja de troncos salvo, observando con detalle, en la propia rampa del puerto, a la derecha del tercer tramo de la almadía, donde se distinguen al menos cuatro o cinco troncos dispuestos de forma paralela formando la rampa. Y es que no fue hasta el año 1921, siendo alcalde Coronado Glaría Salvador de casa Onpedro, cuando se llevó a cabo la construcción de la presa y puerto con piedras y cemento que existe actualmente. Por ese motivo no figura en esta fotografía la actual tajadera existente al lado del puerto que permite regular el cauce del río en caso de riadas. Concluimos por lo tanto que esta fotografía es anterior al año 1921.

Otros detalles que llaman la atención son los muretes que delimitaban la zona de huertos en la parte superior de la presa, el amplio pedregal existente también aguas arriba que dirige al cauce del río a la margen izquierda y el monte del fondo, Batxa, completamente limpio de arbolado y arbustos ya que en aquella época se utilizaba para la siembra mediante «quiñones» (pequeñas parcelas de titularidad municipal que eran sorteadas entre los vecinos para su cultivo, generalmente de cereal). También apreciamos a la izquierda dos tipos de chimeneas, una antigua y otra más moderna: la primera corresponde a un fogón tradicional mientras que la segunda sería, a buen seguro, de una cocina económica, el gran adelanto de aquellos años.

En definitiva, estamos ante una nueva joya para la interpretación del patrimonio y la historia de Burgui, así como de la memoria de nuestros antepasados almadieros, verdaderos marineros de agua dulce a los que una vez más volvemos a rendir nuestro más sincero homenaje y reconocimiento.

Burgui, 1916. Mucho más que una fotografía…

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Mar
14

Estampa de Burgui en julio de 1916.

Pinchar sobre la fotografía para visualizarla en tamaño completo

Nos complace presentar esta preciosa fotografía realizada en Burgui en el año 1916 que nos ha cedido nuestro buen amigo y asiduo seguidor José Ignacio Riezu Boj. Se trata de una instantánea inédita que podríamos considerar como una auténtica joya por los diferentes aspectos que a continuación vamos a ir detallando. Son varias las estampas antiguas que se conservan con diferentes vistas de nuestro pueblo pero ninguna como esta aporta tan valiosa información gráfica a nivel etnográfico, histórico o de indumentaria. Un tesoro que estamos encantados de compartir y de interpretar.

Técnica fotográfica:

La  fotografía que presentamos está realizada con la técnica de la «estereofotografía». En este caso, una cámara de fotos hace dos tomas simultáneas pero separadas 7 cms. entre sí, la misma distancia de separación de los ojos del ser humano. Esto permite, al verla a través de un visor estereoscópico, observar la escena tridimensionalmente. Es una técnica fotográfica que se utilizó mucho en el siglo XIX y principios del siglo XX y que posteriormente cayó en desuso. La que mostramos está realizada sobre una placa de vidrio con emulsión de gelatina y en positivo, lo que hace que sea el original y probablemente sin copias. La placa de vidrio tiene unas dimensiones de 16,9 x 8,4 cms. y el par fotográfico de 7×7 cms.

Espacio y tiempo:

Se trata de una estampa costumbrista realizada en la localidad de Burgui (Valle de Roncal, Navarra) en el mes de julio del año 1916. Recoge un paisaje del casco urbano del pueblo con el puente medieval y tres personajes en primer plano.

Origen de la fotografía:

La fotografía perteneció a la colección de la familia de Teodoro Ruiz de Galarreta que fue vendida a un anticuario de Valencia hace unos años. La fotografía se adquirió por José Ignacio Riezu Boj en el año 2010 y está fechada en el mes de julio de 1916 (hace ya por lo tanto 101 años). En ella aparecen retratados, según la nota de la fotografía, el propio Teodoro, su cuñado José Alfonso y una paisana de Burgui.

Los personajes:

Teodoro Ruiz de Galarreta Maestu (primer personaje por la izquierda) fue un rico propietario nacido en 1884 en Pamplona, casado con la donostiarra María Felisa Mocoroa Durán en 1921 y gran aficionado a la fotografía. A lo largo de su vida -falleció a los 70 años el 14 de julio de 1954- reunió una ingente colección principalmente de fotografías estereoscópicas, muchas de las cuales las realizó tras sus viajes por diferentes pueblos navarros.

El siguiente personaje (en el centro) es José Alfonso Zarranz, que ejerció como médico en Burgui -al menos- entre 1907 y 1912. Casado en esta última fecha con una hermana de Teodoro, llamada María Pilar, se desplazó a vivir y ejercer la profesión a Pamplona, donde adquirió gran fama. De hecho, una de las calles del barrio de San Jorge en Pamplona recibe seguramente su nombre, “José Alfonso, médico”, en relación a este mismo personaje.

La escena nos muestra por lo tanto una excursión por el valle de Roncal de Teodoro y José Alfonso. De hecho, hay varias fotografías más de este viaje por los pueblos roncaleses. En su parada en Burgui se fotografiaron también con otro lugareño con indumentaria roncalesa y en este caso se retrataron con esta paisana de la derecha.

Pero… ¿quién podría ser esta buena mujer?. Partimos de varias consideraciones previas para realizar una hipótesis que nos permita aventurar su identidad: La fotografía está obtenida desde el trazado del Camino Real que conducía hacia Salvatierra de Esca y que daba acceso a su vez a varios pajares en el término de Sitxea, también conocido como Izabarroa. Partimos de la base de que la señora porta sobre su brazo izquierdo una cesta que, ampliando la imagen, intuimos que contiene huevos. La mayor parte de los actuales pajares existentes en Sitxea no se construyeron hasta después  del año 1918 (momento en el que el vecino Nazario Labiano, de casa Molinas, solicita al Ayuntamiento de Burgui la posibilidad de adquirir un trozo de terreno para edificar un pajar y ante lo cual el ayuntamiento inicia un proceso de subasta de terrenos para atender esta y otras solicitudes). Existían por lo tanto en 1916, año de la fotografía, únicamente dos pajares en esa zona: el de Zarrajero, destinado seguramente al ganado vacuno por las características del edificio, y el de Lupercio, del que hay constancia que en la planta baja tenían las gallinas y el cerdo. La fotografía está realizada precisamente a escasos metros de la puerta de acceso a este último pajar. Consultando el libro de Matrícula de la Iglesia de Burgui para ver quiénes componían la unidad familiar de casa Lupercio en esa fecha, nos atrevemos a asegurar que la identidad de esta mujer podría corresponder a Celedonia Pérez Iriarte, nacida en 1863 y que falleció el 19 de febrero de 1963 unos pocos días antes de llegar a centenaria. Por lo tanto, suponiendo con estas premisas que fuera ella, tendría una edad de 53 años en el momento de realizar esta fotografía.

Valor artístico:

Consideramos la instantánea estéticamente perfecta. El autor ha sabido componer la imagen colocando, en la parte superior izquierda y al fondo, el pueblo; en la parte inferior derecha y en primer plano, a los tres individuos; y a modo de diagonal de izquierda a derecha y de atrás a adelante, el magnífico puente de Burgui que parece señalarnos, como una flecha, a los tres protagonistas.

Valor indumentaria:

Pero por lo que consideramos que esta fotografía es única es por la indumentaria que usa esta mujer. A diferencia de los dos turistas, ella porta la indumentaria roncalesa. Lleva pañuelo en la cabeza, blusa de largas y huecas mangas, corpiño o justillo y larga falda.

La falda encimera la lleva caída, en su posición natural; normalmente la falda encimera cumplía el papel de bolso (se subían la parte delantera y se la amarraban a la cintura por detrás, de tal forma que allí metían cosas, muy especialmente cuando recogían productos en la huerta).

La mujer viste un corpiño típicamente roncalés, de uso ordinario, muy sencillo. Unas simples cintas bordeando el escote. Se trataría de lo que puede ser el único testimonio de un corpiño de diario, ya que no se conoce otra fotografía en todo el valle con esta indumentaria.

Nos atrevemos por lo tanto a decir que estamos ante el único testimonio de la indumentaria femenina roncalesa de diario. No puede tratarse de la indumentaria de gala o de fiesta, ya que viene de recoger huevos en un cesto y unos turistas le han “pillado” para fotografiarse con una lugareña.

Valor histórico y etnográfico:

Aparte de su notable valor anterior, la instantánea presenta también un importante valor etnográfico e histórico ya que nos muestra diferentes elementos significativos de la época:

  • Las mayor parte de las casas del pueblo aparecen mostrando desnudas sus fachadas con negras piedras. Solamente se distinguen dos o tres casas enlucidas totalmente.
  • Algunas de las casas presentan encalados los alrededores de alguna ventana o balconada. El blanqueado del contorno de puertas y ventanas con cal además de servir para sanear los vanos de los edificios, servía también para poder identificar de noche la puerta y las ventanas cuando no existía la luz eléctrica.
  • Sobre la mayor parte de los tejados sobresalen grandes chimeneas, muchas de ellas troncocónicas, antaño tan típicas del valle y en la actualidad ya desaparecidas, salvo merecidas reconstrucciones que vuelven a recuperar la estructura antigua de estas chimeneas. Obsérvese la preciosa chimenea que existía en la casa que actualmente, pero no en 1916, alberga la panadería Ezker.
  • En muchos de los tejados se observan también las llamadas “palomeras”, pequeñas ventanas salientes con tejadillo que permitían el acceso al tejado desde el sabaiao.
  • No existe en la fotografía, por haberse construido a mediados de los años 20, la actual casa Juana Mayo edificada junto al puente. En su lugar se aprecia una escollera de piedras a modo de talud para sostener el trazado de la carretera que discurre por la parte superior.
  • Se observa por el contrario una edificación ya desaparecida que se encontraba en la actual zona de aparcamiento junto a la panadería, prolongando el trazado de la calle Mayor. Se trataba del pajar de Calvo, que fue demolido para el ensanche y acondicionamiento de la actual carretera.
  • El edificio del molino fue también posteriormente remodelado, abriéndose diversos ventanales que no existen en el momento de esta fotografía. Presenta aquí la estampa habitual de un molino harinero, pues todavía no generaría electricidad.
  • Se distingue, detrás de casa Molinas con su esbelta chimenea, otra casa algo más alta que tras incendiarse fue comprado su solar para ampliar la entonces casa Almazán, dando lugar a lo que actualmente conocemos como casa Avizanda.
  • En la casa conocida como Juan Rosildo se aprecia claramente en su fachada bajo la chimenea un pequeño saliente a modo de cajón. Recibía el nombre de “sucaparre” o “socaparre” y era un espacio interior en el fogón de la cocina que sobresalía hacia el exterior para permitir la colocación de leñas largas. Hoy en día no se conserva ya ninguna de estas estructuras salientes en la localidad.
  • Podemos afirmar, tras un proceso de ampliación digital, que la presa se encuentra construida por maderos entrecruzados. Incluso el puerto para las almadías parece estar construido mediante largos maderos. Y es que no fue hasta 1921, siendo alcalde Coronado Glaría Salvador de casa Onpedro, cuando se construyó la presa y el puerto que conocemos actualmente. Se trata por lo tanto de la única fotografía conocida de esta presa construida mediante maderos.
  • Excepcional es también, ubicada en la esquina del inicio del puente desde el pueblo, la existencia de una columna de piedra que formaba el crucero que delimitaba la entrada al casco urbano del pueblo. A pesar de las ampliaciones no se consigue apreciar si existe la cruz, también en piedra, que debió presidir el alto del crucero, y de la que hay constancia documental a través de un grabado realizado hacia el año 1874. De no existir ya la cruz en 1916, bien podría tratarse también de la base para colocar la imagen de la Virgen de la Peña con motivo de las romerías que desde este punto se iniciaba hacia su ermita. De hecho, al construirse la casa Juana Mayo junto al puente está confirmado que se hizo una pequeña hornacina en su fachada para albergar esta imagen.
  • En la carretera, junto a casa Onromán, se aprecia aparcada una carreta o carromato para ser tirado por caballerías y cubierto por una capota.
  • Junto al inicio del puente, a la derecha de los tres personajes, se localizan varios maderos ya pelados y trabajados que dudábamos si se estaban preparando para una almadía. Pero más bien parece ser que llegaron formando parte de una almadía por su distribución desordenada y porque se aprecian algunas escarbas y agujeros por los que fueron amarrados al barrel. Podría tratarse por lo tanto de madera bajada en almadía desde aguas arriba para su uso en la construcción o reforma de alguna casa o pajar del pueblo…
  • Aunque indirectamente, aparecen retratados también otros personajes en esta fotografía. Vamos a descubrirlos:

-En la ventana de casa Iglesias (actualmente casa rural Urandi) se observa perfectamente a una mujer asomada que se encuentra sacudiendo una gran tela, posiblemente una sábana. En el balcón superior tiene tendida al sol la colada.

– A la izquierda, en la orilla del río, a la sombra del puente (era el mes de julio…) se encuentra un grupo de lavanderas formado por tres o cuatro mujeres vestidas de negro haciendo la colada. Incluso parece que algunas prendas blancas están tendidas o elevadas con algún soporte que no se llega a apreciar.

-Bajo el arco del molino, también en el pedregal, se aprecian varios bultos que no adivinamos a distinguir si se trata también de lavanderas colocadas junto a la salida del agua de la fuente del batán. No parece en cualquier caso que existiera entonces el actual murete que encauza hacia el río la salida del canal del molino.

-Subiendo el puente en dirección al pueblo se observan dos machos cargados con grandes fardos de hierba envueltos en sábanas. Guiando a la primera de las caballerías se distingue, ampliando la imagen, a un niño con camisa blanca y boina, mientras que al segundo macho le conduce un lugareño con camisa blanca. Siendo el mes de julio, era también momento de acarrear al sabaio las hierbas para alimentar durante el año a los animales después de haber sido cortadas en los campos.

En definitiva, por todo lo expuesto, nos permitimos considerar esta fotografía como una de las más bellas estampas antiguas de Burgui de las que se tiene constancia, no solo por su perfección y calidad estética sino también por los elementos humanos, etnográficos e históricos que a través de su detallada observación se pueden interpretar, siendo algunos de ellos totalmente insólitos y desconocidos fotográficamente hasta la fecha.

Un auténtico placer para quien sepa disfrutarla y saborearla como lo hemos hecho nosotros. Colectivo Cultural La Kukula, Burgui.

 

Si has detectado algún error o dispones de información complementaria, contacta con nosotros en info@lakukula.com

Qué es una almadía

Posted Posted by La Kukula in PATRIMONIO     Comentarios No Comments
Dic
12

Una almadía es una balsa de madera, hecha con troncos iguales debidamente alineados y enlazados entre sí y repartidos por varios tramos unidos también entre sí que, conducida por los almadieros, discurre a flote y río abajo. Normalmente estos troncos eran de pino, abeto y ocasionalmente haya. Las almadías tenían como objetivo dar salida por vía fluvial a toda la riqueza forestal de los valles pirenaicos navarros, dado que en estos valles no había otra vía de comunicación que estrechos y escarpados caminos y el río.

Día de la Almadía, Burgui

Arrastrar los troncos por estos caminos con caballerías era prácticamente inviable. La solución más rápida y lógica, aunque también la más arriesgada, era por lo tanto a través del río. Los almadieros, montados sobre ellas, las conducían río abajo desde los valles de Roncal, Salazar y Aézcoa a través de los ríos Aragón y Ebro hasta Zaragoza e incluso Tortosa.

Se desconoce por completo desde cuándo se utilizaban las almadías, si bien la propia palabra es de origen árabe (balsa ligera). Es en el siglo XIV cuando encontramos los primeros documentos que hacen referencia en Navarra a la navegación de las almadías por las aguas del río Aragón provenientes de los valles aragoneses de Echo y Ansó. Es a mediados del siglo XVIII cuando el pirenaico Valle de Roncal entra en directa competencia con los valles alto aragoneses.

2Los reinados de Fernando VI y de Carlos III se caracterizaron por el gran impulso que le dieron a las grandes obras públicas. En este periodo hay que situar la construcción de buques para la Real Armada y las obras del Canal Imperial, para las que el famoso Pignatelli empleó las masas forestales de los valles navarros de Roncal y del Irati.

Es precisamente durante el último cuarto del siglo XVIII cuando se produce el apogeo del tráfico almadiero en los valles del Pirineo navarro. Sirva como dato que entre 1.764 y 1.774 salieron del valle de Roncal más de 50.000 troncos.

El tráfico almadiero se fue perdiendo paulatinamente en el Pirineo navarro a lo largo de la primera mitad del siglo XX. El valle de Roncal fue el último enclave en perder este oficio. La construcción de las carreteras y la aparición de los primeros camiones como medio de transporte favorecieron la extinción de este oficio y de este medio de transportar la madera. La construcción del pantano de Yesa en 1.952 en el cauce del río Aragón supuso el punto final y definitivo del tráfico almadiero.