Archivos Mensuales / junio 2020

Nos vamos de trashumancia

Posted Posted by La Kukula in PATRIMONIO     Comentarios No Comments
Jun
19

¡Nos vamos de cañada con las ovejas!. No lo habíamos hecho nunca con el detalle que lo vamos a hacer ahora, pero alguna vez tenía que ser la primera, y esperamos estar a la altura. Hicimos una declaración de intenciones en nuestras redes sociales y para nuestra sorpresa el número de seguidores que repentinamente se han sumado nos permite hacernos una idea de la expectación generada ante este experimento virtual.

 

Así pues, la semana que viene el pastor burguiar Domingo Urzainqui, al igual que otros lo están haciendo también en estos días, saldrá con su rebaño desde el Cabezo del Fraile, en la Bardena Negra, con la idea de llegar diez días después a Burgui. Y nosotros, el conjunto de seguidores de La Kukula, virtualmente le vamos a acompañar.

Ese cordón umbilical que une la Bardena y el Pirineo roncalés, o viceversa, es una ruta milenaria de pastores: la Cañada Real de los Roncaleses. Hablaremos, por tanto, de la vida cotidiana de los pastores roncaleses, hablaremos de la cañada, de la historia que sale a su paso, del queso roncalés… y, conscientes de que entre los cientos y cientos de seguidores hay un número importante que no son de Navarra, trataremos de narrar todo de una manera sencilla, atractiva, y lo más pedagógica posible.

Domingo va a guiar a sus ovejas cañada arriba, hasta los pastos pirenaicos de Santa Bárbara, igual que hace cada año; pero en esta ocasión queremos que sienta que no está solo.

 

CAÑADA REAL DE LOS RONCALESES

Era el año 882 cuando los monarcas concedían a los roncaleses el derecho perpetuo de utilizar los pastos existentes en las Bardenas Reales, que entonces eran patrimonio de la Corona. Desde el Valle de Roncal hasta las Bardenas se estableció una ruta de comunicación por la que los roncaleses podían, y pueden, transitar con sus ganados sin necesidad de pagar peaje alguno. Aquella ruta es la Cañada Real de los Roncaleses.

Desde aquella concesión real que, junto con la hidalguía colectiva de los roncaleses, es base y origen de los primeros Fueros de Navarra, han pasado ya más de mil años, en concreto 1138 años. Este derecho, y este uso ininterrumpido de esta ruta por parte de los pastores del Roncal, es hoy para Navarra una de las mayores joyas que tiene en su patrimonio. Ha sido, y es, la Cañada vía de comunicación entre el Pirineo y la Ribera.  Por ella bajaron y subieron algo más, mucho más, que los pastores y los rebaños de ese valle pirenaico. Por ella bajó la sangre y los apellidos roncaleses para inundar el sur de Navarra –basta ver hoy día la importante presencia de apellidos roncaleses en la Ribera como Anaut, Garde, Urzainqui, Hualde, Sanz, Marco, etc., o los numerosos escudos que con las armas del Valle de Roncal encontramos en no pocas fachadas de cualquier pueblo bardenero; por ella bajó el uskara roncalés quedando todavía hoy en algunos topónimos esparcidos en todo su trayecto. Por ella bajó la indumentaria, una indumentaria que con marcado estilo roncalés, formó parte durante siglos del patrimonio ribero. Y por ella bajó la historia, reconvertida a su vez en historia y en vivencias, una historia rica, plagada de pleitos y de extrañas historias en la queda clara la permanente lucha que siglo tras siglo han sostenido los roncaleses para hacer valer su derecho de bardenaje frente a los intereses de algunos municipios y, sobre todo, de algunos nobles que no acababan de aceptar que unos pastores tuviesen derecho a transitar con sus ovejas por medio de sus propiedades.

Y por ella, por la Cañada Real de los Roncaleses, subieron la jota, las melodías, otras formas de vida, la lengua castellana…, y un montón de cosas que hoy ni imaginamos. Fenómeno este de interrelación humana y cultural que también encontramos en el Valle de Salazar; valle este último que siglos después también adquirió en la Ribera sus derechos de utilización de pastos, con la consiguiente creación de cañadas, o vías pecuarias, que de norte a sur permitiesen el libre tránsito de los rebaños. Obsérvese que estos valles han sabido mantener durante siglos una lengua vasca conservada en su estado más puro, y a la vez, a diferencia de otras zonas del norte de Navarra, también durante siglos han gozado de la riqueza cultural del bilingüismo; hasta el extremo de que en el Roncal se hablaba también, fundamentalmente por parte de los hombres, un castellano correcto y limpio.

Se ha dicho siempre, y esta es una consecuencia del uso de la Cañada Real, que los roncaleses, a pesar de su aislamiento geográfico y de la independencia de sus instituciones, han sido –y son- personas abiertas y progresistas. Y también personas cultas.

Batalla de Ocharren

Todo comenzó en el siglo IX. No es fácil determinar la fecha, ni nadie se pone de acuerdo en ello pues a día de hoy tampoco hay una base documental suficiente que permita sentar cátedra al respecto. Lo cierto es que hacia el año 860, siendo rey de Navarra don Sancho Garcés, hijo de Fortún Garcés, las huestes musulmanas que habían invadido casi toda la península ibérica se acercaron por el sur a las fronteras de sus posesiones como rey.

El monarca, sabedor del sobrado valor y arrojo de los roncaleses, quiso poner a estos al frente de la defensa del reino, librándose una dura batalla en torno a un antiguo núcleo de población que hubo en las Bardenas llamado Ocharren. En aquella legendaria batalla el ejército árabe, con todos sus escuadrones, padeció la furia y el valor de los roncaleses, resultando –según dicen las crónicas que han llegado hasta nuestros tiempos- destrozado y desbaratado.

Insisto en que las referencias documentales de aquella acción militar a día de hoy no son abundantes precisamente. Alguno, o muchos, pensaran que el relato está cargado de sentimentalismo y de amor patrio, tanto más si el que lo cuenta es un roncalés, como es nuestro caso, lo que puede restarle imparcialidad a la versión de este episodio histórico.

Lo cierto es que de aquella acción hubo una consecuencia, que fue la concesión del privilegio, o derecho –palabra que nos gusta más y se ajusta mejor-, de utilizar de forma perpetua los pastos bardeneros por parte de los roncaleses en señal de reconocimiento a su heroico valor en aquella batalla. Y es un derecho que, más de diez siglos después, se mantiene vivo, vigente e inalterable. 

Y cierto es también que este privilegio, como también el de la hidalguía colectiva con el derecho a usar armas propias –heráldicamente hablando- fueron confirmados años y siglos después por los sucesivos monarcas navarros; confirmaciones estas que sí que aluden, ya en el siglo XI, y de forma específica al importantísimo papel que desempeñaron los roncaleses en aquella batalla de Ocharren, como también en la de Olast en la que un caudillo árabe fue decapitado por manos femeninas roncalesas. En consecuencia, orgullo local aparte, entiendemos que la realidad de aquella mítica batalla de Ocharren no debió de ser muy diferente al relato que de ella ha llegado hasta nuestros días.

Es así como el Valle de Roncal fue el primero en gozar del derecho de utilización de pastos en la Bardena. Con el paso de los siglos fueron otras localidades las que se hicieron merecedoras de este derecho; y a día de hoy son en total 22 entidades las que se benefician de este privilegio, es decir: 19 localidades de la Ribera de Navarra, el Monasterio de la Oliva, y los valles de Salazar y de Roncal; integradas todas estas entidades en la denominada Junta de Bardenas.

Aprovechando que vamos a acompañar a Domingo Urzainqui y a su rebaño, vamos hoy a centrarnos, sin embargo, en lo que es la cañada en sí como vía de comunicación, como ruta para el tránsito de ganado, y otro día ya abordaremos el tema del goce y disfrute de los pastos bardeneros y de la historia rica de una de esas cinco entidades tradicionales que Navarra tiene, que es la Junta de Bardenas.

Trashumancia

En principio una cañada es una vía pecuaria que sirve para enlazar dos zonas diferentes de pastos, y además de pastos complementarios. En el caso concreto de la Cañada Real de los Roncaleses, conocida ahora también como la GR-13, se trata de un camino que une el Valle de Roncal con la localidad aragonesa de Ejea, un eje norte sur que tiene su punto de arranque en los pastos de alta montaña del pirineo roncalés, que recorre todo este valle (Belagua, Uztárroz, Vidángoz, etc.), y que por Castillonuevo permite atravesar la sierra de Leire (pasando por el mismo monasterio), Javier, Peña, Carcastillo, para desde este último término entrar y atravesar toda la Bardena, para acabar, ya en tierras aragonesas, en el municipio de Ejea. En total suman 135 kilómetros.

Por lo general los rebaños roncaleses iniciaban oficialmente su marcha hacia el sur en el mes de septiembre; a una con la sanmiguelada abandonaban unos puertos y un valle que muy pronto habría de quedar cubierto por la nieve. Algunos esperaban a que pasase Todos los Santos Los rebaños, en muchos casos, se hacían uno solo, repartiéndose los pastores las tareas de su cuidado.

La salida era un momento importante, emotivo podríamos decir. Los rebaños se concentraban antaño junto a la salida de la localidad, generalmente junto a una cruz de término (hoy en todo el Roncal tan sólo sobrevive un crucero, en Urzainqui). Los pastores, y los rapatanes, ataviados con sus espalderos, sus abarcas, su zurrón bien repleto, y sus sombreros de fieltro negro, se afanaban en los preparativos: contar las ovejas, cuidar de que todas estuviesen debidamente identificadas, los chotos, o los iraskos (chotos capados) eran los que tenían que abrir la marcha con los trukos colgando, según el volumen del rebaño los pastores se repartían sus puestos: adelante guiando a los chotos, atrás arreando con los perros, en los laterales…, siempre había uno que era el encargado de llevar la cuenta de los gastos, de las ovejas que morían, de las que parían, de las que se vendían, del salario que se pagaba a los pastores contratados para acompañar y cuidar el rebaño, de los posibles gastos de alojamiento, del arriendo de algún campo en el recorrido, etc.

Y de pronto, ante la expectación de las madres, esposas, novias… el rebaño, levantando una impresionante nube de polvo, iniciaba su andadura en medio de un trepidante sonido de esquilas, de miles de esquilas, entre las que destacaba el sonido de los trukos abriendo la marcha, y las voces de los pastores dando las primeras órdenes a la vez que agitaban sus sombreros con la mano en señal de despedida. Atrás quedaban las mujeres, los niños, los ancianos, y también los que se dedicaban a otros menesteres, principalmente a la madera. Atrás quedaban agitando sus pañuelos al aire en señal de despedida; atrás quedaban, sabedores de que allí les esperaba un invierno duro, difícil, especialmente para algunas mujeres que, semanas después, sin tanta algarabía ni solemnidad, emprendían otro camino que, atravesando el Pirineo por Arrakogoiti y Santa Engracia, les conducía hasta Mauleón  y hasta otras pequeñas localidades xuberotarras en las que pasaban el invierno trabajando en la alpargata.

Los rebaños recorrían el valle, poco a poco, buscando la salida del mismo, buscando nuevos pastos. Sin el complemento de la Bardena el pastoreo en el Valle de Roncal hubiese tenido difícil supervivencia, ¡qué cierto es!. Y allí estaba el camino, un camino milenario, un camino tallado por el paso de millones y millones de pezuñas de oveja durante siglos. Hay que ponerse delante de él, y contemplarlo. Es un camino de ida y vuelta. Ya sé que los pastores no se entretenían en admirarse ante la historia que tenían delante, o tal vez sí. Ellos tenían que recorrerlo, sin perder el control del ganado, pernoctando unas veces al raso, otras en cabañas, otras en el interior del monasterio de Leire –protegidos por sus paredes, aunque sin techo- al calor de las ovejas, compañeras de dormitorio. Y al final estaba el premio: la Bardena. Premio para ellos, y premio para el ganado.

Les tocaba a los pastores meses de convivencia entre ellos, meses de convivencia con los vecinos de los pueblos bardeneros. Y del roce nace el cariño. Muchos allí forjaron su futuro, allí crearon su familia, allí echaron sus raíces; sus apellidos todavía delatan hoy sus orígenes roncaleses. El escudo del valle hoy se ve en cualquiera de los pueblos de la Ribera adornando fachadas en piedra labrada. Es una misma sangre.

Pero ahora, nostalgias a un lado, imagínese el lector lo que podía ser la vuelta al valle de aquellos pastores después de haber estado más de medio año en las Bardenas, sin ver a los suyos. Esta se producía en la primavera, en mayo o en junio. Era un retorno alegre, era la vuelta a casa. Los vecinos salían a su paso a recibirles. Las novias, las esposas… suspiraban por este reencuentro. Eran momentos bonitos, felices.

Pero el pastoreo es el pastoreo, y enseguida había que seguir el camino, hasta Belagua, hasta los puertos; y allí había que seguir atendiendo al ganado; era ya el momento –hasta San Fermín- de producir queso, y de arreglar las cabañas, y de adecentar las muideras, y de reponer las cañablas y las esquilas, y de vigilar a las ovejas ante posibles ataques del oso –y antaño de los lobos-, y de muchas otras cosas. Vivencias, historia, supervivencia… Todo esto, y mucho más, era la Cañada Real de los Roncaleses, la misma que estos días vamos a recorrer.