Yo, el puente, testigo mudo de la vida en Burgui

Publicado Publicado por La Kukula en PATRIMONIO     Comentarios Escribe un comentario
ago
23

Ya sé, y lo sé bien, que no estáis muy acostumbrados a que os hable un puente. Aunque cierto es que muchos son los lenguajes. Bastaría un poco de sensibilidad para oír hablar a las piedras, y me consta que muchos de vosotros oís siempre mis historias.

Aguas que vienen… y aguas que se van. Como la vida. Y es que… el agua del río es mi razón de ser.

Tuve más suerte que otros de mi época, entre ellos supongo que mis predecesores, que fueron de madera, a merced siempre de riadas y tormentas. A mí me hicieron fuerte, de piedra bien labrada, ¡a conciencia!; bajo las directrices de un maestro cantero; y de esto hace ya más de siete siglos. Soy, por mi edad, lo que se llama un puente medieval. Y soy, también, parte importante, de lo que entonces fue el Camino Real, una prolongación de la calle Mayor.

Hacer un puente de piedra era en aquellos tiempos una obra importante. Hace dos milenios era esta una labor reservada en exclusiva a los romanos, que eran -después de que los inventasen los griegos- los únicos capacitados para hacer este tipo de construcciones. Hacer un puente de piedra era un signo de poderío; así se entiende que al Obispo de Roma, por ser el máximo mandatario de la Iglesia (Papa), se le llame Sumo Pontífice.

En el último cuarto del siglo XIX perdí una parte de mí, la más próxima al pueblo. El trazado de la carretera así lo exigía. Pensad que yo era simétrico, siendo el punto más alto el centro. Perdí un ojo. Pero… sobre todo, perdí mucho tránsito, mucha vida. Hasta entonces era paso obligado para quien quisiese adentrarse en la foz, para quien quisiera llegar a Aragón, o para quien desde allá quisiera llegar hasta aquí.

Burgui,13-10-03

Desde que me construyeron… ¿qué no habré visto yo?. ¡Os sorprenderíais!. Son miles las personas que en todo este tiempo han pasado sobre mí. De todos ellos, sin ninguna duda, los menos deseados, fueron aquellos soldados de Napoleón que el 28 de agosto de 1809 se servían de mí para llegar al pueblo y llenarlo de fuego, destrucción y muerte. Ha sido lo peor que he conocido en toda mi vida, lo más doloroso.

En ese trasiego permanente que siempre he conocido, he sido testigo de vuestro paso, y del paso de quienes os precedieron, y previsiblemente lo seré del paso de quienes os sucedan.

Vi a aquellas gentes que me cruzaban antes del amanecer, con la tronzadera al hombro, o el astral, y con la caballería bien cargada, para regresar horas después tras haber trabajado de sol a sol.

Vi a aquellas familias que pasaban sobre mí, camino de Sasi, para volver unas semanas después, dejando allí la hierba cortada y recogida. ¡No reconocerían la soledad que hoy vive ese paraje!

Vi pasar a aquellas otras gentes, pastores y rapatanes, con sus espalderos y sus rebaños de ovejas, hacia tierras aragonesas, para regresar unos meses después a una con la primavera.

Vi también a algunos antepasados vuestros, desesperanzados, que pasaban sobre mí en busca de otro mundo mejor, y que ya no volvieron.

Y ví pasear al clérigo, con su breviario; al hortelano, con su azada; al calero, con su carga de cal sobre las artolas de la caballería. Y al que de noche pescaba furtivamente. Y miles de veces vi, y sentí, al cabrerío del pueblo dejando sus excrementos sobre mi lomo; junto a mí dejaba cada casa las cabras al cabrero, y junto a mí las recogían horas después. Durante siglos me han acompañado las lavanderas, susurrando y cuchicheando a mis pies cuanto acontecía en el pueblo, a la vez que frotaban y frotaban la ropa que previamente habían blanqueado a base de agua hirviendo y ceniza. Y vi pasar sobre mí a los arrieros con sus machos repletos de mercancías y cachivaches; unos traían vino en pellejos, otros vasijas, otros telas, abalorios, herramientas, pescado, y poco más, porque poco más eran lo que necesitaban vuestros antepasados para sobrevivir.

Y… como soy más mayor de lo que creéis, sabed que también me ha tocado convivir con la sombra del aquél castillo que coronaba la Kukula. He visto también a no pocos roncaleses pasar sobre mí, con la saeta al hombro y las flechas a la espalda, o con su bayoneta, o con su fusil y su pólvora, camino de una guerra y de otra. ¡Nunca habéis sido indiferentes a nada!, y por eso, por vuestro valor, siempre se os ha respetado y admirado, y por eso obtuvisteis los primeros fueros, y por eso tenéis el escudo más antiguo. Nunca olvidéis que en este valle, en estos montes, es donde nació el reino, y también donde murió su independencia al obligar la nieve a rendirse al Mariscal don Pedro de Navarra.

Os he hablado antes de las lavanderas, ¿lo recordáis? No sé muy bien porqué, o tal vez sí, ¿qué más da?, pero cuando os hablo de ellas me viene a la memoria otro oficio ya extinguido. El de almadiero.

Por un momento deteneos a pensar en ellos. Siiiii… ya sé que se lo estoy diciendo a una generación de vecinos de Burgui que es precisamente la que se ha preocupado de salvaguardar su memoria, la que se ha ocupado de dignificar y poner en valor a este oficio. Y os felicito por ello.

Pero… ¿os dais cuenta que todas las almadías que han salido de este valle me han pasado por debajo?, ¿os dais cuenta que he sido testigo del paso de miles de almadías?, ¿os dais cuenta que toda la riqueza forestal de este valle ha desfilado bajo estos arcos? Mi estructura de piedra era el último recuerdo que se llevaban del valle; rara era la vez que desde el pretil algún niño, alguna moza, alguna madre… no agitase su brazo en señal de despedida. Sobre mis piedras quedó más de una lágrima rebozada por el deseo del retorno.

Hoy, cuando hace ya unas décadas que este oficio se apagó, veo de nuevo esos recibimientos multitudinarios que os hace la gente cuando bajáis el puerto de la presa. ¡No cabe mayor homenaje!

Puente y río 2008 (2)

Y yo… que los vi pasar a todos aquellos almadieros, a los de hace unas décadas, a los de hace una centuria, a los de hace varios siglos… sé que allá donde ahora estén, estarán bien orgullosos de vosotros. ¡Estad seguros y convencidos de ello!

Y os hablaría de amores, de clandestinos romances, de miradas encontradas que se tradujeron en fidelidad conyugal.

Y os hablarías de juegos, de canciones, de música, de fiestas. Y de oficios extinguidos, y de luchas, y de ilusiones…

Miradme bien. Os veo ahora, a la mayoría, con ropas modernas, con estilos y tendencias de vestir marcados por alguien que decide cuál ha de ser la moda en cada momento. Pues bien, que sepáis que hasta hace un siglo, y durante muchos siglos, los roncaleses teníamos nuestro propio estilo, ajeno a modas y a dictados comerciales, y aquellas ropas nos identificaban, y desvelaban un lugar de origen, una forma de ser, una raza, una lengua, una estirpe familiar, un escudo, una bandera… Pensad bien en esto que os digo. No tengáis miedo alguno en volver a vestir estas prendas. Y si alguien os dice que vais disfrazados, decidle que no, que no vais disfrazados de nada, que vais vestidos de dignidad y de orgullo por ser de donde sois.

No cedáis en estos detalles; aprovechad las fiestas, las solemnidades, y los actos importantes para exhibir esta seña de identidad.

Quisiera que cuando me miréis, veáis en mi algo más que un elemento arquitectónico más o menos bonito, que veáis algo más que una bonita estampa para el que llega. Quisiera que en estas piedras que me forman, y en estos ojos por los que discurre el agua, vieseis a ese nexo entre vosotros y todos los que han dado vida a este pueblo en los últimos siglos. He visto pasar a decenas de generaciones, he visto evolucionar al pueblo y a sus gentes…; y, pensad, es muy probable que dentro de cien, doscientos, trescientos años… yo siga aquí, acompañando a vuestros descendientes. Y además espero conocer el día en el que vuelva a ver de nuevo a todos los vecinos reunidos en torno a mí, el puente, para poder contarles que hubo un día, allá por el mes de junio de 2011, en el que los vecinos del pueblo me vieron lo suficientemente guapo y coqueto como para iluminarme.

Acordaos, y esto es importante, que nosotros, los puentes, somos siempre creados para unir. Ese, y no otro, es el espíritu del puente. Uno dos orillas, uno generaciones y épocas. Y quisiera que no olvidaseis esta lección, que las distancias se salvan con puentes, que las diferencias se salvan con unión. No construyáis puentes mediocres, de palitroques, que no son sólidos, y cualquier riada se los puede llevar.  Sé que entendéis perfectamente el doble sentido de mis palabras.

No tengáis miedo a cerrar filas en torno a vuestra historia, en torno a vuestro patrimonio. Que el puente que construyáis con todo ello sea de piedra, con buenos pilares, pues los cimientos son buenos.  Y si así lo hacéis quedad bien tranquilos, que no habrá riada ni globalización que se lo lleve.

Texto leído en el acto de “Homenaje al puente de Burgui” organizado por el Colectivo Cultural La Kukula el 25 de junio de 2011 con motivo de la iluminación ornamental del puente medieval de Burgui por parte del Ayuntamiento.

Escribe un comentario