Archivos Mensuales / junio 2015

Juan Urzainqui García, in memorian

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jun
24

El víspera del Día de la Almadía, caprichosa coincidencia, despedíamos y dábamos sepultura a Juan Urzainqui García (1922-2015), que nació, vivió y murió en Burgui, sin otra trashumancia en su vida que la que le impuso durante un tiempo su oficio de pastor y su dedicación al transporte fluvial de la madera.

Empezó Juan de pastor, de pastor trashumante, de los que llevaba el rebaño a tierras aragonesas. Fue después hombre de bosque y de río. Domador de madera y navegante con mano firme al remo, lo mismo en el río que en la vida. Pastor y almadiero…, almadiero de oro, roncalés de los pies a la cabeza.

Colectivos como La Kukula o como la Asociación Cultural de Almadieros Navarros hemos sido receptores de sus conocimientos y aportaciones a la cultura de nuestro pueblo. No hace tanto que en la cocina de su casa iba rememorando y recitando los nombres de las fuentes del término de Burgui a petición de nuestro colectivo La Kukula. Él iba cantando los nombres, y Bienve, su inseparable Bienve, los iba anotando.

Se da la circunstancia de que tan solo un mes antes de su fallecimiento fueron grabados para un documental sus recuerdos sobre las almadías. Al otro lado del puente, arrimado a la almadía, nos dejaba su testamento inmaterial; rodeado de focos y de micrófonos, desgranaba ante la cámara todos sus recuerdos y conocimientos de su vida almadiera; un testimonio que queda ya salvaguardado para siempre a través del Archivo del Patrimonio Inmaterial de Navarra

Reproducimos aquí, a modo de homenaje y de agradecimiento, algunos fragmentos de su última entrevista centrados en sus recuerdos como almadiero:

juan1

¿Cómo era el oficio de almadiero?

Pues muy duro y malo… en este valle si no cogías el palo tenías que ir con la madera, o sea que… a la madera al final, después a las almadías… o coger el palo y a la Bardena, con las ovejas. Esa era la vida de este valle.

¿Por qué era tan duro trabajar en las almadías?

Porque era en pleno invierno, se empezaba a últimos de noviembre y se acababa a mitad de mayo. Y todo el invierno pues ya me dirás, metidos en el agua, con lo fría que estaba… mayormente mojados todo el día, desde el punto de la mañana hasta que acudías a casa, que muchas veces los pantalones se subían helados, los quitabas en la cocina, los dejabas y se quedaban tiesos, ¡fíjate!, no se doblaban por el hielo que tenían. Así que ya me dirás lo duro que podía ser aquello. Claro… estábamos acostumbrados… y aguantábamos malamente.

¿Cómo fue tu primera experiencia en la almadía?

Yo la primera vez que bajé fue a los doce años, bajábamos dos almadías nuestras, y la primera que bajaba paró en la foz, y nosotros que bajábamos por detrás le pasamos la soga a ver si la podíamos arrastrar… y no podíamos. Y pasamos mi padre y yo, que íbamos en la de adelante, pasamos a la de atrás; y al tiempo de rancar, que ya rancó la almadía… yo ya pasé, pero mi padre se quedó en la de atrás y…, entonces íbamos uno adelante y otro atrás, no había de tres remos sino de dos, y claro… al llegar a Salvatierra, unos que estaban atando madera allí le preguntaron al puntero: -“¿dónde has encontrado esa cría?”… –“¡ahí riba estaba, en la foz!”…; con que ya… seguimos para adelante. Me podía haber parado para que me hubiera pasado mi padre, pero no hubo forma. Él era valiente, y sabía mucho de almadías… que ya era mayor, claro. Hasta el Matral llegamos, llegamos al embocadero del Aragón, que es donde estaba el Matral, y yo con doce añicos… me pude arrimar también. Ahí la atamos para subirnos a casa; dejarla allí, salir a la carretera, y a golpe de zapatillas a Burgui. Como te digo… en pleno invierno… se pasaba mal… mal. Y entonces en mayo ya se terminaba el almadío, ya se habían bajado las almadías; que no todos los años se dio curso a las almadías que había preparadas, por falta de agua, claro…; si no había agua no se podía bajar, y algunas se quedaban aquí todo el verano.

Aquí, encima de la presa, que llamábamos la badina… varias almadías se quedaban allí, sin poderlas bajar por falta de agua… y ya… a esperar al invierno siguiente….; se arreglaba lo que se podía para poder seguir adelante, y claro… la verga no aguanta mucho tampoco. Estando en el río más bien se podrían, pero bueno, tenía que pasar… con remedios y cosas pasaban el invierno… y arrear para abajo. Los ríos se ponían en condiciones, claro, y como te digo… ya era últimos de noviembre.

¿Cómo eran las almadías?

juanMayormente por la Purísima se solía hacer ya un viaje a la Ribera. De aquí se bajaba entre dos en aquellos tiempos hasta siete tramos en una almadía… no se cargaban como últimamente de 4 metros de ancho; entonces eran de 2’80… y hasta siete tramos de almadía… uno adelante y otro atrás. Después ya se fue anchando los tramos y se llegó hasta 4 metros y ya se ponían dos remos adelante y otro atrás, o dos adelante y dos atrás… dependía de la madera, cómo era, si era gorda, si era más delgada… porque la madera había de piso, había de tejado y había de sierra… esa era la división de las maderas. Y luego la largura… el primer tramo de punta, secenes, eran 6’40; el segundo, el del ropero, era de 4’80, docenes que se llamaban; y era catorcenes el tercero, de 5’60; y luego ya lo que seguía, lo que se podía colocar, pero ya te digo que hasta de cinco y siete tramos. Y claro, llegabas al embocadero del Aragón, y allí lo que aquí se bajaba en dos, se ponía en una sola y… ¡arreando, ribera abajo! donde podían llegar a venderla.

¿Había dificultades para vender la madera?

Llegabas a los pueblos y ahí como sobraba alguno, se salía e iba pregonando por los pueblos, a ver quién quería comprar la madera, y algunas veces acertabas, se vendía, pero otras… El año cuarenta y ocho fue un año desastroso para los que teníamos madera, no había forma de vender un palo por ningún lado…;  ese año teníamos nosotros dos almadías, y las pude vender en Caparroso a Justo Sainz, que tenía una serrería en ese pueblo… y así las pudimos vender. Bajábamos con intención de dejarlas para Pitillas, para la iglesia de Pitillas, pero se nos adelantó otro del pueblo y se conoce que ya no querían más y a picar a ver dónde… Y de allí me mandaron a Tudela a buscar algún dinero, y allá me encontré con un señor de aquí que se dedicaba al transporte de maderas, mayormente, y cuando me vio dice –“¿tú también estás aquí?”; y otros dos del pueblo que estaban, que habían llegado con una media, que se llamaba, dicen –“este ya la ha vendido, por lo visto”, –“¿ya la ha vendido?, ¡me alegro!” dijo, porque estaba la cosa un poco fea ya… no se podía vender la madera. Y de allí pues ya cogimos nosotros y a casa. Y lo que nos dieron pues ya esta, ¿qué le vamos a hacer?.

¿Hasta dónde llegaste en almadía?

A Zaragoza no llegué nunca. Siempre debajo de Buñuel… Novillas me parece que es el pueblo, lo más lejos que bajé yo fue hasta allí. Y de ahí para arriba pues eso… Tudela, Caparroso, Marcilla, Milagro donde más… y ahí dejábamos, se vendía la madera. Yo iba de peón, no iba siempre para casa. Se hacía lo que se podía y hasta doce tramos en cada media iban, mayormente se ponían cinco adelante y siete atrás. La primera era siempre la madera más gruesa, allí cinco tramos, y la segunda pues seis y siete (…)

Juan, ¿has conocido algún accidente en almadía?

Si. Aquí yo mayormente conocí uno en la foz de Arbaiun, ahí murió Donato Mendive Tolosana. Bajaban por la foz de Arbaiun, encallaron contra una piedra, el resto de tramos se fue solapando tipo bisagra, aplastó a los dos que bajaban adelante… y este hombre murió.

Yjuan3 después otro murió en Isaba también, en la presa de Isaba; ese también no sé que les pasó allí, y se ahogó. Y otro en el Congosto, de Salvatierra de Esca… ese se dedicaba al transporte de madera, y también cayó al río, y al tiempo que sacaba la cabeza le prensó un madero contra la peña; ese también era de los que se dedicaba a esto… Carmelo Calvo, almacenista de Zaragoza últimamente, pues un hermano de ese es el que murió en el Congosto.

Y después otro, de casa Felandón. Ese murió con un barreno, estaban limpiando el río, pusieron un barreno en una piedra para romperla, no explotaba, no explotaba… se acercó él, se le ocurre soplar, y entonces le explotó y ahí le dejó… Fernando García Laspidea era aquel.

Y eso, y aquí… tres críos también se ahogaron con las dichosas almadías, porque claro, salir de la escuela y ya estábamos todos corriendo a las almadías, y tres fallecieron, tres críos murieron allí… luego dijeron que era uno por un corte de digestión, pero los otros dos fue al caerse de las almadías abajo… a uno lo encontraron a los quince días ahí abajo, en la foz, metido entre unas piedras; y el otro, un crío rancó con pañalicos… estaba en un tramo en una almadía ahí encima de la presa, lo subían, lo bajaban, y este crío… a gatas, se metió al río, cayó… y su hermano salió corriendo y de ahí, de ese muro se tiró abajo, al río, y ahí le cogió, pero ya sin vida.

¿No tenías miedo?

No lo conocíamos, no conocíamos el miedo. Ahora, a mí también me tocó sacar a otro. Andábamos los dos de críos pasando de una almadía a otra, se cayó, yo acerté a coger un palo que había allí, se lo acerqué y lo saqué del río, le puse encima de la madera, y después un mozo que había por allí alrededor, lo cogió y lo llevó a la casa de este mocé.

Tu madre llegó a bajar en almadía, ¿es así?

Pues mi madre… teníamos madera nosotros en Ugañai.  Estábamos mi padre, mi madre y yo atando la madera, aguamos la almadía y claro, pues había que bajarla al pueblo, pues entre los tres bajamos la almadía y la arrimamos ahí, en la badina  encima de la presa. Yo iba atrás en la cola, mi madre con más miedo que alma en el ropero, y mi padre adelante, y ahí ya llegamos, mi padre entendía, sabía manejar la madera, y entonces la bajamos. Esa fue la única vez que bajó mi madre en la almadía.

Y para ti, que has sido almadiero y de familia de almadieros… ¿qué papel desempeñaba la mujer?

Pues la mujer ayudar a los hombres. En el atadero, mayormente, pues a dar verga, que hay que adobarla para meterla por los agujeros, y retorcerla… adobarla que decíamos, para poderla atar con más facilidad. Cortarla, se tuerce, se adoba, para que se pueda manejar, y esto ya ves, la convertimos en cuerdas, porque esto es unos palos de avellano; y eso lo cortas en un tiempo, la tuerces, y llega el tiempo de atarla, y la empleamos en los ataderos. Y las mujeres mayormente pues sí… iban al atadero a ayudar a los hombres.

juan4¿Era importante su labor en la actividad familiar?

Se aplicaban a todo lo que podían; no les bastaba con la tarea de casa y tenían que ir al atadero también; al atadero, a la huerta, y a todo lo que salía… ¡no se descuidaban, no, entonces, ni lavadora ni nada, no había adelantos para poder excusar un trabajo.

¿Te gusta que ahora vuelvan a bajar las almadías?, ¿te sientes reconocido y homenajeado?

¿Homenajeado?… pues ya he hecho yo también todo lo que he podido. La gente pues sí… veo que tienen interés por mí… Desde el año noventa y dos que se formó la Asociación de Almadieros, que precisamente fue en Isaba, en una comida, y allí se formó la Asociación de Almadieros; y a partir de allí pues ya empezamos a hacer una almadía, después dos, y hasta tres bajábamos. Y bien contentos y felices.

¿Qué sentiste cuando otra vez volviste a almadiar?

Para entonces ya habíamos hecho una almadía para el Gobierno de Navarra también, que me tocó bajarla aquí en el pueblo, y después fuimos a la foz de Lumbier. ¿Emocionados?, ¡nos gustaba!… creo que practicamos hasta los treinta años, el año cincuenta y dos fue cuando se cerró el pantano de Yesa, y ya se acabó el almadeo, y después, en el noventa y dos hicimos la almadía para el Gobierno de Navarra, que la proyectaron en la Expo de Sevilla, y ahí nos llevaron a nosotros también, y pasamos dos días allá contentos.

Juan… ¿eres el último almadiero?

¡Aún quedan!. Queda Pablo Tolosana Turrillas, ese es quinto mío, a ese también ya le tocó bajar, ya, muchas veces. Y después hay otro, José Francisco Pérez Elizalde, de casa Palicas, ese vive en Pamplona. Ese era de los jóvenes, más joven que yo, vamos, también le tocó bajar; un viaje bajamos hasta Milagro con ellos: nosotros para Modesto, y él con su padre en una media, hasta Milagro, ahí la vendieron, coger el tren y a Pamplona. Aquí en el pueblo alguno más también habría bajado pero ya al final y en contadas ocasiones.

Si nacieses de nuevo… ¿volverías a ser almadiero?

Si no quedaba otro remedio… ¡a ver lo que ibas a hacer!. En casa no te ibas a quedar, había que sacar la costilla por donde fuera. Porque yo también fui pastor, ¡eh!, no me tocó solo almadiar, que también estuve en la Bardena cuidando ovejas, ¡de todo!… se terminó el almadeo, y entonces marché pastor también.

¿Qué significa para ti este río?

Pues este río, hasta el año cincuenta y dos, fue la vida de muchos en este valle, mayormente de Burgui. Cuando se dejaba de almadiar, que ya se subía a los pueblos de arriba… de Burgui salían ciento cincuenta personas a trabajar en la madera.

La tejería de Burgui en 1660

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jun
14

La Tejería, situada en los antiguos sotos que llevan su nombre, y cuyos restos ya son inapreciables, estuvo en funcionamiento hasta hace unos setenta años, más o menos, pero en este caso nos remontamos bastante más atrás, en concreto al año de 1660.

El 14 de marzo de 1660 comparecieron los que luego se enumerarán ante el notario de Burgui, Pascual Bronte. Cabe destacar que este letrado ejerció la notaría casi durante cuarenta años.  Durante ese periodo Pascual Bronte ejercía su función  no solo para los vecinos de nuestro pueblo, sino también para otros pueblos del valle. Pues bien, comparecieron ante tal notario Juan Lorea, Miguel Glaría y Miguel Sanz, regidores del pueblo por una parte, y, por la otra, el que sería el arrendatario ese año de la tejería, Francisco Aguirre,  vecino del lugar de Samper  de baxanabarra del Reyno de Francia.  No es la primera vez  que venía un oficial  texero francés. En 1652, por ejemplo, arrendó la tejería Bernarde de la Viele de Mugurri, también de la Baja Navarra.

Tejado Oroz Betelu (1)

¿Cómo funcionaba el servicio municipal de tejería? Los vecinos de Burgui comunicaban al Ayuntamiento la cantidad de tejas y ladrillos que, según sus previsiones, iban a necesitar próximamente para hechura o arreglos de sus casas y bordas. Decimos ‘próximamente’ en sentido amplio, porque parece que no todos los años se arrendaba la tejería. Cuando el Ayuntamiento, por la cantidad y urgencia de los pedidos, creía conveniente, se convocaba el arriendo.

Las cláusulas del arriendo de ese año 1660 tienen su interés. En primer lugar, se convino que al tejero hará la texa y ladrillo de dos hornadas, aunque si hiciera falta una tercera hornada, se realizaría.  No sabemos cómo sería la hornada, pero cabe suponer, o que en cada hornada se cocía bastante material, o que  el pedido no habría sido muy alto. Lo que está claro es que el tejero hacía las unidades solicitadas y permanecía en el pueblo solo mientras cumplía con su trabajo. Después cogía los bártulos y… a otra tejería a cantar.

Tejas sobrantes cubierta carbonera,500

Otra condición era que la tierra que se acostumbra a llevar a la texería de la bachondoa la acarreen los vecinos para los que se va a cocer la teja y el ladrillo. Bachondoa  parece significa ‘junto a Bacha’, término conocido por sus viejos quiñones, ahora transformados en viveros de pino. De Bacha, pues, debían llevar la tierra, que luego en la tejería se encargarían de refinar, con alguna especie de molón tirado por caballerías, en esta proporción: una carga de tierra por cien tejas, y lo mismo por cien ladrillos. Regidores y vecinos estaban presentes cuando salían las hornadas, para inspeccionar el producto,  de modo que toda texa y ladrillo que saliere mal cocida sea hechada affuera, lo mismo que las que salieren demasiado cocidas, que estén torcidas y que no sean apegadas unas con otras. Antes de pagar, había que revisar el género para comprobar si estaba a gusto del consumidor.

También se exigía al tejero que aya de hacer (tejas y ladrillos)  y  aga de la misma marca,  largura y  reciura que se acostumbra en la villa. En palabras más actuales, no cambiar de modelo.

¿Cuál era el precio del producto? Este año de 1660 los vecinos debían pagar  a Francisco Aguirre tres ducados, unos 75 reales (el sueldo del peón venía a ser de 3 reales sin la costa), por mil tejas; y 30 reales, por millar de ladrillos. El precio, pues, lo imponía el ayuntamiento, no se dejaba al arbitrio del tejero.

Restos tejería marzo 2007 (17)

Como los tejeros de entonces no debían ser precisamente unos potentados, el ayuntamiento procuraba hacerles algunos adelantos para que pudieran trabajar sin pasar demasiada necesidad. Así, otra cláusula determinaba que al tejero, mientras trabajaba,  se le hay de dar por quenta de la villa una carga de trigo, y que los vecinos (le den) para companaxe. En otras palabras, el ayuntamiento, para el pan; los vecinos, para potaje y ración. Pero esos anticipos  se descontarían del total al hacer las cuentas.

En resumen, que el oficio de tejero no debía ser precisamente una bicoca. En beneficio de los vecinos se ajustaba mucho los precios, que serían muy parecidos en los pueblos del entorno. Pero se cumplía con un buen servicio a la comunidad. Siempre ha sido muy agradable ‘dormir bajo teja’, arrullado al son de las goteras.

Burgui tuvo su hospital

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jun
14

Al igual que sucedía en otras muchas localidades navarras, se ha podido constatar que en el Valle de Roncal también existían algunos hospitales que tenían como objetivo poder atender a los enfermos, en particular a los pobres y a los transeuntes. Hay que tener en cuenta que las condiciones de vida, especialmente en lo que a alimentación e higiene se refiere, eran el caldo de cultivo idóneo para la propagación de todo tipo de enfermedades que se cebaban en todo el vecindario, y de forma muy especial en los más pobres. El sentimiento de solidaridad humana  y de caridad cristiana hacía que cada pueblo del valle se preocupase de asistir sanitariamente a todos los vecinos, así como a cuantos indigentes pasasen por estas villas.

Del hospital que hubo en Burgui apenas hay datos. Únicamente se sabe, hasta ahora, que en el año 1652 el Ayuntamiento de Burgui encargó al carpintero Joan Itarta la obra “que se ha de hacer en el ospital que tiene la dicha villa”. Se trataba, por tanto, de hacer una obra de reforma en un hospital que ya existía, no sabemos desde cuando. La obra que este carpintero tenía que hacer estaba centrada en el sabayao, y le fue adjudicada por 6 ducados y medio; a esto hay que añadir que las vigas y los trallos (materiales) corrían a cargo del concejo. El contrato de esta obra se firmó ante el escribano Pascual Bronte el 22 de diciembre de 1652, comprometiéndose el carpintero a dejarla acabada antes del último día de junio de 1653. El mayordomo del hospital en ese año era Joan de Inza.

Posadas y mesones en Burgui

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jun
14

Parece que siempre hubo en Burgui posadas y mesones  para acoger a los transeúntes. Al fin era un punto bastante estratégico, de convergencia de dos importantes rutas: la de Pamplona al Roncal, vía Navascués, por Larringorrea;  y  la de Aragón y Sangüesa, por la Foz. Caminos ‘de baste’, como se llamaban, esto es, no de carruajes -habría carros en los pueblos para llanos y distancias cortas-, sino de caballerías. Todos los productos de importación venían a lomos de acémilas conducidas por arrieros. Además, Burgui estaba a considerable distancia de los pueblos circundantes, lo que  invitaba a muchos viajeros a hacer un alto, o pernoctar en el pueblo.

puerta

En 1654 solo existía un mesón que fue arrendado -el ayuntamiento sacaba a subasta todos los servicios-  por Joan Ardaiz por 12 ducados (unos 150 reales) para un año.

En las cláusulas de arriendo se exigía que el que rendare dicho meson haya de dar el recaudo  (cuidado, atención) necesario a los huéspedes que binieren a la villa con toda limpieza que se requiere y se acostumbra en este Reyno (el de Navarra) y haya de vender  el pan conforme tuviere el precio en la panadería y el vino conforme en la tabierna  (taberna) y paja  (para las caballerías) conforme el arancel que cada mes le dieren los señores  jurados  (regidores). ¡Nada de engaños y picardías! De lo anterior, además, cabe deducir que algunos huéspedes -los de menos recursos, como siempre- harían las comidas por su cuenta, comprando solo lo estrictamente necesario.

Ante todo, pues, la higiene. Se ordena que los señores jurados puedan reconocer las camas que hubieren siempre que les pareciere durante dicho año de rendación  (arriendo). Pero, si al mesonero se le exigíen duras condiciones en el arriendo, también había que protegerlo de la falsa competencia de los pícaros: que ningún vecino pueda hacoger a ningún biandante ni forastero que le pague nengunos intereses  (no se le puede cobrar nada)  sino que sea persona propia (familiar),  bajo pena de dos ducados. En resumidas cuentas: que los vecinos  podían acoger en sus casas a parientes o a amigos, pero  debía hacerse gratis.

En 1675 ya había dos mesones que fueron arrendados  por Joseph Borro y Domingo Eliçalde, que se mantuvieron  a lo largo de todo el siglo XVIII.

¿Cuáles eran los productos y  precio del menú? No lo sabemos con certeza. Sin embargo, podemos forjarnos cierta idea por los aranceles de precios que los mesoneros debían poner a la vista de los clientes, y no sobrepasarlos, si no querían ser sancionados por los regidores-inspectores. En la lista hay productos básicos, humildes y más suculentos, con precios en consonancia con el género. He aquí algunos, a modo de ejemplo, de finales del siglo XVIII,  sacados de las ordenanzas municipales de aquel tiempo:

-Libra de truchas: 2 reales.  La libra de pescado, mayor que la normal (372 gramos), vendría a equivaler al medio kilo, y el jornal de un peón se pagaba entonces a unos 4 reales.

-Libra de barbos: medio real  (¡vaya diferencia!)

-Libra de madrillas: tarja y media. Como tres cuartos de real, algo más que los barbos.

-Los huevos a 3 cornados cada uno. El cornado venía a equivaler a la mitad del maravedí, y un real tenía dieciséis maravedís. En definitiva, que no valía mucho un huevo.

-Una gallina buena: 6 tarjas (3 reales)

-Un pollo hecho: 6 tarjas (3 reales)

-Un libra de queso:  tarja y media (tres cuartas partes del real). Al parecer andaba bastante barato.

-Una libra de requesón: 12 cornados = 6 maravedís (como una tercera parte de real), menos de la mitad que el queso.

-La pareja de perdices: 2 reales….

Basándonos en los datos anteriores, podemos hacernos una idea de algunos menús de los mesones, a base de productos de la tierra, aunque también ofrecerían otros platos con productos, traídos del exterior a la tienda o a la taberna.

Como en otros servicios, estaba todo atado y bien atado por los señores regidores, dispuestos siempre a inspeccionar y sancionar, para que nadie se saltare las cláusulas del arriendo. En el siglo XVIII además del bullir de los propios vecinos, en Burgui hacían un alto, o pasaban la noche en los mesones, caballeros e hijosdalgos, arrieros, trajineros y vendedores de distintos productos del exterior.